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El hijo de Stalin [Archangel - es]

Электронная книга - «El hijo de Stalin [Archangel - es]». Краткое содержание книги:

Rusia zozobra en el caos y muchos añoran un nuevo Stalin, alguien capaz de poner orden con mano dura e implacable. ¿Puede existir en la actualidad un personaje así? ¿Tal vez alguien por cuyas venas corra la misma sangre del dictador? Esta espeluznante hipótesis parece cobrar consistencia cuando Kelso, un profesor de Oxford, visita Moscú invitado a un congreso del gobierno y tiene noticia de dos hechos que podrían cambiar el curso de la historia: en algún lugar se oculta su hijo bastardo. Kelso emprende una peligrosa investigación a lo largo de cuatro días de pesadilla que le llevarán al centro de una verdad casi inimaginable… Obra maestra de su género, El hijo de Stalin es un vibrante y descarnado thriller político. Su inquietante trama da lugar a la reflexión y su fuerza narrativa cautiva desde la primera página.
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Kelso supuso que el jardín estaría tan abandonado como la casa. Hacía meses que nadie lo cuidaba. A la izquierda había un invernadero ornamentado con una chimenea de hierro, parcialmente cubierto por enredaderas. A la derecha, un matorral desparejo de arbustos verde oscuro. Más adelante estaban los árboles. Kelso bajó de la galería y avanzó por un colchón de hojas que cubría la hierba. La brisa las agitaba y levantaba algunas que formaban remolinos hacia la casa. Kelso pateó los montículos en dirección a un huerto de cerezos, según vio a medida que se acercaba. Árboles grandes y antiguos, de unos seis metros de altura, al menos unos cien. Parecía una escena de Chéjov. De pronto se detuvo. La tierra bajo los árboles estaba plana y pareja, salvo en un lugar. En la base de un árbol, cerca de un banco de piedra, había un trozo negro, más oscuro que las sombras de alrededor. Frunció el entrecejo. ¿No se lo estaba imaginando todo?

Se arrodilló y lentamente hundió las manos entre las hojas. Las de arriba estaban secas, pero las otras estaban húmedas y quebradizas. Las apartó y percibió un olor intenso a tierra mojada… la tierra negra y fragante de la Madre Rusia.

«No lo hagas muy ancho. No es una tumba. Estás trabajando más de lo necesario…»

Quitó las hojas de una superficie de un metro cuadrado y, aunque no se veía mucho, vio y palpó lo suficiente. Habían quitado la hierba y cavado un agujero. Después habían vuelto a taparlo e intentado colocar los terrones de hierba en su posición original. Aunque algunos no acababan de encajar y quedaban como piezas superpuestas sobre el borde del agujero, lo que daba como resultado una especie de rompecabezas confuso y embarrado. Lo habían hecho con prisas, pensó Kelso, y hacía poco, incluso ese mismo día. Se enderezó y se sacudió las hojas húmedas del abrigo.

«¿Siente toda la fuerza del camarada Stalin incluso desde la tumba…?»

Al otro lado del muro se oía el ruido del tráfico de la amplia carretera. La normalidad parecía al alcance de la mano. Barrió unas hojas con el pie para cubrir la cicatriz de la tierra, cogió el bolso y avanzó a trompicones por el cerezal hacia el fondo del jardín, hacia los sonidos que indicaban vida. Tenía que salir de allí. No le importaba reconocerlo: estaba nervioso. Los cerezos llegaban casi hasta la tapia que se elevaba lisa delante, como la cerca de una cárcel victoriana. No había manera de escalarla.

Un estrecho sendero negro discurría junto a la pared, hacia la izquierda. Kelso lo siguió hasta el extremo, donde giraba y volvía a llevarlo hacia la casa. A medio camino vio una sombra alargada, la puerta del jardín que había visto desde la calle, pero hasta ella estaba cubierta de maleza y tuvo que retirar los tallos trepadores de una enredadera para poder llegar. Estaba cerrada y, probablemente, la cerradura oxidada. El picaporte de hierro seguramente ni se movía. Chasqueó el encendedor y lo acercó para ver mejor. La puerta era sólida, pero el marco parecía endeble. Retrocedió y lanzó una patada, en vano. Volvió a probar… imposible.

Volvió atrás por el sendero. Estaba a unos treinta metros de la casa, desde donde se veía claramente la silueta del tejado con una antena y una chimenea alta con una parabólica sujeta a ella. Era demasiado grande para ser de un televisor doméstico.

Mientras miraba distraído la parabólica, atisbo una luz en una ventana de arriba. Desapareció tan deprisa que pensó que seguramente lo había imaginado, así que se dijo que no debía perder la calma, que mejor buscara alguna herramienta para salir de allí. Pero en ese mo- mento volvió a brillar, como el rayo de un faro: tenue, brillante, tenue otra vez… como si alguien sostuviera una linterna potente y la hiciera girar en sentido contrario a las agujas del reloj, primero hacia la ventana y luego otra vez hacia la negrura de la habitación.

El desconfiado vigilante había vuelto.

—¡Dios! —Kelso apretó los labios con tanta fuerza que casi no pudo pronunciar la palabra—. ¡Dios mío, Dios mío!

Corrió por el sendero hacia el invernadero. La puerta desvencijada se abrió lo justo para que pudiera pasar. Dentro, por culpa de las enredaderas, estaba más oscuro aún. Mesas de caballete, una vieja cesta, semilleros vacíos, macetas de terracota… nada, nada de nada. Avanzó a tumbos por un pasillo estrecho, unas hojas le rozaron la cara y después chocó con un objeto de metal. Una vieja y aparatosa cocina económica de hierro forjado, junto a la cual estaban los utensilios ti- rados: pala, cubo para el carbón, atizador… ¡Un atizador!

Regresó por el sendero y metió el atizador en la grieta que había entre la puerta del jardín y el marco, justo sobre la cerradura. Hizo palanca y oyó un crujido. El atizador se aflojó. Volvió a meterlo y a hacer fuerza otra vez. Otro crujido. Siguió hacia abajo; el marco empezaba a astillarse.

Retrocedió unos pasos, corrió contra la puerta y la embistió con el hombro… y una fuerza que parecía más allá de lo físico, una especie de fusión entre la voluntad, el miedo y la imaginación le permitió traspasar la puerta y salir del jardín a la silenciosa calle vacía.

6

Esa noche a las seis, el comandante Feliks Suvorin, acompañado de su ayudante, el teniente Vissari Netto, presentó un informe de los acontecimientos del día a su mando inmediato superior, el jefe de la Dirección RT, coronel Yuri Arseniev.

La atmósfera, como siempre, era informal. Arseniev estaba despatarrado y medio dormido detrás de su escritorio, sobre el que había un mapa de Moscú y un radiocasete. Suvorin, reclinado en el sofá junto a la ventana, fumaba en pipa. Netto se ocupaba del aparato.

—La primera voz que oirá, coronel —decía Netto a Arseniev—, es la de madame Mamantov.

Pulsó el PLAY.

«—¿Quién llama?

»—Christopher Kelso. ¿Puedo hablar con el camarada Mamantov?

»—¿Quién llama?

»—Ya se lo he dicho, me llamo Kelso. Estoy en un teléfono público y es urgente.

»—Sí, ¿pero quién llama?»

Netto pulsó PAUSA.

—Pobre Ludmilla Fedorova —dijo Arseniev con tristeza—. ¿La conoces, Feliks? Yo la conocí en la Lubianka. ¡Oh, qué mujer! Un cuerpo como una pagoda, una mente de lo más aguda y una lengua pareja, muy afilada.

—Ya no, al menos la mente —dijo Suvorin.

—La siguiente voz le resultará más familiar, coronel —explicó Netto.

PLAY.

«—Soy Mamantov. ¿Quién es usted?

»—Kelso. El doctor Kelso. ¿Se acuerda de mí?

»—Sí, me acuerdo. ¿Qué quiere?

»—Verlo.

»—¿Y por qué voy a querer verlo yo después de toda esa mierda que escribió?

»—Quiero hacerle unas preguntas.

»—¿Sobre?

»—Un cuaderno negro de hule que perteneció a Josiv Stalin.

»—Cállese.

»—¿Qué?

»—Le dije que se callara. Estoy pensando. ¿Dónde está?

»—Cerca del edificio del Intourist, en la calle Mojavaya.

»—Está cerca. Será mejor que venga.»

STOP.

—Ponlo otra vez —ordenó Arseniev—. La parte de Ludmilla no, la última.

Suvorin, por el cristal blindado de detrás de Arseniev, vio las luces de las oficinas que se reflejaban ondulantes en el lago ornamental de Yasenevo, y el enorme busto de Lenin iluminado. Detrás, casi invisible a esa hora, la línea oscura del bosque, con el perfil recortado contra el cielo crepuscular. Un par de faros titilaron entre los árboles y desaparecieron. Una patrulla de vigilancia, pensó Suvorin, reprimiendo un bostezo. Le alegraba que Netto se ocupara de la conversación. Había que darle una oportunidad al muchacho…

«Un cuaderno negro de hule que perteneció a Josiv Stalin…»

—Me cago en la puta —dijo Arseniev en voz baja; la cara fofa se le había puesto tensa.

—La llamada la efectuó ese individuo esta tarde a las catorce y catorce —continuó Netto, sosteniendo dos delgadas carpetas de color crema—. Christopher Richard Andrew Kelso, alias Chiripa.

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