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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Imaginaos —dijo cuando por fin los alcanzó—. Bel Tine y un buhonero, las dos cosas a la vez. Apuesto a que tendremos fuegos artificiales. —No sabes de la misa la mitad —rió Mat.

—Es verdad —gritó Rand antes de señalar a la creciente masa de gente, que no cesaba de chillar—. Luego. Te lo explicaré luego. ¡Luego, te he dicho!

En ese instante, Padan Fain se puso en pie sobre el pescante y la muchedumbre se apaciguó momentáneamente. Las últimas palabras de Rand estallaron en medio del más profundo silencio, sorprendiendo al buhonero con un brazo alzado en dramático gesto y la boca abierta. Todo el mundo se volvió para mirar a Rand. El flaco hombrecillo del carro, preparado como estaba para que todos pendieran del hilo de su primera frase, dirigió a Rand una brusca mirada inquisitiva.

Rand se ruborizó, asaltado por el deseo de tener la misma estatura que Ewin para que su rostro no sobresaliera con tanta claridad. Sus amigos también se agitaban embarazados. Sólo hacía un año que Fain los había tomado en consideración por vez primera, reconociéndolos como hombres. Fain por lo general no disponía de tiempo para alguien que fuera demasiado joven para comprar un buen número de artículos de su carreta. Rand abrigó la esperanza de que no hubieran quedado nuevamente relegados a la condición de niños a los ojos del buhonero.

Con un estruendoso carraspeo, Fain se alisó su pesada capa.

—No, no será luego sino ahora —declamó el buhonero— cuando os lo diga. —Su discurso iba acompañado de ampulosos gestos que abarcaban a toda la multitud—. Pensáis que habéis tenido problemas en Dos Ríos, ¿no es así? Pues bien, todo el mundo padece desgracias, desde la Gran Llaga al Mar de las Tormentas, del Océano Aricio en poniente al Yermo de Aiel en oriente, e incluso más lejos. ¿Que el invierno ha sido más crudo que ninguno de los anteriores, tan frío que habría podido helaros la sangre y haceros crujir los huesos? ¡Ahhh! El invierno ha sido frío y severo por doquier. En las tierras fronterizas considerarían primavera el invierno que habéis tenido vosotros. ¿Pero la primavera no llega, decís vosotros? ¿Los lobos han devorado vuestras ovejas? ¿Tal vez los lobos han atacado también a la gente? ¿Ha ocurrido eso? ¿Sí? Pues bien, la primavera se hace esperar en todo el continente. Hay lobos por todas partes, todos anhelando carne en la que hincar el diente, sea carne de cordero, vaca u hombre. Pero hay cosas peores que los lobos o el invierno. Muchos estarían contentos de tener únicamente vuestros pequeños contratiempos. —Acalló su voz con ademán inquisitivo.

—¿Qué otra cosa hay peor que el hecho de que los lobos ataquen a los corderos y a las personas? —preguntó Cenn Buie.

Se oyeron bisbiseos de apoyo.

—Que los hombres se maten entre sí.

La respuesta del buhonero, modulada en portentosos tonos, levantó murmullos de estupefacción que se incrementaron al retomar éste la palabra:

Es a la guerra a lo que me refiero. Hay guerra en Ghealdan, guerra y locura. Las nieves del Bosque de Dhallin están manchadas de rojo por la sangre de los hombres. El aire está henchido de cuervos y del graznido de los cuervos. Los ejércitos avanzan hacia Ghealdan. Las naciones, las grandes casas y los grandes hombres envían sus huestes a luchar.

—¿Guerra? —Maese al’Vere pronunció con extrañeza aquella palabra insólita. Ningún habitante de Dos Ríos había tenido nunca nada que ver con la guerra—. ¿Por qué han entrado en guerra?

Fain esbozó una sonrisa y a Rand le asaltó la impresión de que se mofaba del aislamiento de los pueblerinos respecto al mundo, de su ignorancia. El buhonero se inclinó hacia adelante como si estuviera a punto de confesar un secreto al alcalde, pero su susurro fue pronunciado con intención de llegar a oídos de todos los presentes, como así fue.

—El estandarte del Dragón se ha alzado y los hombres se reúnen para hacerle frente. Y para unirse a él.

Un último jadeo unánime brotó de las gargantas, y Rand se estremeció a su pesar.

¡El Dragón! —musitó alguien—. El Dragón no es el Oscuro y, de todas formas, éste es un falso Dragón.

—Escuchemos lo que tiene que decirnos maese Fain —aconsejó el alcalde. Sin embargo, no era fácil apaciguar a la gente. Se oían gritos por todos lados que se superponían y se sofocaban entre sí.

—¡No sería peor si fuera el Oscuro!

—El Dragón desmembró el mundo, ¿no es cierto?

—¡Él fue quien comenzó! ¡Fue él quien provocó la Época de la Locura!

—¡Ya conocéis las profecías! ¡Cuando el Dragón nazca otra vez, vuestras más horribles pesadillas os parecerán un sueño encantador!

—Sólo es un falso Dragón más. ¡No puede ser de otro modo!

—¡Eso no cambia nada! ¿Recuerdas el último falso Dragón? También inició una guerra. Murieron miles de personas, ¿no es así, Fain? —Sitió Illian. —¡Son tiempos demoníacos éstos! No había surgido nadie con la pretensión de ser el Dragón Renacido y ahora aparecen tres en cinco años. ¡Malos tiempos! ¡Fijaos en el tiempo!

Rand intercambió miradas con Mat y Perrin. A Mat le brillaban los ojos de excitación, pero Perrin fruncía preocupado el entrecejo. Rand recordaba todas las historias acerca de los hombres que se habían autodenominado el Dragón Renacido y, pese a que todos habían demostrado ser falsos dragones al morir o desaparecer sin haber cumplido las profecías, sus actos habían acarreado siempre malas consecuencias. Naciones enteras devastadas por las batallas, y ciudades y pueblos arrasados por las llamas. Los muertos eran tan numerosos como las hojas caídas en otoño y los refugiados atestaban los caminos igual que las ovejas un aprisco. Eso era lo que contaban los buhoneros, y los mercaderes, y nadie de Dos Ríos con suficiente capacidad de juicio lo ponía en duda. En opinión de algunos, el mundo tocaría a su fin cuando volviera a nacer el verdadero Dragón.

—¡Basta ya! —gritó el alcalde—. ¡Callad! Parad de estrujaros el cerebro y la imaginación. Maese Fain nos informará acerca de ese falso Dragón.

La gente comenzó a calmarse, pero Cenn Bufe rehusó guardar silencio.

—¿Es éste un falso Dragón? —preguntó cáusticamente el anciano.

Maese al’Vere parpadeó como si lo hubiera tomado por sorpresa y luego le espetó:

—¡No te comportes como un viejo estúpido, Cenn!

Sin embargo, Cenn había exasperado nuevamente los ánimos de la multitud.

—¡No es posible que sea el Dragón Renacido! ¡Que la Luz nos asista, no es posible!

—¡Eres un viejo insensato, Buie! Quieres llamar a la mala suerte, ¿eh?

—¡Sólo te falta pronunciar el nombre del Oscuro! ¡Estás poseído por el Dragón, Cenn! ¡Tratas de hacernos daño a todos!

Cenn miró desafiante a su alrededor, en un intento de que bajaran las furiosas miradas que le asestaban, y alzó la voz.

—¡Yo no he oído que Fain dijese que éste era un falso Dragón! ¿Acaso lo habéis escuchado vosotros? ¡Pensad con la cabeza! ¿Dónde está la hierba que ya debería llegarnos a las rodillas o más arriba? ¿Por qué todavía es invierno cuando hace un mes que debería haber llegado la primavera? —La gente profería gritos airados, instando a callar a Cenn—. ¡No voy a quedarme callado! A mí tampoco me gusta hablar de esto, pero no voy a esconder la cabeza debajo de un cesto hasta que algún habitante del Embarcadero de Taren venga a degollarme. Y no voy a permanecer en ascuas sólo para darle placer a Fain, no señor. Habla claro, buhonero. ¿Qué has oído? ¿Eh? ¿Es este hombre un falso Dragón?

Si a Fain le perturbaban las noticias que traía o el desasosiego que había provocado, no dio señales de ello, sino que se limitó a encogerse de hombros mientras se llevaba un huesudo dedo a un lado de la nariz.

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