Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2526-X
- Переводчик: M
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:
Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito
Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
—¿Sabe quién mató a su hija?
—No estoy seguro. —Csurik levantó la cabeza, desafiante No lo vi. Pero me lo imagino.
—Yo también.
—Eso no me importa, señor. Siempre que no venga de mi boca. Es todo lo que pido.
Miles levantó el bloqueador y se frotó el mentón.
—Mmm —una sonrisa muy leve le torció la comisura del labio— Lo admito… sería más elegante resolver este caso por deducción que por la fuerza bruta. Incluso una fuerza tan leve como la de la pentarrápida.
Csurik bajó la cabeza.
No sé nada sobre elegancia, milord. Pero no quiero que salga de mi boca.
La decisión hervía en la mente de Miles y se le enderezó la espalda. Sí. Ahora sí sabía. Sólo tendría que reseguir las pruebas, paso por paso. Como la matemática del espacio 5.
—Muy bien. Juro por mi palabra de Vorkosigan que mis preguntas se referirán sólo a los hechos de los cuales usted fue testigo. No le voy a preguntar por conjeturas sobre personas ni hechos en los cuales usted no haya estado presente. ¿Le parece bien así?
Csurik se mordió el labio.
—Sí, milord. Si cumple usted con su palabra.
—Pruébeme —sugirió Miles. Se le torcieron los labios en una sonrisa ladina y se aguantó el comentario insultante sin decir palabra.
Csurik trepó por el patio junto a él como si caminara hacia el cadalso. La entrada de los dos produjo una sorpresa impresionante a Karal y a su familia, reunida alrededor de la mesa de madera en la que Dea atendía a Pym. Éstos parecían ausentes hasta que Miles presentó al recién llegado.
—Doctor Dea, vaya a buscar su pentarrápida. El señor Lem Csurik ha venido a hablar con nosotros.
Miles llevó a Lem hasta una silla. El hombre de las colinas se sentó con las manos apretadas. Pym, con un morado en los bordes de su vendaje blanco, levantó el bloqueador y dio un paso atrás.
El doctor Dea le preguntó entre dientes a Miles mientras iba a buscar el hipoespray:
—¿Cómo diablos lo consigue?
Miles se metió la mano en el bolsillo, sacó un terrón de azúcar, lo levantó y sonrió a través de la C del pulgar y el índice. Dea soltó un bufido, pero en su gesto había un vacilante respeto.
Lem se encogió cuando el spray le tocó el brazo, como si esperara que le doliera.
—Cuente de diez a uno, por favor, hacia atrás —dijo Dea.
Cuando Lem llegó a tres, se había relajado y en el cero, se reía entre dientes, como un tonto.
—Karal, señora Karal, Pym, acérquense —dijo Miles—. Ustedes son mis testigos. Muchachos, apartaos y permaneced callados. No quiero interrupciones, por favor.
Miles ejecutó todos los preliminares, media docena de preguntas elaboradas para establecer un ritmo y matar el tiempo mientras la penta hacía efecto. Lem Csurik sonreía, se balanceaba en su silla y contestaba todo con una buena voluntad evidente. El interrogatorio con pentarrápida había sido parte del entrenamiento del curso de inteligencia militar en la academia del Servicio. Extrañamente, la droga parecía estar funcionando justo como decían que funcionaba.
—¿Volvió a su cabaña la otra mañana, después de pasar la noche con sus padres?
—Sí, milord. —Lem sonrió.
—¿A qué hora más o menos?
—A media mañana.
Nadie tenía un reloj en el valle y probablemente ésa era la respuesta más precisa que iba a conseguir de Lem.
—¿Qué hizo cuando llegó?
—Llamé a Harra. Se había ido. Me asustó que se hubiera ido. Pensé que tal vez me había abandonado. —Lem hipó—. Quiero a mi Harra en casa.
—¿La niña estaba dormida?
—Sí. Se despertó cuando llamé a Harra. Empezó a llorar de nuevo. Y eso me pone los pelos de punta.
—¿Que hizo entonces?
Los ojos de Lem se abrieron.
—No tenía leche. Ella quería a Harra. No había nada que yo pudiera hacer.
—¿Levantó al bebé?
—No, señor. La dejé donde estaba. No había nada que pudiera hacer por ella. Harra apenas me dejaba tocarla, siempre estaba tan nerviosa por la niña. Me dijo que se me caería o algo así.
—¿No la acunó para que dejara de llorar?
—No, señor. La dejé ahí. Y me fui por el sendero a buscar a Harra.
—¿Y después adónde?
Lem parpadeó.
—A casa de mi hermana. Le había prometido llevar madera para la nueva cabaña. Bella… mi otra hermana, está a punto de casarse, ¿sabe?, y…
Empezaba a irse por las ramas, algo normal bajo el efecto de la droga.
—Basta —dijo Miles. Lem se calló al instante y se balanceó un poco en la silla. Miles pensó mucho la siguiente pregunta. Estaba llegando al límite—. ¿Vio a alguien en el sendero? Conteste si o no.
—Sí.
Dea estaba muy alterado.
—¿Quién? Pregúntele quién.
Miles levantó la mano.
—Puede administrar el antídoto, doctor Dea.
—¿No le va a preguntar a quién vio? ¡Podría ser vital!
—No puedo. Le di mi palabra. ¡Adminístrele el antídoto, doctor!
Por suerte, la confusión que le causaba que le interrogaran dos personas al mismo tiempo impidió que Lem respondiera con toda alegría a la pregunta de Dea. Éste, asombrado, apretó el hipoespray en el brazo de Lem. Los ojos de Lem, entrecerrados, se abrieron otra vez en unos segundos. Se sentó derecho otra vez y se frotó el brazo y la cara.
—¿A quién encontró usted en el sendero? —le preguntó Dea directamente.
Los labios de Lem se apretaron con fuerza y miró a Miles como pidiéndole auxilio.
Dea también lo miró.
—¿Por qué no ha querido preguntárselo?
—Porque no me hace falta —dijo Miles—. Sé exactamente quién era la persona que Lem encontró en el sendero y por qué Lem siguió caminando y no volvió a la cabaña. Era la persona que mató a Raina. Como pienso probar muy pronto. Y… sean testigos, Karal, señora Karal…, de que esa información no salió de la boca de Lem. ¡Quiero una confirmación!
Karal asintió lentamente.
—Ya veo… milord. Ha sido… muy considerado.
Miles lo miró a los ojos con una sonrisa tensa.
—¿Y cuándo un misterio deja de serlo?
Karal enrojeció, sin decir nada por un momento. Después habló:
—De todos modos, puede seguir por el camino que lleva, milord. Ya nadie lo va a parar, supongo.
—No.
Miles envió mensajeros a casa de los testigos. La señora Karal en una dirección, Zed en otra, el portavoz Karal y su hijo mayor en una tercera. Ordenó a Lem esperar allí con Pym, Dea y él mismo. Como era la que tenía menos distancia que recorrer, la señora Karal volvió primero con la señora Csurik y dos de sus hijos.
La madre de Lem lo abrazó y después miró a Miles con miedo por encima del hombro. Los hermanos menores se quedaron atrás, pero Pym ya se había movido entre ellos y la puerta.
—Todo va bien, mamá. —Lem la dio unas palmaditas en la espalda—. O… bueno, por lo menos, yo estoy bien. Estoy limpio. El señor Vorkosigan me cree.
Ella miró a Miles con rabia, sin soltar el brazo de Lem.
—No dejaste que el señor mutante te diera esa droga venenosa, ¿verdad?
—No es veneno —negó Miles— En realidad, la droga tal vez le salvó la vida. Eso, me parece, la convierte más bien en un remedio. Sin embargo —se volvió hacia los dos hermanos menores de Lem, y cruzó los brazos con expresión severa—, me gustaría saber cuál de ustedes dos, jovencitos salvajes, tiró una antorcha encendida sobre mi tienda de campaña anoche…
El más joven se puso pálido; el mayor, rojo y furioso, notó la expresión de su hermano y cortó su declaración en la mitad de la sílaba.