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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Ése era Lan —informó Ewin con voz gutural, como si a él también se le hubiera cortado la respiración—. Apuesto a que es un Guardián.

—No seas estúpido —rió Mat. Su risa era, empero, compulsiva—. Los Guardianes sólo existen en las historias. De todas maneras, los Guardianes llevan espadas y armaduras cubiertas de oro y joyas y se pasan todo el tiempo allá en el norte, en la Gran Llaga, luchando con trollocs y seres de esa clase.

—Podría ser un Guardián —insistió Ewin.

—¿Has visto que llevara oro o joyas encima? —se mofó Mat—. ¿Hay trollocs en Dos Ríos? Sólo hay ovejas. Me pregunto qué pudo haber sucedido aquí para atraer el interés de una persona como ella.

—Podría haber ocurrido algo —respondió lentamente Rand—. Dicen que la posada existe desde hace mil años, quizá más.

—Mil años de ovejas y corderos —espetó Mat.

—¡Una moneda de plata! —exclamó Ewin—. ¡Me ha dado una moneda de plata! Imaginaos todo lo que puedo comprar cuando llegue el buhonero.

Rand abrió la mano para mirar la pieza que le había entregado la desconocida, y casi la dejó caer de estupor. No reconoció la plana moneda de plata con la imagen en relieve de una mujer que alzaba una llama con una mano levantada; sin embargo, había visto cómo Bran al’Vere tasaba las monedas que traían los mercaderes desde doce territorios distintos y tenía una idea de su valor. Con aquella cantidad de plata se podía comprar un magnífico caballo en cualquier pueblo de Dos Ríos y aún sobraría dinero.

Observó a Mat y percibió la misma expresión estupefacta que debía de tener él mismo plasmada en el rostro. Ladeó la mano de manera que Mat pudiera ver la pieza pero no Ewin y arqueó las cejas a modo de pregunta. Mat hizo un gesto afirmativo y ambos se miraron durante un instante sumidos en la más profunda perplejidad.

—¿Qué ocupación debe de tener? —inquirió Rand.

—No lo sé —repuso con firmeza Mat—y no me importa. No voy a gastármela, ni aunque venga el buhonero. —Dicho lo cual, se la introdujo en el bolsillo.

Rand asintió con la cabeza y siguió su ejemplo. No habría sabido decir por qué motivo, pero de algún modo le parecían acertadas las palabras de Mat. No debía gastar la moneda, no, habiéndosela dado ella. No se le ocurría qué otra utilidad podía tener la plata, pero…

—¿Creéis que debería conservar la mía también? —Una angustiosa indecisión nublaba el semblante de Ewin.

—No, si no quieres —dijo Mat.

—Me parece que te la ha dado para que la gastes —opinó Rand.

Ewin observó la moneda; luego agitó la cabeza y se la llevó al bolsillo. —Me la guardaré concluyó sombrío.

—Aún no hemos visto al juglar —apuntó Rand, devolviendo como por ensalmo la animación al rostro del muchacho.

—Esperemos que no se quede dormido todo el día —hizo votos Mat. —Rand —preguntó Ewin—, ¿hay un juglar?

—Ya lo verás —respondió Rand con una carcajada. Era patente que Ewin no lo creería hasta ver por sí mismo al juglar—. Bajará de un momento a otro.

Sonaron gritos del lado del Puente de los Carros y, cuando Rand dirigió la mirada hacia allí, su risa se tornó pletórica. Una apretada multitud de lugareños de todas las edades escoltaba el paso de un alto carromato que iba hacia el puente, un enorme carromato tirado por ocho caballos, cuya carga, cubierta con una lona, sobresalía en una cantidad de bultos que pendían de él como si fuera un gran racimo de uvas. El buhonero había llegado por fin. Forasteros y un juglar, fuegos de artificio y un buhonero. Aquélla iba a ser la celebración de Bel Tine más sonada.

3

El buhonero

Colgajos de pucheros entrechocaban con estrépito al pasar traqueteante el carromato por el Puente de los Carros. Todavía rodeado por una nube de parroquianos y granjeros acudidos al pueblo con motivo de la festividad, el buhonero refrenó los caballos para parar delante de la posada. De todos lados afluía gente para sumarse a la muchedumbre reunida en torno al gran vehículo, cuyas ruedas eran más altas que cualquiera de los presentes, quienes centraban ahora las miradas en el buhonero sentado en el pescante.

El hombre del carruaje era Padan Fain, un tipo pálido y escuálido de brazos larguiruchos y prominente nariz ganchuda. Fain, siempre risueño y sonriente como si conociera un chiste que no compartía con nadie, había conducido la carreta hasta el Campo de Emond todas las primaveras, por lo que Rand alcanzaba a recordar.

La puerta de la posada se abrió de par en par en el mismo instante en que el tiro se detenía formando una maraña de arreos y daba paso al pleno del Consejo del Pueblo, encabezado por maese al’Vere y Tam. Caminaban resueltos, incluso Cenn Buie, en medio de los excitados gritos de los otros, que solicitaban alfileres, cintas, libros o docenas de objetos diversos. Aunque de mala gana, la multitud les cedió el paso, si bien todos se apresuraron a volver a ocupar sus posiciones sin dejar de atraer a voz en grito la atención del buhonero. Las más de las veces pedían noticias.

A los ojos de los lugareños, las agujas, el té y otros productos similares sólo representaban la mitad de los bienes que acarreaba un carro de buhonero. Igualmente importantes eran la información procedente del exterior, las novedades traídas del mundo que se extendía allende Dos Ríos. Algunos buhoneros se limitaban a contar cuanto sabían, arrojando una tras otra las noticias en un montón, una acumulación de basura que para ellos carecía de trascendencia alguna. Otros se mostraban reacios a hablar y había que arrancarles las palabras, que salían por fin con desgana de sus labios. Fain, en cambio, hablaba profusamente, aun cuando abundaba en bromas, y hacía alargar su exposición de eventos, dando un espectáculo que podía rivalizar con el de un juglar. Disfrutaba siendo el centro de atención, se pavoneaba por doquier como un gallo de poca envergadura, con todas las miradas pendientes de su persona. Rand pensó que a Fain no le complacería mucho enterarse de que había un verdadero juglar en el Campo de Emond.

El buhonero concedió al Consejo y a los aldeanos la misma atención.

Al mismo tiempo demostraba gran esmero en atar las riendas, lo cual representaba que apenas les prestó atención. Asentía sin gran convicción y sin responder a nadie en concreto; sonreía sin hablar y saludaba con aire ausente a personas con quienes había tenido un trato de amistad, si bien sus muestras amistosas siempre habían tenido un carácter peculiarmente distante, como consecuencia de lo cual siempre se retraía antes de lograr una verdadera proximidad.

La gente se desgañitaba pidiéndole que hablara, pero Fain aguardaba, dedicado a realizar pequeños quehaceres en el pescante, a que la muchedumbre y la expectación alcanzaran las dimensiones deseadas. Únicamente el Consejo guardaba silencio, manteniendo la dignidad exigida por su posición, aunque la humareda que desprendían sus pipas indicara el esfuerzo que habían de realizar para contenerse.

Rand y Mat se adentraron en el gentío y se acercaron lo más posible al carruaje. Rand se habría detenido a mitad de camino, pero Mat se deslizaba entre los cuerpos y lo arrastraba tras de sí, hasta que se hallaron justo detrás del Consejo.

—Pensaba que ibas a quedarte en la granja estas fiestas —gritó Perrin Aybara a Rand, elevando la voz entre el clamor.

Unos centímetro más bajo que Rand, el aprendiz de herrero de cabello rizado era tan corpulento que poco le faltaba para ocupar el lugar de dos hombres, con sus brazos y hombros lo bastante recios como para rivalizar con los del propio maese Luhhan. Le habría sido sencillo abrirse paso a empellones entre la multitud, pero sus modales eran otros. Avanzaba con cuidado y pedía disculpas a gente que apenas percibía algo que no tuviera relación con el buhonero. Aun así, él se disculpaba y trataba de no empujar a nadie mientras se afanaba por llegar a donde estaban Rand y Mat.

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