El Puente Sobre El Río Kwai
- Автор: Буль Пьер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Puente Sobre El Río Kwai». Краткое содержание книги:
Reeves no era una de esas personas que, completamente hipnotizadas por el simbolismo de la preparación, retardaban indefinidamente el momento de la realización por consagrar toda su energía al espíritu, en detrimento de la materia. Él tenía los pies bien puestos sobre el suelo. Además, en los momentos en que se mostraba propenso a una búsqueda excesiva de la perfección teórica y a envolver el puente en una maraña de cifras abstractas, ahí estaba el coronel Nicholson para reconducirle por el buen camino. Este último estaba dotado del buen juicio propio de un jefe, lleno de realismo, que no pierde nunca de vista la meta a alcanzar, ni los medios de que dispone, y que alimenta entre sus subordinados una proporción armoniosa entre ideal y práctica.
El coronel había dado su aprobación a las pruebas preliminares con tal de que fueran realizadas rápidamente. Asimismo, vio con buenos ojos el trazado del plano y solicitó explicaciones detalladas acerca de las innovaciones introducidas por el creativo ingenio de Reeves. Solamente insistió en que éste no se excediera en sus fuerzas.
– Si cae enfermo, Reeves, nos pondrá en un brete. Toda la obra depende de usted. No lo olvide.
A pesar de ello, empezó a aguzar el oído y a meterle un poco de sentido común en la cabeza el día en que Reeves fue a buscarle con aspecto preocupado para exponerle cierta aprensión…
– Hay un asunto que me inquieta, sir. No pienso que debamos tenerlo muy en cuenta, pero me gustaría contar con su aprobación.
– ¿Qué sucede, Reeves? -inquirió el coronel.
– El secado de la madera, sir. Ninguna obra seria puede ejecutarse con árboles recientemente abatidos. Haría falta exponerlos antes al aire libre.
– ¿Cuánto tiempo se precisa para secar su madera, Reeves?
– Ello depende de la calidad, sir. En ciertas especies, es prudente dejarla hasta dieciocho meses, o incluso dos años.
– Imposible, Reeves -dijo el coronel con vehemencia-. Sólo disponemos de cinco meses en total.
El capitán hundió la cabeza con gesto afligido.
– Desgraciadamente ya lo sabía, y es justo eso lo que me tiene desolado.
– ¿Qué inconveniente hay en utilizar madera fresca?
– Determinadas especies se contraen, sir, lo que puede provocar grietas y holguras después de montada la obra… aunque no en todas las maderas. El olmo, por ejemplo, prácticamente no se altera. Naturalmente, he escogido árboles con características similares a este último… Los machones de olmo del «London Bridge», sir, han resistido seiscientos años.
– ¡Seiscientos años! -exclamó el coronel Nicholson. Una llama brillaba en sus ojos cuando se giró instintivamente hacia el río Kwai-. Seiscientos años no estaría nada mal, Reeves.
– ¡Ah!, pero es un caso excepcional, sir. Aquí apenas podemos esperarnos cincuenta o sesenta años; tal vez un poco menos, si la madera no seca bien.
– Debemos arriesgarnos, Reeves -sentenció el coronel con autoridad-. Utilice madera fresca. No podemos hacer milagros. Si se nos reprocha algún fallo, basta con que podamos responder que fue inevitable.
– Entiendo, sir… Hay otro punto: la creosota, que protege las vigas del ataque de los insectos. Creo que tendremos que prescindir de ella, sir.
Los japoneses no tienen. Naturalmente, nosotros podríamos fabricar un sucedáneo. He pensado en montar un aparato para la destilación de la madera. Es factible, pero exigiría un poco de tiempo… Aunque no lo recomiendo, después de mucha reflexión.
– ¿Por qué motivo, Reeves? -preguntó el coronel Nicholson, a quien encantaba este tipo de detalles técnicos.
– Si bien hay división de opiniones al respecto, los mejores especialistas desaconsejan el creosotado cuando la madera no ha sido secada convenientemente, sir. La creosota ayuda a conservar la savia y la humedad, con el consiguiente riesgo de que se origine un rápido enmohecimiento.
– En ese caso, suprimiremos el creosotado, Reeves. Tenga en cuenta que no debemos meternos en empresas que están por encima de los medios de los que disponemos. No hay que olvidar que el puente tiene una utilidad inmediata.
– Aparte de esos dos asuntos, sir, ahora estoy convencido de que podemos construir en este lugar un puente apropiado desde el punto de vista técnico, y medianamente resistente.
– De eso justamente se trata, Reeves. Va por buen camino. Un puente medianamente resistente y apropiado desde el punto de vista técnico. «Un puente» y no un andamiaje innombrable. No está nada mal. Se lo repito, tiene toda mi confianza.
El coronel Nicholson se despidió de su asesor técnico, satisfecho de haber encontrado una fórmula breve que definiera la meta a alcanzar.
V
Shears -«Number One», como le denominaban los partisanos tailandeses en la aislada aldea donde se habían escondido los hombres enviados por la Unidad 316- era también de esa estirpe de seres humanos que dedica mucha reflexión y cuidados a la preparación metódica. De hecho, la estima en la que le tenían sus superiores se debía justamente a la prudencia y paciencia que demostraba en el período anterior a la acción, así como a su nervio y capacidad de decisión llegada la hora. Warden, el profesor Warden, su adjunto, disfrutaba igualmente de una justificada fama de no dejar nada al azar cuando las circunstancias lo permitían. En cuanto a Joyce, el último miembro y benjamín del equipo, con el curso seguido en Calcuta, en la escuela especial de la «Explosivos Plásticos y destrucciones S.L.», aún fresco en su memoria, parecía tener las ideas muy claras, pese a su juventud. Shears tenía bien en cuenta sus opiniones. Asimismo, en el curso de las conferencias cotidianas, celebradas en la choza indígena donde se habían reservado dos cuartos, todas las ideas interesantes eran analizadas minuciosamente y todas las sugerencias examinadas a fondo.
Los tres camaradas discutían esa noche acerca de un mapa que Joyce acababa de colgar en un bambú.
– Éste es el trazado aproximado de la línea, sir -señaló-. Las informaciones recibidas son prácticamente coincidentes.
A Joyce, diseñador industrial en la vida civil, se le había encargado detallar sobre un mapa a gran escala las informaciones recogidas sobre la vía férrea de Birmania y Tailandia.
Contaban con abundantes datos. Desde que un mes atrás fueran lanzados en paracaídas, sin percance alguno y en el punto previsto, habían conseguido granjearse la simpatía de numerosas personas, en un amplio espacio geográfico. Fueron recibidos por agentes tailandeses y albergados en esa pequeña aldea de cazadores y contrabandistas, perdida en medio de la selva, lejos de toda vía de comunicación. La población odiaba a los japoneses. Shears, desconfiado por profesión, se fue convenciendo poco a poco de la lealtad de sus anfitriones.
La primera parte de su misión la estaban cumpliendo con éxito. Se habían puesto secretamente en contacto con varios jefes de aldea, encontrando así voluntarios dispuestos a ayudarles. Los tres oficiales habían iniciado ya la instrucción de éstos. Les iniciaron en el empleo de las armas utilizadas por la Unidad 316. La principal de ellas era elplástico, una pasta blanda, oscura y maleable como la arcilla, en la que varias generaciones de químicos del mundo occidental pacientemente habían logrado concentrar todas las virtudes de los explosivos conocidos hasta la fecha, y otras adicionales.
– Hay un gran número de puentes, sir -retomó Joyce- pero muchos de ellos ofrecen escaso interés, en mi opinión. He aquí la lista, desde Bangkok a Rangún, a no ser que se reciban datos más precisos.