La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– Estaba completamente confuso -le dijo el recepcionista a Erlendur-. Una parte de mí quería irse corriendo a casa y olvidar todo aquello. Otra parte de mí quería entrar en casa de aquella mujer. -Sé a qué parte te refieres -dijo Erlendur.
Llegaron a la puerta de su apartamento, en un piso de un edificio nuevo, y ella metió la llave en la cerradura. Incluso aquel gesto resultaba sensual ejecutado por sus manos. La puerta se abrió y ella se acercó a éclass="underline" entra conmigo, dijo, acariciándole la entrepierna.
Entró con ella. Ella preparó unos cócteles. Él se sentó en el sofá del salón. Ella puso música, se acercó a él con un vaso y sonrió, mostrando unos preciosos dientes blancos entre el rojo carmín de los labios. Se sentó junto a él, dejó el vaso, llevó la mano a la bragueta de su pantalón y bajó lentamente la cremallera…
– Yo… Fue… Esa mujer sabía hacer las cosas más increíbles -dijo el jefe de recepción.
Erlendur lo miró pero no dijo nada.
– Yo tenía intención de marcharme por la mañana sin despedirme, pero ella se despertó. El remordimiento me estaba matando, me sentía como un miserable por haber engañado a mi mujer y a los niños. Tenemos tres hijos. Quería regresar a casa y olvidarlo todo. No quería volver a ver jamás a aquella mujer. Cuando iba salir de la habitación a oscuras, resulta que ella estaba completamente despierta.
La mujer se incorporó en la cama y encendió la lámpara de la mesilla. ¿Te vas?, preguntó. Él respondió que sí. Dijo que se le había hecho demasiado tarde. Que tenía una reunión urgente. Algo así.
– ¿Lo pasaste bien anoche? -preguntó ella.
Él la miró, con los pantalones en la mano.
– Estupendo -respondió-, pero no puedo seguir con esto. De verdad que no puedo. Perdona.
– Son ochenta mil coronas -dijo ella con tanta tranquilidad como si fuera lo más natural del mundo.
Él la miró como si no hubiera oído lo que acababa de decirle.
– Ochenta mil -repitió ella.
– ¿Qué quieres decir? -dijo él.
– Por la noche -dijo ella.
– ¿La noche? -dijo él-. Pero entonces, ¿es que te vendes?
– ¿Tú qué crees? -dijo ella.
Él no entendía lo que le estaba diciendo.
– ¿Crees que puedes llevarte gratis a una mujer como yo? -dijo ella.
Poco a poco fue comprendiendo lo que la mujer quería decir.
– ¡Pero no dijiste nada!
– ¿Hacía falta decirlo? Págame los ochenta mil y quizá puedas volver a mi casa alguna otra vez.
– Me negué a pagar -le dijo el jefe de recepción a Erlendur-. Salí. Ella estaba furiosa. Llamó al trabajo y me amenazó si no le pagaba. Amenazó con llamar a mi casa.
– ¿Cómo las llaman? -dijo Erlendur-. Una palabra inglesa. Date. ¿Date whores? ¿Lo era ella? ¿Eso quieres decir?
– No sé lo que era, pero sabía perfectamente lo que se hacía y acabó llamando a mi casa y contándole a mi mujer lo que había sucedido.
– ¿Y por qué no le pagaste y ya está? Te habrías librado de ella.
– No sé si me habría librado de ella aunque le hubiera pagado -dijo el recepcionista jefe-. Mi mujer y yo hablamos del asunto ayer. Le expliqué lo que había sucedido, como te lo acabo de explicar a ti. Llevamos veintitrés años juntos, y aunque yo no tenga excusa posible, aquello había sido una trampa, o así es como yo lo veo. Si esa mujer no hubiese estado a la caza de dinero, nunca habría sucedido.
– ¿De modo que todo fue culpa de ella?
– No, claro que no, pero… aquello fue una trampa.
Los dos callaron.
– ¿Hay algo de eso en el hotel? -preguntó Erlendur-. ¿Hay date whores?
– No -dijo el jefe de recepción.
– ¿No te pasaría por alto si las hubiera?
– Me dijeron que andabas preguntando acerca de ello. Aquí no se practican esas actividades.
– Claro -dijo Erlendur.
– ¿Mantendrás el silencio sobre este asunto?
– Necesito el nombre de la mujer, si lo tienes. Y la dirección. No saldrá de aquí.
El jefe de recepción vaciló.
– Puta de mierda -dijo, abandonando por un momento las buenas maneras de educado empleado de hostelería.
– ¿Piensas pagarle?
– Es lo único en que estuvimos de acuerdo mi mujer y yo. No le daré ni una corona.
– ¿Crees que podría tratarse de una broma, o de una encerrona?
– ¿Una encerrona? -dijo el recepcionista-. No te comprendo. ¿A qué te refieres?
– Me refiero a que existe la posibilidad de que alguien te quiera tan mal que haya tramado una cosa así para causarte problemas. ¿Hay alguien con quien hayas tenido algún enfrentamiento?
– No se me ocurre nadie. ¿Quieres decir que si tengo algún enemigo dispuesto a hacerme algo así?
– No hace falta que sea un enemigo. Algún amigo bromista.
– No, yo no tengo amigos de esos. Además, la broma ha ido demasiado lejos… demasiado lejos para resultar divertida.
– ¿Fuiste tú quien le dijo a Papá Noel que tenía que largarse?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Fuiste tú quien le dio la noticia? ¿O le mandaron una carta, o…?
– Se lo dije yo.
– ¿Y cómo se lo tomó?
– No muy bien. Es comprensible. Llevaba mucho tiempo trabajando aquí. Mucho más tiempo que yo, por ejemplo.
– ¿Crees que podría estar él detrás de lo sucedido, si es que hay alguien detrás?
– ¿Gudlaugur? No, no puedo ni imaginarme tal cosa. ¿Gudlaugur? ¿Montar algo así? No lo creo. No era de esos que hacen bromas pesadas. En absoluto.
– ¿Sabías que Gudlaugur fue un niño prodigio? -preguntó Erlendur.
– ¿Un niño prodigio? ¿Y eso?
– Cantaba y grababa discos. Un niño de coro.
– No tenía ni la menor idea -dijo el jefe de recepción.
– Solo una cosa más para terminar -dijo Erlendur, poniéndose en pie.
– ¿Sí? -dijo el jefe de recepción.
– ¿Puedes hacer que me suban un tocadiscos a la habitación? -preguntó Erlendur, y se dio cuenta de que el recepcionista jefe no tenía ni idea de a qué se refería.
Cuando Erlendur volvió al vestíbulo, vio al jefe de la policía científica subiendo por la escalera del sótano.
– ¿Qué hay de la saliva que encontrasteis en el condón? -preguntó Erlendur-. ¿Habéis comprobado el cortisol?
– Estamos trabajando en ello. ¿Qué sabes tú del cortisol?
– Sé que demasiado cortisol en la saliva puede significar que se ha percibido un peligro.
– Sigurdur Óli estaba preguntando por el arma del crimen -dijo el jefe-. El forense cree que no se trata de un cuchillo especial. No demasiado largo, con la hoja fina y dentada.
– ¿Entonces no se trata de un cuchillo de caza ni de un cuchillo grande de cortar carne?
– No, un utensilio de lo más corriente, eso es lo que he oído -dijo el jefe-. Un cuchillo normal y corriente.
10
Erlendur se llevó a su habitación los dos discos que había en el cuarto de Gudlaugur, y luego llamó al hospital y preguntó por Valgerdur. Le pusieron en contacto con su departamento. Respondió otra mujer. Volvió a pedir que le pusieran con Valgerdur, la mujer dijo que esperara un momento y, finalmente, Valgerdur se puso al teléfono.
– ¿Te queda alguno de esos bastoncillos de algodón? -preguntó Erlendur.
– ¿Por algún accidente de alguien perdido a la intemperie? -dijo ella.