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El hijo de Stalin [Archangel - es]

Электронная книга - «El hijo de Stalin [Archangel - es]». Краткое содержание книги:

Rusia zozobra en el caos y muchos añoran un nuevo Stalin, alguien capaz de poner orden con mano dura e implacable. ¿Puede existir en la actualidad un personaje así? ¿Tal vez alguien por cuyas venas corra la misma sangre del dictador? Esta espeluznante hipótesis parece cobrar consistencia cuando Kelso, un profesor de Oxford, visita Moscú invitado a un congreso del gobierno y tiene noticia de dos hechos que podrían cambiar el curso de la historia: en algún lugar se oculta su hijo bastardo. Kelso emprende una peligrosa investigación a lo largo de cuatro días de pesadilla que le llevarán al centro de una verdad casi inimaginable… Obra maestra de su género, El hijo de Stalin es un vibrante y descarnado thriller político. Su inquietante trama da lugar a la reflexión y su fuerza narrativa cautiva desde la primera página.
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El saludo retumbó en el vestíbulo vacío. Había una luz tenue y azulada, pero desde allí vio que el suelo era de baldosas blancas y negras. A su izquierda había una escalera ancha. La casa olía a polvo rancio y alfombras viejas y había un silencio denso, como si hiciera meses que estaba cerrada. Empujó la puerta, que acabó de abrirse, y entró.

Volvió a saludar.

Tenía dos alternativas: o se quedaba en la puerta o entraba. Eligió esta última. De inmediato, como un ratón de laboratorio en un laberinto, vio que las opciones se multiplicaban. Podía quedarse donde estaba, cruzar una puerta a la izquierda, subir por la escalera, entrar en un pasillo que se perdía en la oscuridad, al otro lado de la escalera, o elegir alguna de las tres puertas que había a la derecha. Por un instante, el peso de la elección lo paralizó. Como la escalera estaba justo delante, parecía el camino más evidente… y quizá inconscientemente también prefería la ventaja de la altura, estar por encima de quienquiera que estuviese en la planta baja o, al menos, estar igualados si ya habían subido.

La escalera era de piedra. Kelso llevaba unas botas de ante que se había comprado en Oxford hacía unos años, y, por muy silenciosamente que intentase caminar, sus pasos sonaban como tiros. Mejor. Él no era ningún ladrón y para hacer hincapié volvió a gritar:

—Pree-viet! Kto tam? ¡Hola! ¿Hay alguien?

La escalera giraba a la derecha, desde donde tenía una vista panorámica de todo el hueco azul oscuro del vestíbulo, que perforaba un rayo azul más claro que entraba por la puerta abierta. Llegó al descansillo de arriba, que daba a un corredor ancho que se extendía a la derecha y a la izquierda hasta perderse en una penumbra de Rembrandt. Había una puerta justo delante. Trató de orientarse. Tenía que ser la de la habitación que había sobre la entrada, la del balcón de hierro. ¿Qué era? ¿Un salón de baile? ¿El dormitorio principal? El suelo del corredor era de parquet y le recordó la descripción de Rapava de las huellas de los pies de Beria sobre la madera lustrosa mientras se apresuraba a atender la llamada de Malenkov.

Kelso abrió la pesada puerta y el aire encerrado lo golpeó en la cara. Tuvo que llevarse la mano a la boca y la nariz para no sentir náuseas. El hedor que invadía toda la casa parecía tener ahí su origen. Era una habitación grande y desnuda, iluminada por tres ventanas altas y alargadas, cubiertas con cortinas grises y transparentes. Se acercó a ellas. El suelo parecía lleno de diminutas cascarillas negras. Su idea era correr la cortina para ver qué pisaba. Pero en cuanto sus manos tocaron el áspero nailon, la tela se desgarró y una lluvia de gránulos negros le cayó sobre la mano y la nuca. Volvió a mover la cortina y la lluvia se convirtió en una cascada, una catarata de insectos muertos. Miles de insectos habrían nacido y muerto ahí dentro durante el verano, atrapados en esa habitación sin ventilar. Tenían un olor rancio y ácido. Se le habían metido entre el cabello y al caminar los sintió crujir. Retrocedió agitando la cabeza y sacudiéndose enloquecido el pelo.

—Kto idyot? ¿Hay alguien allí arriba? —gritó un hombre en el vestíbulo.

Kelso sabía que debía contestar. ¿Qué mejor prueba de sus irreprochables intenciones, de su inocencia, que salir inmediatamente al descansillo, identificarse y disculparse? Lo sentía mucho. La puerta estaba abierta. Era una casa antigua muy interesante. Él era historiador. La curiosidad era una característica suya. Y, además, era evidente que no había nada que robar. De verdad lo lamentaba…

Podía haberlo hecho. Tenía esa alternativa. Pero no dijo nada. Se limitó a no hacer nada, que era una forma de elegir. Se quedó allí, en la vieja habitación de Lavrenti Beria, helado e inmóvil; y escuchó. A cada segundo que pasaba, su oportunidad de hablar para salir de la casa disminuía. El hombre empezó a subir por la escalera. Recorrió siete escalones —Kelso los contó—, se detuvo y se quedó quieto, quizá durante un minuto.

Después volvió a bajar, cruzó el vestíbulo y cerró la puerta de entrada.

En ese momento Kelso se acercó a la ventana. Vio que podía mirar hacia la calle sin tocar la cortina, apoyando la mejilla contra la pared y espiando por el borde del nailon sucio. Desde ese ángulo oblicuo vio a un hombre de uniforme negro en la acera, de pie junto a la furgoneta con una linterna en la mano, que levantaba la mirada y escudriñaba la casa. Era cuadrado y simiesco, con brazos demasiado largos. De repente, Kelso vio una cara estúpida y brutal que lo miraba directamente y retrocedió. Cuando se atrevió a volver a mirar abajo, el hombre estaba agachado abriendo la puerta del conductor. Arrojó la linterna dentro y subió. Puso en marcha el motor y la furgoneta se alejó.

Kelso le dio treinta segundos y corrió escaleras abajo. Estaba encerrado. No podía creerlo. Lo absurdo del aprieto casi le daba risa… ¡estaba encerrado en la casa de Beria! La puerta de entrada era enorme, con una gran bola de hierro por pomo y una cerradura del ta- maño de una guía telefónica. La probó sin esperanzas y miró alrededor. ¿Y si había una alarma? En la oscuridad no se veía nada en las paredes, pero lo más probable era que se tratara de algún sistema antiguo que, más que por haces de luz, funcionara a presión. La mera idea lo paralizó.

Lo que volvió a ponerlo en marcha fue darse cuenta de que cada vez estaba más oscuro y que, si no encontraba una forma de escapar en ese momento, se quedaría encerrado toda la noche en medio de la negrura. Había un interruptor al lado de la puerta pero no se atrevió a tocarlo: era evidente que el guardia había oído algo y a lo mejor volvía a pasar para echar otro vistazo. De todas formas, algo en el silencio del lugar, en la absoluta falta de vida, lo convenció de que estaban in- terrumpidos todos los suministros, de que la casa estaba abandonada. Trató de recordar la descripción que Rapava le había hecho del lugar cuando tuvo que entrar a atender la llamada de Malenkov: algo que parecía estar en una galería, cruzó la sala de guardia, pasó por una cocina y entró en el vestíbulo.

Kelso se internó en la oscuridad del pasillo que había detrás de la escalera, palpando la pared con la mano izquierda. El frío yeso era liso. La primera puerta que encontró estaba cerrada. La segunda no; sintió una bocanada de aire fresco y percibió un desnivel, una bajada, seguramente a una bodega, y cerró deprisa. La ter* cera se abrió a un pálido resplandor azul de superficies metálicas y un débil olor a comida rancia. La cuarta estaba al final, justo delante, y daba a una habitación que supuso había servido de sala para la guardia de Beria.

A diferencia del resto de la casa, que estaba completamente desnuda, allí había muebles: una mesa de madera, una silla, un viejo aparador y algunos rastros de vida. Un ejemplar de Pravda —apenas se veía la típica cabecera—, un cuchillo de cocina, un cenicero. Tocó la mesa y palpó migas de pan. Una luz tenue se filtraba por un par de pequeñas ventanas entre las cuales había una puerta, también cerrada. Volvió a mirar las ventanas, demasiado estrechas para pasar. Respiró hondo. Algunas costumbres son internacionales, ¿no? Pasó la mano por el alféizar, a la derecha de la puerta, y allí encontró la llave. Giró sin problemas en la cerradura.

Al abrir la puerta, quitó la llave, y, todo un detalle por su parte, pensó, volvió a dejarla en el alféizar.

Salió a una galería estrecha, de dos metros de ancho, con un suelo de madera gastado y una barandilla rota. Se oía ruido de tráfico al fondo del jardín y el laborioso gemido de la turbina de un avión que se dirigía a aterrizar en el aeropuerto Sheremetevo. El aire era fresco y olía a leña ardiendo. En el cielo quedaban los últimos rastros de luz del día.

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Главный герой
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