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Электронная книга - «Destino y deseo». Краткое содержание книги:

La hermosa Lisa Walker desempeña una labor intachable en el departamento de Licitaciones de una empresa constructora, hasta que se ve involucrada en un asunto desafortunado que le hace perder su trabajo. El causante tiene un nombre: Sam Brown, el apuesto y atractivo dueño de una compañía rival. Lisa está enfurecida, pero su enojo desaparece cuando recibe una oferta formal de Sam para contratarla en su empresa. Aunque se siente irresistiblemente atraída por él, le invade el temor de que su relación personal pueda interferir con la laboral y de que Sam pueda no aceptar su pasado. Dos corazones extraviados que se necesitan y se niegan, que rechazan el amor que golpea con fuerza a la puerta de sus corazones.
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– Acérquese, le pondré un poco de repelente. -Lisa recogió el frasco que había dejado sobre el suelo de la camioneta.

Con una sonrisa él observó:

– Vino preparada, ¿verdad?

– ¿En Missouri y en agosto, la mañana después de una lluvia intensa? -preguntó ella con acento intencionado. Él fue a detenerse frente a Lisa, mientras la joven sacudía el frasco y rociaba a Sam Brown, con largos movimientos que abarcaban desde el cuello hasta las botas; durante ese rápido recorrido observó incluso ciertos lugares donde los vaqueros de Sam estaban más gastados.

«Maldita sea, Walker, ¿qué te pasa?»

– Dese la vuelta, le aplicaré el repelente por detrás. -Pero de espaldas también mostraba un conjunto de músculos tan seductor como de frente. Los hombros eran amplios y firmes, ella los rociaba apuntando el líquido al lugar en que la camisa de Sam apenas formaba arrugas, al desaparecer bajo la cintura angosta de los vaqueros. Tenía el cuerpo tan liso que apenas había curvas bajo la tela. De nuevo Lisa recordó que él solía correr. Le pareció que su cuerpo era inacabable desde el cuello hasta las botas amplias y bien separadas una de la otra.

Sam Brown se volvió para mirar a Lisa por encima del hombro.

– Dese prisa. Esta sustancia hiede.

Cuando ella se incorporó, no pudo resistir la tentación de burlarse.

– No sea tan infantil, Brown. No me parece que este producto huela tan mal. -y como para demostrar la afirmación, le envió un chorro bajo el cuello, y después retiró un poco el frasco y lanzó una nube hacia la nuca de la víctima. Él se dobló por la cintura y lanzó un tremendo estornudo.

Ella rompió a reír mientras él trataba de ponerse fuera de su alcance y giraba sobre sí mismo.

– Maldita sea, si no es una cosa es otra.

Ella esbozó una mueca y fingió que se disculpaba.

– Oh, cuánto lo siento.

Una sonrisa perversa curvó los labios de Sam, que replicó secamente:

– Sí, ya veo cuánto lo siente.

Avanzó amenazador un paso en dirección a la joven, y Lisa retrocedió.

– Vamos, Brown, ¡fue un accidente! -advirtió Lisa, alzando una mano para rechazar al hombre. Pero él avanzó otro paso.

– Esto también será un accidente. -Arrancó el frasco de la mano de Lisa y lo agitó. En sus ojos había un destello amenazador.

– ¡Brown, se lo advierto!

– Usted comenzó, y ahora recibirá su merecido.

Ella no tuvo más remedio que darle la espalda, cerrar con fuerza los ojos y esperar. Él se tomó su tiempo, y entretanto Lisa se sintió cada vez más incómoda. Por fin, notó el rocío sobre la nuca. Después, el repelente descendió y se detuvo en las caderas de Lisa

– Levante los brazos -ordenó Brown. Ella apretó los dientes e hizo lo que le decía, pero al instante comprendió su error, pues cuando levantó los brazos también alzó la camisa. Hubo un silencio prolongado, y ella sintió que comenzaba a sonrojarse. Después, el zumbido del repelente concluyó su descenso por la espalda, y él la tocó con el frasco al mismo tiempo que ordenaba:

– Vuélvase -Lisa se giró, arriesgando una rápida mirada al cabello de Sam, mientras él se ponía de cuclillas frente a la joven. Pero ella se apresuró a cerrar los ojos, cuando la nube de spray se elevó. El ataque se detuvo de nuevo en las caderas y ella soportó un momento de sufrimiento, y se preguntó qué estaría haciendo Brown, cuando en aquel momento un disparo directo la alcanzó en el ombligo.

Lisa pegó un alarido y saltó hacia atrás.

– ¡Maldito sea, Brown!

Él sonrió con malicia.

– No pude resistir la tentación.

Ella lo miraba cuando dobló una rodilla, con los ojos casi al mismo nivel que el cinturón que ella ahora mantenía en su lugar, para protegerse mejor. Estaba luchando sin éxito en un intento de olvidar que Sam Brown era hombre… y él no la ayudaba en absoluto. El único recurso al que podía apelar era la indignación fingida. Le quitó el frasco, se acercó ala camioneta y arrojó el repelente por la ventanilla abierta.

– Brown, tenemos que trabajar. ¡Basta de tonterías!

Felizmente, él la siguió, y los dos se dedicaron a sus tareas. Caminaron entre la hierba que les llegaba a las rodillas, cargados de rocío y adornados con telarañas, a las cuales se adherían gotitas de humedad. Avanzaron con lentitud, y los únicos sonidos fueron los de sus propios pasos caminando sobre la hierba que a veces producía un chasquido al paso de las botas de goma húmedas que calzaba Lisa. Se detuvieron y permanecieron hombro con hombro, cada uno sosteniendo un extremo de los anchos diagramas mientras los estudiaban.

Había que pensar muchas cosas para decidir si convenía o no licitar en una obra como aquella. El primer factor, y también el más obvio, era la cantidad de tierra que habría que mover, adónde podrían llevarla, y con qué medios. Mientras caminaban, examinaron los pros y los contras del asunto, considerando, discutiendo, realizando cálculos mentales. Abandonaron el borde relativamente elevado del maizal y llegaron a un sector de tierra desigual-la mayor parte estaba formado por pastizales- con quebradas y promontorios, muchos salpicados de charcos lodosos después de las lluvias de la noche anterior. La humedad del suelo era otro aspecto importante, y por eso Sam y Lisa a menudo se arrodillaban, uno al lado del otro, y recogían puñados de tierra, comentando si les parecía o no necesario realizar perforaciones de prueba.

Lisa tenía conciencia del olor del líquido repelente y la tierra húmeda, y de la sugestiva fragancia masculina de Sam Brown, mientras se ponían en cuclillas, casi tocándose. Continuaron caminando, siguiendo la ruta que llevaría la cañería, cruzando un terreno cubierto por la pradera ya florecida, hasta que llegaron aun pantano, donde los mirlos de alas rojas estaban encaramados sobre las plantas de espadaña. Los trinos de los pájaros formaban una auténtica cacofonía, mientras Sam y Lisa permanecieron inmóviles varios minutos… solo escuchando y disfrutando del momento que vivían. Todo era pacífico e íntimo. Lisa llegó a tener conciencia de que los ojos de Sam la buscaban, mientras él permanecía detrás con los pulgares metidos en el cinturón. Necesitó hacer un gran esfuerzo para no mirarlo, pero, en efecto, lo consiguió. Adoptando un aire sumamente concreto, Lisa observó:

– Aquí hay muchos pájaros.

Sam dirigió una mirada superficial al pantano y emitió un gruñido de asentimiento; pero casi enseguida volvió los ojos hacia ella.

– El Departamento de Recursos Naturales nos obligará a obtener un permiso antes de venir a perturbar el área ocupada por los nidos. Prepare una nota al respecto.

Pero cuando ella comenzó a redactar la nota, se atrevió a dirigir una mirada a Sam, y lo sorprendió mirándola de un modo inquietante. Enseguida consultó una serie de planos, pero la pregunta siguiente de Sam consiguió que olvidara la cifra que tenía ante los ojos.

– ¿Cuánto tiempo lleva divorciada?

El aire parecía inmóvil, todo resplandecía depurado por las lluvias nocturnas que todavía mantenían gotas sobre las hojas y los tallos, convertidas en pequeños diamantes cuando el sol aparecía a veces entre las nubes. Lisa encontró la mirada de Sam y comprendió que si contestaba sería más difícil que nunca volver al trabajo.

– Tres años -replicó.

Pareció que él reflexionaba, hasta que al fin preguntó:

– ¿Vive aquí?

– No.

– ¿En St. Louis?

Aunque formulada en tono casual, la pregunta la obligó a reaccionar.

– Se supone que estamos buscando un límite señalado con una bandera roja -le recordó Lisa.

– Oh. -Sam se encogió de hombros, como si el intento de evasión promovido por Lisa tuviera escasa importancia-. Oh, sí… bien, olvide lo que le he preguntado.

Ella intentó hacer precisamente eso, pero el resto del recorrido la pregunta sin respuesta perduró entre ellos.

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