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Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]

Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:

Miles Vorkosigan, el entrañable personaje que se dio a conocer en El aprendiz de guerrero, emprende gracias a la habilidad de la exitosa escritora de Lois McNaster Bujold nuevas aventuras. En esta ocasión se abordan asuntos de gran interés: los prejuicios sociales y sus consecuencias, una posible reflexión antirracista nacida en torno a la manipulación genética y una amena exploración de temas cuya conjunción resulta particularmente curiosa: religión, supervivencia y estrategia militar.

Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito

Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
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—¡No lo hiciste! —susurró, horrorizado.

—Nadie —dijo el que estaba pálido—, nadie lo hizo.

Miles levantó las cejas. Hubo un silencio corto, ahogado.

—Bueno, entonces, nadie puede disculparse con el portavoz y su mujer —dijo Miles—, porque los que dormían en esa tienda eran los hijos de los Karal. Yo y mis hombres estábamos en el altillo.

La boca del muchacho se abrió en una mueca de horror. El más joven de los Karal miró fijamente al Csurik pálido que tenía su misma edad y murmuró dándose importancia:

—¡Imbécil, Dono! ¡Idiota!, ¿no sabías que esa tienda no se quema? ¡Es del Servicio Imperial!

Miles cruzó las manos sobre la espalda y miró a los Csurik con frialdad.

—Digamos, para poner las cosas en claro, que fue un intento de asesinato contra el heredero del conde y eso tiene la misma pena capital que un atentado contra el conde mismo. ¿O tal vez Dono no pensó en eso?

Dono estaba completamente confuso. No hacía falta pentarrápida en este caso: el muchacho no podía mentir durante mucho tiempo. La señora Csurik había cogido del brazo a Dono, sin soltar a Lem. Parecía tan enloquecida como una gallina con demasiados pollitos tratando de protegerlos de una tormenta.

—¡No estaba tratando de matarlo, señor! —exclamó Dono. —¿Y qué querías hacer?

—Usted vino a matar a Lem. Yo quería… quería que usted se fuera. Asustarlo. No pensé que nadie pudiera salir lastimado… quiero decir, sólo era una tienda de campaña.

—Me doy cuenta de que nunca has visto un incendio. ¿Usted sí, señora Csurik?

La madre de Lem asintió, con los labios apretados, evidentemente dividida entre un deseo de proteger a su hijo de Miles y al mismo tiempo con ganas de azotarlo por su estupidez.

—Bueno, faltó muy poco para que mataras o hirieras horriblemente a tres de tus amigos. Piénsalo, por favor. Mientras tanto, en vista de tu juventud y tu… bueno, aparente falta de capacidad mental, no presentaré la acusación de traición. A cambio de eso, el portavoz Karal y tus padres serán responsables por tu comportamiento en el futuro y decidirán cómo castigarte.

La señora Csurik parecía derretirse de alivio y gratitud. Dono tenía el aspecto de alguien al que le han disparado. Su hermano lo empujó y murmuró:

—¡Sí que te falta capacidad mental! —La señora Csurik le dio un golpe en la cabeza para que se callara.

—¿Y su caballo, milord? —preguntó Pym.

—No… no sospecho de ellos en el asunto del caballo —replicó Miles lentamente—. Lo otro… lo otro fue parte de un plan completamente distinto.

Zed, que se había llevado el caballo de Pym, volvió con Harra en la grupa. Harra entró en la cabaña del portavoz Karal, vio a Lem y se detuvo con una mirada llena de amargura. Lem se quedó de pie frente a ella, con las manos abiertas y una mirada herida en los ojos.

—Ah, señor —dijo Harra—. Lo ha atrapado.— Tenía la mandíbula apretada en una mueca de triunfo sin alegría.

—No exactamente —dijo Miles—. Él vino a entregarse. Ya ha declarado bajo pentarrápida y es inocente. Lem no mató a Raina.

Harra se volvió a mirar a uno y otro.

—Pero yo sé que él estuvo allí. Dejó su chaqueta, y se llevó el serrucho bueno y el cepillo de madera. ¡Sabía que él iba a volver mientras yo iba a recoger bayas! ¡Su droga no debe de funcionar bien!

Miles negó con la cabeza.

—La droga funciona perfectamente. Y usted está en lo cierto, Harra: Lem fue a la cabaña mientras usted estaba fuera. Pero cuando él salió de nuevo, Raina estaba viva y lloraba con fuerza. No fue Lem.

Ella se tambaleó.

—¿Entonces, quién?

—Creo que usted lo sabe. Creo que ha estado tratando de negárselo a sí misma y que por eso se dedicó a pensar en Lem. Mientras estuviera segura de que Lem era el culpable, no tendría que pensar en otras posibilidades.

—Pero, ¿a quién más podría importarle? —exclamó Harra—. ¿Quién se molestaría en hacerlo?

—Eso mismo, ¿quién? —suspiró Miles. Caminó hasta la ventana exterior y miró hacia el patio. La niebla se aclaraba en la luz de la mañana. Los caballos se movían inquietos.

—Doctor Dea, ¿podría preparar una segunda dosis de pentarrápida? —Miles se puso de pie de espaldas al fuego. Todavía había brasas de la noche. El calorcito le resultaba agradable en la espalda.

Dea miraba a su alrededor, con el hipoespray en la mano: era evidente que no sabía a quién tenía que administrarlo.

—¿Milord? —preguntó con las cejas levantadas, como pidiendo una explicación.

—¿No le resulta obvio, doctor? —agregó Miles con voz indiferente.

—No, milord. —El tono del doctor tenía un leve rastro de indignación.

—¿Y a usted, Pym?

—No… no del todo, milord. —La mirada de Pym y la mira de su bloqueador se movieron sin mucha seguridad hacia Harra.

—Supongo que es porque ninguno de ustedes dos conoció a mi abuelo —decidió Miles— Murió un año antes de que usted entrara al servicio de mi padre, Pym. Nació al final de la Era del Aislamiento, y vivió cada uno de los cambios que la suerte le deparó a Barrayar. Lo llamaron el último de los viejos Vor, pero en realidad era el primero de los nuevos. Cambió con los tiempos, de las tácticas de la caballería a las de los escuadrones aéreos, de la espada a las armas atómicas, y cambió con éxito. Nuestra liberación del yugo de la ocupación de los cetagandanos es una medida de la forma feroz en que mi abuelo era capaz de adaptarse y después arrojarlo todo por la borda y adaptarse de nuevo. Al final de su vida lo llamaron conservador sólo porque había una gran parte de Barrayar que había pasado a su lado a toda velocidad exactamente en la dirección que él les había marcado, exigido y señalado, pero un poco más rápido.

»Él cambió y se adaptó y se dobló con el viento de los tiempos. Después, a su edad… porque mi padre era su único hijo vivo, el más joven, y no se había casado hasta la madurez, aparecí yo. Y tuvo que cambiar de nuevo. Y no pudo.

»Le rogó a mi madre que abortara después de que se supo más o menos cuál iba a ser el daño fetal. Él y mis padres se distanciaron durante cinco años después de mi nacimiento. No se vieron ni se comunicaron. Todo el mundo pensó que la razón por la que mi padre nos había llevado a la residencia imperial cuando se transformó en regente era que quería el trono, pero en realidad era porque el conde, mi abuelo, le negaba el uso de la casa Vorkosigan. ¿No les parecen divertidas las discusiones de mi familia? Estamos llenos de heridas que nos infringimos unos a otros. —Miles volvió a la ventana y miró hacia fuera. Ah, si. Ahí llegaba.

»La reconciliación fue gradual, desde el momento en que fue evidente que no habría otro hijo —continuó Miles—. No hubo un momento especial, dramático. Cuando los médicos lograron que yo caminara, ayudó un poco. Fue esencial que yo demostrara que era brillante. Y sobre todo, nunca dejé que viera que me daba por vencido en algo.

Nadie se había atrevido a interrumpir ese monólogo señorial, pero era evidente, por la mirada de muchos, que no entendían a qué venía todo eso. Como en parte hablaba para perder tiempo, Miles no se preocupó por eso. Pym se movió en silencio para cubrir la puerta con un ángulo de fuego claro.

—Doctor Dea —dijo Miles, mirando por la ventana—, ¿seria tan amable de administrar la droga a la primera persona que pase por esa puerta apenas entre?

—¿No está esperando un voluntario, mi señor?

—No esta vez.

La puerta se abrió de golpe y Dea se acercó de un salto, levantando la mano. El hipoespray silbó en el aire. La señora Mattulich giró en redondo para enfrentarse a Dea, y las faldas de su vestido giraron alrededor de sus tobillos varicosos, siseando a su vez…

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