El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– Pase dentro un rato, Martín.
– Otro día, señor Sempere.
– Hágalo por mí.
Me tomó del brazo y me arrastró al interior de la librería. Le seguí hasta la trastienda y allí me ofreció una silla. Sirvió un par de vasos de algo que parecía más espeso que el alquitrán y me hizo una seña para que me lo bebiese de un trago. Él hizo lo propio.
– He estado hojeando el libro de Vidal -dijo.
– El éxito de la temporada -apunté.
– ¿Sabe él que lo ha escrito usted?
Me encogí de hombros.
– ¿Qué más da?
Sempere me dedicó la misma mirada con la que había recibido a aquel chaval de ocho años un día lejano en que se le había presentado en su casa magullado y con los dientes rotos.
– ¿Está usted bien, Martín?
– Perfectamente.
Sempere negó por lo bajo y se levantó para coger algo de uno de los estantes. Vi que se trataba de un ejemplar de mi novela. Me la tendió junto con una pluma y sonrió.
– Sea tan amable de dedicármelo.
Una vez se lo hube dedicado, Sempere cogió el libro de mis manos y lo consagró a la vitrina de honor tras el mostrador donde guardaba primeras ediciones que no estaban a la venta. Aquél era el santuario particular de Sempere.
– No hace falta que haga eso, señor Sempere -murmuré.
– Lo hago porque me apetece y porque la ocasión lo merece. Este libro es un pedazo de su corazón, Martín. Y, por la parte que me corresponde, también del mío. Le pongo entre LePére Gorioty La educación sentimental.
– Eso es un sacrilegio.
– Tonterías. Es uno de los mejores libros que he vendido en los últimos diez años, y he vendido muchos -me dijo el viejo Sempere.
Las amables palabras de Sempere apenas consiguieron arañar aquella calma fría e impenetrable que empezaba a invadirme. Volví a casa dando un paseo, sin prisa.
Al llegar a la casa de la torre me serví un vaso de agua y, mientras me lo bebía en la cocina, a oscuras, me eché a reír.
A la mañana siguiente recibí dos visitas de cortesía. La primera era de Pep, el nuevo chófer de Vidal. Me traía un mensaje de su amo convocándome a un almuerzo en la Maison Dorée, sin duda la comida de celebración que me había prometido tiempo atrás. Pep parecía envarado y ansioso por marcharse cuanto antes. El aire de complicidad que solía tener conmigo se había evaporado. No quiso entrar y prefirió esperar en el rellano. Me tendió el mensaje que había escrito Vidal sin apenas mirarme a los ojos y tan pronto le dije que acudiría a la cita se marchó sin despedirse.
La segunda visita, media hora más tarde, trajo hasta mi puerta a mis dos editores acompañados de un caballero de porte adusto y mirada penetrante que se identificó como su abogado. Tan formidable trío exhibía una expresión entre el luto y la beligerancia que no dejaba lugar a dudas en cuanto a la naturaleza de la ocasión. Los invité a pasar a la galería, donde procedieron a acomodarse alineados de izquierda a derecha en el sofá por orden descendente de altura.
– ¿Puedo ofrecerles algo? ¿Una copita de cianuro?
No esperaba una sonrisa y no la obtuve. Tras un breve prolegómeno de Barrido respecto a las terribles pérdidas que la debacle ocasionada por el fracaso de Los Pasos del Cielo iba a ocasionar a la editorial, el abogado dio paso a una exposición somera en la que en román paladino vino a decirme que si no volvía al trabajo en mi encarnación de Ignatius B. Samson y entregaba un manuscrito de La Ciudad de los Malditos en un mes y medio, procederían a demandarme por incumplimiento de contrato, daños y perjuicios y cinco o seis conceptos más que se me escaparon porque para entonces ya no estaba prestando atención. No todo eran malas noticias. A pesar de los sinsabores motivados por mi conducta, Barrido y Escobillas habían encontrado en su corazón una perla de generosidad con la que limar asperezas y sedimentar una nueva alianza de amistad y provecho.
– Si lo desea puede usted adquirir a un costo preferente de un setenta por ciento de su precio de venta todos los ejemplares que no han sido distribuidos de Los Pasos del Cielo, ya que hemos constatado que el título no tiene demanda y nos será imposible incluirlos en el próximo servicio -explicó Escobillas.
– ¿Por qué no me devuelven los derechos? Total, no pagaron un duro por él y no piensan intentar vender ni un solo ejemplar.
– No podemos hacer eso, amigo mío -matizó Barrido-. Aunque no se materializase adelanto alguno a su persona, la edición ha conllevado una importantísima inversión para la editorial, y el contrato que firmó usted es de veinte años, automáticamente renovable en los mismos términos en caso de que la editorial decida ejercer su legítimo derecho. Entienda usted que nosotros también tenemos que recibir algo. No todo puede ser para el autor.
Al término de su parlamento invité a los tres caballeros a encaminarse a la salida bien por su propio pie o bien a patadas, a su elección. Antes de que les cerrase la puerta en las narices, Escobillas tuvo a bien lanzarme una de sus miradas de mal de ojo.
– Exigimos una respuesta en una semana, o está usted acabado -masculló.
– En una semana usted y el imbécil de su socio estarán muertos -repliqué con calma, sin saber muy bien por qué había pronunciado aquellas palabras.
Pasé el resto de la mañana contemplando las paredes, hasta que las campanas de Santa Maria me recordaron que se acercaba la hora de mi cita con don Pedro Vidal.
Me esperaba en la mejor mesa de la sala, jugueteando con una copa de vino blanco en las manos y escuchando al pianista que acariciaba una pieza de Enrique Granados con dedos de terciopelo. Al verme se levantó y me tendió la mano.
– Felicidades -dije.
Vidal sonrió imperturbable y esperó a que me hubiese sentado para hacerlo él. Dejamos correr un minuto de silencio al amparo de la música y las miradas de gentes de buena cuna, que saludaban a Vidal de lejos o se acercaban a la mesa para felicitarle por su éxito, que era la comidilla de toda la ciudad.
– David, no sabes cómo siento lo que ha pasado -empezó.
– No lo sienta, disfrútelo.
– ¿Crees que esto significa algo para mí? ¿La adulación de cuatro infelices? Mi mayor ilusión era verte triunfar.
– Lamento haberle decepcionado de nuevo, don Pedro.
Vidal suspiró.
– David, yo no tengo la culpa de que hayan ido a por ti. La culpa es tuya. Lo estabas pidiendo a gritos. Ya eres mayorcito como para saber cómo funcionan estas cosas.
– Dígamelo usted.
Vidal chasqueó la lengua, como si mi ingenuidad le ofendiese.
– ¿Qué esperabas? No eres uno de ellos. No lo serás nunca. No has querido serlo, y crees que te lo van a perdonar. Te encierras en tu caserón y te crees que puedes sobrevivir sin unirte al coro de monaguillos y ponerte el uniforme. Pues te equivocas, David. Te has equivocado siempre. El juego no va así. Si quieres jugar en solitario, haz las maletas y vete a algún sitio donde puedas ser el dueño de tu destino, si es que existe. Pero si te quedas aquí, más te vale apuntarte a una parroquia, la que sea. Es así de simple.
– ¿Es eso lo que hace usted, don Pedro? ¿Apuntarse a la parroquia?
– A mí no me hace falta, David. Yo les doy de comer. Eso tampoco lo has entendido nunca.
– Le sorprendería lo rápido que me estoy poniendo al día. Pero no se preocupe, porque lo de menos son esas reseñas. Para bien o para mal, mañana no se acordará nadie de ellas, ni de las mías ni de las suyas.
– ¿Cual es el problema, entonces?
– Déjelo correr.
– ¿Son esos dos hijos de puta? ¿Barrido y el ladrón de cadáveres?
– Olvídelo, don Pedro. Como usted dice, la culpa es mía. De nadie más.
El maítre se aproximó con una mirada inquisitiva. Yo no había mirado el menú ni pensaba hacerlo.
– Lo habitual, para los dos -indicó don Pedro.
El maítre se alejó con una reverencia. Vidal me observaba como si fuese un animal peligroso encerrado en unajaula.
– Cristina no ha podido venir -dijo-. He traído esto, para que se lo dediques.
Dejó sobre la mesa un ejemplar de Los Pasos del Cielo que venía envuelto en papel púrpura con el sello de la librería de Sempere e Hijos, y lo empujó hacia mí. No hice ademán de cogerlo. Vidal se había puesto pálido. La vehemencia del discurso y su tono defensivo se batían en retirada. Ahí viene la estocada, pensé.
– Dígame de una vez lo que me tenga que decir, don Pedro. No voy a morderle.
Vidal apuró el vino de un trago.
– Hay dos cosas que quería decirte. No te van a gustar.
– Empiezo a acostumbrarme.
– Una tiene que ver con tu padre.
Sentí que aquella sonrisa envenenada se me fundía en los labios.
– He querido decírtelo durante años, pero pensé que no te iba a hacer ningún bien. Vas a creer que no te lo dije por cobardía, pero te lo juro, te lo juro por lo que quieras que… i. -¿Qué?-corté.
– Vidal suspiró. ’ -La noche que tu padre murió…
– … que lo asesinaron -corregí con tono glacial.
– Fue un error. La muerte de tu padre fue un error.
Le miré sin comprender.
– Aquellos hombres no iban a por él. Se equivocaron.
Recordé las miradas de aquellos tres pistoleros en la niebla, el olor a pólvora y la sangre de mi padre brotando negra entre mis manos.
– A quien querían matar era a mí -dijo Vidal con un hilo de voz-. Un antiguo socio de mi padre descubrió que su mujer y yo…
Cerré los ojos y escuché una risa oscura formarse en mi interior. Mi padre había muerto acribillado a tiros por un lío de faldas del gran Pedro Vidal.
– Di algo, por favor -suplicó Vidal.
Abrí los ojos.
– ¿Cuál es la segunda cosa que me tenía que decir?
Nunca había visto a Vidal asustado. Le sentaba bien.
– Le he pedido a Cristina que se case conmigo.
Un largo silencio.
– Ha dicho que sí.
Vidal bajó la mirada. Uno de los camareros se aproximó con los entrantes. Los depositó sobre la mesa deseando “Bon appétit”. Vidal no se atrevió a mirarme de nuevo. Los entrantes se enfriaban en el plato. Al rato cogí el ejemplar de Los Pasos del Cielo y me fui.