La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– Fuera -dijo el padre, rojo de furia e indignación-. No te atreverás… no os atreveréis a… Fuera. ¡Largaos! ¡Largaos ahora mismo!
Elínborg fue directamente al hospital, a la planta de pediatría. El chico estaba durmiendo en su cama del rincón. Se sentó junto a él y esperó a que despertara. Llevaba quince minutos junto a la cabecera cuando el muchacho abrió los ojos y se dio cuenta de la presencia de la cansada mujer policía, pero no vio por ningún lado al hombre del chaleco de punto y ojos tristes que la acompañaba en la visita anterior. Los dos se miraron, Elínborg sonrió y le preguntó con toda la dulzura de que fue capaz.
– ¿Fue tu papá?
Regresó a casa del niño y su padre con una orden judicial de registro y acompañada por los de la policía científica. Examinaron las manchas de la alfombra. Examinaron el suelo de mármol y el mueble bar. Con una aspiradora tomaron muestras de polvo del mármol. Comprobaron la gota del mueble bar. Subieron la escalera y fueron al cuarto del niño, y tomaron muestras de la ropa de cama. Fueron al lavadero y examinaron bayetas y toallas. Miraron la ropa sucia. Abrieron la aspiradora. Tomaron muestras del polvo de la escobilla. Salieron a buscar el cubo de la basura y escarbaron en su contenido. Encontraron unos calcetines del niño en el cubo.
El padre estaba en la cocina. En cuando aparecieron los técnicos llamó a un abogado amigo suyo. El abogado acudió a toda prisa y examinó la orden del juez. Recomendó a su cliente que no hablara con la policía.
Erlendur y Elínborg observaban el trabajo de los técnicos. Elínborg lanzó una mirada penetrante al padre, que sacudió la cabeza y apartó los ojos.
– No comprendo lo que queréis -dijo-. No lo comprendo.
El chico no había denunciado a su padre. Cuando Elínborg le preguntó, no mostró reacción alguna, aunque los ojos se le llenaron de lágrimas.
El jefe de la policía científica telefoneó dos días después.
– Tenemos los resultados de la alfombra de la escalera -dijo.
– ¿Sí? -dijo Elínborg.
– Drambuie.
– ¿Drambuie? ¿El licor?
– Hay rastros por todo el salón y un reguero en la alfombra hasta la habitación del muchacho.
Erlendur estaba mirando el techo cuando oyó llamar a la puerta. Se levantó a abrir, y Eva Lind se metió en la habitación. Erlendur miró el pasillo y cerró la puerta.
– No me ha visto nadie -dijo Eva-. Sería más sencillo si te decidieras a vivir en tu casa. No comprendo esta ocurrencia.
– Ya volveré a casa -dijo Erlendur-. No te preocupes. ¿Qué te trae por aquí? ¿Necesitas alguna cosa?
– ¿Necesito tener un motivo especial para querer verte? -repuso Eva, sentándose al escritorio y sacando un paquete de cigarrillos. Dejó en el suelo una bolsa de plástico y le hizo una señal con la cabeza-. Te he traído algo de ropa. Si piensas seguir en el hotel necesitarás cambiarte.
– Muchas gracias -dijo Erlendur. Se sentó en el borde de la cama, delante de ella, y cogió uno de sus cigarrillos. Eva encendió los dos.
– Me alegro mucho de verte -dijo él, dejando escapar una columna de humo.
– ¿Qué tal va lo de Papá Noel?
– Pse, pse. ¿Y qué me cuentas tú?
– Nada.
– ¿Has visto a tu madre?
– Sí. Siempre lo mismo. No sucede nada en su vida. Trabajar, ver la tele y dormir. Trabajar, ver la tele, dormir. Trabajar, ver la tele, dormir. ¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que le espera a una? ¿Una tiene que ir por el buen camino para poder matarse a trabajar hasta caerse muerta? ¡Y mírate a ti! ¡Te escondes como un idiota en la habitación de un hotel, en vez de largarte a tu casa!
Erlendur aspiró el humo y exhaló una nubécula por la nariz.
– Yo no pretendo…
– No, ya lo sé -le interrumpió Eva Lind.
– ¿Te vas a rendir? -preguntó él-. Cuando viniste ayer…
– No sé si seré capaz de aguantar esto.
– ¿Aguantar qué?
– ¡Esta mierda de vida!
Siguieron sentados, fumando, y el tiempo fue pasando.
– ¿Piensas alguna vez en la niña? -preguntó Erlendur por fin. Eva estaba ya de siete meses cuando perdió el bebé, y estaba sumida en una profunda depresión cuando se mudó a casa de su padre después de la convalecencia en el hospital. Erlendur sabía que estaba destrozada. Se culpaba a sí misma de la muerte de su hija. La tarde en que sucedió todo le envió una llamada de socorro al móvil, y finalmente Erlendur consiguió encontrarla en medio de un charco de sangre a la entrada del Hospital Nacional, pues había perdido el sentido mientras intentaba llegar a la maternidad. Poco faltó para que también ella perdiera la vida.
– ¡Esta mierda de vida! -dijo de nuevo, y apagó el cigarrillo en la mesa.
El teléfono de la mesilla de noche sonó en cuanto Eva Lind salió y Erlendur se volvió a acostar. Era Marión Briem.
– ¿Sabes la hora que es? -preguntó Erlendur, buscando su reloj de pulsera. Ya eran más de las doce.
– Pues no -repuso Marión-. Estaba pensando en la saliva.
– ¿La saliva del condón? -dijo Erlendur, intentando no ponerse nervioso.
– Naturalmente lo descubrirán ellos solos, pero quizá no vendría mal mencionar el cortisol.
– Todavía tengo que hablar con la brigada científica, seguramente nos dirán algo sobre el cortisol.
– Servirá para hacernos una idea de una serie de cosas. Para saber lo que sucedió en ese cuchitril del sótano.
– Lo sé, Marión. ¿Alguna otra cosa?
– Solo quería recordarte lo del cortisol.
– Buenas noches, Marión.
•-Buenas noches.
Tercer Día
9
Erlendur, Sigurdur Óli y Elínborg se reunieron en el hotel a primera hora del día siguiente. Se sentaron en un lugar poco concurrido, en torno a una mesa redonda, y se sirvieron el desayuno del bufé. Había nevado durante la noche, pero la temperatura había vuelto a subir y las calles estaban ya sin rastro de nieve. El servicio meteorológico anunciaba que no habría Navidades blancas. El comercio navideño estaba en su apogeo. En los cruces se formaban largas filas de coches y toda la ciudad estaba invadida por una ingente multitud de personas.
– Ese Wapshott -dijo Sigurdur Óli-, ¿quién es?
Mucho ruido y pocas nueces, pensó Erlendur mientras tomaba un sorbo de café y miraba por la ventana. Extraño lugar, un hotel. Le parecía todo un cambio alojarse en un hotel, pero no podía evitar cierta sensación extraña al pensar en que alguien entraba en la habitación cuando él no estaba y lo ponía todo en un orden primoroso. Salía de la habitación por la mañana y cuando volvía, alguien había entrado y lo había dejado todo como antes: la cama hecha, las toallas limpias, jabón nuevo en el lavabo. Podía percibir la presencia de la persona que arreglaba su cuarto, pero no la veía, no sabía quién se ocupaba de ordenar su vida.
Cuando bajó esa mañana, fue a la recepción y pidió que no volvieran a arreglar su habitación.
Wapshott tenía que reunirse con él otra vez un poco más tarde, esa misma mañana, para contarle algo más sobre su colección de discos y la carrera de Gudlaugur Egilsson como cantante. La tarde anterior se habían despedido con un apretón de manos cuando les interrumpió Valgerdur. Wapshott había adoptado la posición de firmes esperando que Erlendur le presentara a aquella mujer pero, como no lo hizo, le extendió la mano, se presentó él mismo e hizo una reverencia. Luego pidió que lo excusaran, estaba cansado, tenía hambre y quería subir a su cuarto a arreglar un par de asuntos antes de cenar y acostarse.