El Puente Sobre El Río Kwai
- Автор: Буль Пьер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Puente Sobre El Río Kwai». Краткое содержание книги:
Tampoco pareció inquietar a Joyce, ni enfriar el entusiasmo que las perspectivas del gran golpe habían hecho nacer en él. Muy al contrario, la idea parecía estimularle aún más, ya que le forzaba a concentrar todo el vigor de su juventud sobre esa ocasión probablemente única, sobre ese objetivo inesperado que de repente se levantaba ante él como faro centelleante, proyectando la deslumbrante luz del éxito en el pasado y en la eternidad futura, iluminando con refulgencias mágicas la penumbra gris que había oscurecido hasta entonces el camino de su existencia.
– Joyce tiene razón -dijo Warden, siempre parco en palabras-. Sólo hay tres puntos de interés para nosotros. El primero es el campamento número 3.
– Yo opino que ése hay que eliminarlo definitivamente -afirmó Shears. El terreno descubierto no se presta a la acción. Además, se encuentra en una planicie y las orillas son bajas. Reconstruirlo resultaría demasiado sencillo.
– El segundo se encuentra cerca del campamento número 10.
– Éste hemos de tenerlo en consideración, pero se encuentra en Birmania, donde no contamos con la complicidad de los partisanos indígenas. Por otra parte…
– El tercero, sir -dijo Joyce precipitadamente, sin darse cuenta de que interrumpía a su jefe-, es el puente sobre el río Kwai, que no ofrece ninguno de esos inconvenientes. El río tiene una anchura de cuatrocientos pies y sus márgenes son altas y escarpadas. Se encuentra a sólo dos o tres días de marcha de nuestra aldea. La región está cubierta de selva y prácticamente deshabitada. Podemos aproximarnos sin ser descubiertos y dominar desde una montaña todo el valle. Está muy lejos de todo centro de importancia y los japoneses dedican muchos esfuerzos a su construcción.
Es más ancho que el resto de los puentes y consta de cuatro hileras de pilares. Es la obra más importante de toda la línea y la mejor situada.
– Da la impresión de haber estudiado a fondo los informes de nuestros agentes -observó Shears.
– Los informes son muy claros, sir. Me parece que el puente…
– Admito que el puente sobre el río Kwai tiene su interés -afirmó Shears, examinando de nuevo con atención el mapa-. Su capacidad de discernimiento no es nada mala para ser un principiante. Ese tramo ya había despertado el interés del coronel Green y el mío, pero aún no disponemos de información lo suficientemente precisa, y puede que haya otros puntos donde la acción sea más conveniente… ¿En qué fase se encuentra la construcción de ese famoso puente, Joyce, usted que habla de él como si lo hubiera visto?
VI
La ejecución iba por buen camino. El soldado inglés es trabajador por naturaleza y acepta sin rechistar una severa disciplina, siempre y cuando confíe en sus superiores y perciba al inicio de cada jornada que hay una fuente de desgaste físico lo suficientemente abundante como para garantizar su equilibrio nervioso.
En el campamento del río Kwai, los soldados sentían un gran aprecio por el coronel Nicholson. ¿Quién no lo hubiera hecho después de su heroica resistencia? Por otra parte, la tarea impuesta no permitía tampoco ningún tipo de desvarío intelectual. Así pues, tras un breve período de vacilación, en el que trataron de penetrar en las intenciones reales de su jefe, se habían puesto manos a la obra con toda seriedad, ávidos por demostrar su habilidad en la construcción, después de haber dejado bien patente su ingenio en materia de sabotajes. El coronel Nicholson había disipado toda posibilidad de malentendido, primero a través de una alocución en la que les explicó muy claramente lo que esperaba de ellos y, luego, mediante rigurosos castigos a varios recalcitrantes que no se habían enterado muy bien. Estos últimos no le guardaron rencor, por considerar justificadas las penas que se les había impuesto.
– Créame, conozco a esos muchachos mejor que usted -le espetó el coronel a Clipton un día, después de que el médico hubiera osado protestar por una faena que consideraba demasiado dura para unos hombres desnutridos y en mal estado de salud-. Me ha costado treinta años conocerlos. No hay nada peor para su moral que la inactividad, y su estado físico depende en gran medida de su moral. Una tropa que se aburre es una tropa derrotada de antemano, Clipton. Deje que se aletarguen y verá cómo se desarrolla en ellos un espíritu malsano. Si, por el contrario, ocupa cada minuto de su jornada con un trabajo agotador, el buen humor y la salud están garantizados.
– «Trabajen con agrado» -murmuró Clipton malévolamente-. Ése es el lema del general Yamashita.
– No es tan estúpido como parece, Clipton. No hemos de dudar en adoptar un principio del enemigo si éste es bueno… En caso de no existir una obra, yo tendría que inventármela, pero, mire por dónde, tenemos el puente.
Clipton no encontró ninguna fórmula para traducir lo que sentía por dentro, y se limitó a repetir estúpidamente: -Sí, tenemos el puente.
Por otra parte, ellos mismos, los soldados ingleses, se habían hartado ya de mostrar una actitud y una conducta que chocaban con su tendencia instintiva al trabajo bien hecho. Incluso antes de la intervención del coronel, las maniobras subversivas, para muchos, se habían convertido en un incómodo deber, y algunos no habían aguardado sus órdenes para comenzar a emplear de manera concienzuda sus brazos y herramientas. Prestar lealmente un esfuerzo considerable a cambio del pan de cada día formaba parte de su naturaleza occidental, al tiempo que su sangre anglosajona les llevaba a orientar dicho esfuerzo hacia lo constructivo y lo sólidamente estable. El coronel no se había equivocado con respecto a ellos: su nueva política les aportó un alivio de carácter moral.
Puesto que el soldado japonés es también disciplinado y entregado al trabajo y, además, Saíto había amenazado a sus hombres con cortarles la cabeza si no demostraban que eran mejores obreros que los ingleses, ambas secciones de vía fueron terminadas rápidamente, al mismo tiempo que se edificaban y habilitaban los alojamientos del nuevo campamento. En torno a ese mismo período, Reeves finalizó su plano y se lo entregó al comandante Hughes, que de esa manera entraba en juego y podía demostrar de lo que era capaz. Gracias a su talento organizativo, al conocimiento de sus hombres y a su experiencia de las múltiples combinaciones que pueden determinar una mayor o menor eficacia en la asociación de éstos, el técnico industrial obtuvo, ya desde los primeros días, resultados tangibles.
La primera medida de Hughes fue la división de su mano de obra en diferentes grupos, y la atribución de una actividad particular a cada uno de ellos: uno continuaría abatiendo árboles, otro realizaría el desbaste inicial de los troncos, un tercero tallaría las vigas, uno de los más numerosos clavaría los pilares y muchos otros se encargarían de la superestructura y el tablero. Varios equipos, y no precisamente de menor importancia a los ojos de Hughes, se especializarían en trabajos diversos, como la edificación de andamios, el acarreo de materiales y el afilado de las herramientas, actividades complementarias a la obra propiamente dicha, a las que, no obstante, la previsión occidental concede, con toda razón, tanta atención como a las operaciones directamente productivas.
Estas disposiciones destacaban por su sensatez y acabarían revelándose eficaces, como ocurre siempre que no son llevadas al extremo. Tras la preparación de un lote de maderos y la construcción de los primeros andamios, Hughes puso en acción al equipo encargado de los pilares. La misión de este grupo era ardua; la más dura e ingrata de toda la empresa. Los neófitos constructores de puentes, privados de valiosos accesorios mecánicos, se veían obligados a emplear aquí los mismos procedimientos que los japoneses; a saber, dejar caer sobre la cabeza de los pilares una pesada maza, repitiendo esta operación hasta que quedaran sólidamente implantados en el fondo del río. El «martinete» se precipitaba de una altura de ocho a diez pies, y luego había que izarlo de nuevo por un sistema de cuerdas y poleas, para volver a percutir, una y otra vez, interminablemente. Por cada golpe el pilar se hundía una ínfima fracción de pulgada, puesto que el suelo era muy duro. Era una tarea agotadora y desesperante. El resultado no era perceptible de un minuto al otro y la imagen de un grupo de hombres semidesnudos, tirando de una cuerda, evocaba indefectiblemente una sombría atmósfera de esclavitud. Hughes había otorgado la dirección de este equipo a uno de sus mejores tenientes, Harper, un hombre enérgico, verdadero maestro en incentivar a los prisioneros con el acompasamiento del ritmo de trabajo mediante su voz sonora. Gracias al brío de Harper, esa labor propia de galeras fue realizada con entusiasmo. Ante las miradas atónitas de los japoneses, pronto se alzaron las cuatro líneas paralelas, cortando la corriente hacia la orilla izquierda.