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Электронная книга - «Destino y deseo». Краткое содержание книги:

La hermosa Lisa Walker desempeña una labor intachable en el departamento de Licitaciones de una empresa constructora, hasta que se ve involucrada en un asunto desafortunado que le hace perder su trabajo. El causante tiene un nombre: Sam Brown, el apuesto y atractivo dueño de una compañía rival. Lisa está enfurecida, pero su enojo desaparece cuando recibe una oferta formal de Sam para contratarla en su empresa. Aunque se siente irresistiblemente atraída por él, le invade el temor de que su relación personal pueda interferir con la laboral y de que Sam pueda no aceptar su pasado. Dos corazones extraviados que se necesitan y se niegan, que rechazan el amor que golpea con fuerza a la puerta de sus corazones.
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– Hablando de tugurios -habían llegado al Pinto de Lisa-, este es el mío.

Él dirigió una mirada superficial al vehículo, y después volvió a concentrar su atención en la joven.

– ¿Necesita saber algo más acerca de su función?

– No, que yo sepa. Oh, ¿cuál es el horario de trabajo?

– En un día normal llego alrededor de las siete y me voy a las cinco.

Al parecer había poco más que decir, y, mientras ella observaba la expresión de Sam Brown, le pareció que aquella cara ya no expresaba asuntos de trabajo, y que adoptaba un gesto muy alarmante que se relacionaba con el placer.

Con un ademán lento de la mano, Sam se apoderó del collar con la cabeza de flecha que descansaba sobre su pecho, todavía tibio a causa del contacto con la piel; los ojos del hombre siguieron el movimiento. Sus dedos se cerraron alrededor del adorno, y ella sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

El pánico le cerró la garganta. Deseaba decir: «Brown, ¡no!», cuando temió que fuera a besarla, y, como estaba a un paso de convertirse en su jefe, Lisa no podía permitir un precedente tan peligroso. Deseaba el empleo, pero no otras complicaciones. Además, él vivía en Ward Parkway, en el «tugurio» de la familia con la madre… y… y… oh, Dios mío, Brown, hueles tan bien… déjame…

Pero nunca llegó a conocer las intenciones de Sam Brown, porque, un momento después, él dejó caer la cabeza de flecha sobre el pecho de Lisa y se volvió antes de que un enorme estornudo brotara de su nariz.

Lisa estaba riendo antes de que un segundo estornudo afectara a Brown. Se sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, se frotó la nariz y retrocedió un metro.

– ¡Usted y su condenado Renaldo la Pizzio!

A pesar de que Sam tenía los brazos en jarras, Lisa continuaba regocijada mientras lo reprendía.

– Ah, de modo que se divirtió bastante con mis pertenencias privadas, ¿verdad?

– Podría ordenarle que se deshaga de ese perfume antes de aparecer por la oficina.

– Podría, pero no lo hará. Después de todo, en Washington escriben artículos acerca de ese género de órdenes.

Pero incluso mientras sonreía, Lisa sentía que el cuerpo se le aflojaba a causa del alivio. Si él hubiera intentado besarla, ella no sabía muy bien cuánto tiempo habría resistido.

Capítulo 5

La noche que precedió a su primer día de trabajo, Lisa durmió en ese estado semiconsciente y tenue que a menudo experimentaba antes de un día que prometía algo especial. Una especie de sueño superficial y ligero, durante el cual la excitación consiguió mantenerla tan alerta que paró el despertador antes de que su campanilla sonara dos veces. Lisa permaneció mirando el techo, teñido de rosa por el sol naciente, y dijo asombrada:

– Cuarenta mil dólares anuales, ¿qué me dicen?

Después se puso de pie, con movimientos vivaces y ágiles, mientras encendía el aparato de radio; se duchaba, se lavaba los cabellos, consagraba una desvergonzada cantidad de tiempo a peinarlo, y después se aplicaba el maquillaje. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el rimel oscureciendo sus pestañas, cuando de pronto se incorporó, miró su propia imagen reflejada en el espejo, sonrió, y dijo a la mujer que la miraba desde el cristal.

– Un naranjo… ¡tienes un naranjo junto al escritorio!

Después, la mujer del espejo la reprendió:

– Walker, eres tonta, termina de arreglarte o llegarás tarde el primer día.

Lisa lo pensó mucho antes de decidirse entre un abrigado traje pantalón de color rosa y una falda blanca con una chaqueta haciendo juego. Eligió la falda por respeto a la categoría de la oficina, y el blanco porque realzaba el color de su propia piel. La prenda complementaba la piel oscura y los cabellos negros de un modo tan sorprendente que Lisa se sintió muy complacida por su aspecto cuando terminó de vestirse. La falda recta acentuaba su estatura, y además destacaba sus caderas. Después se puso un solo brazalete blanco que armonizaba con los aros blancos de sus pendientes, y se dio por satisfecha.

Pero se alisó la falda por última vez sobre las caderas, contemplo de nuevo su imagen reflejada en el espejo, y frunció el ceño preocupada. ¿Se había vestido con tanto esmero para complacer a Sam Brown? La posibilidad era inquietante. Desvió los ojos hacia las fotografías de Jed y Matthew, colocadas sobre la cómoda. El conocido sentimiento de pérdida la agobió un momento. Después empezó a quitarse las peinetas negras que le sostenían el cabello detrás de las orejas, y las reemplazó, con una actitud desafiante, por otras que exhibían pequeñas plumas de bronce.

«¡Eres lo que eres, Lisa Walker, y más vale que no lo olvides!»

En la oficina pareció que Sam Brown apenas prestaba atención a lo que ella se había puesto. Las mangas de su camisa a cuadros ya estaban arremangadas, hasta la altura de los codos, y tenía unos planos en la mano. Aunque saludó a Lisa con mucha amabilidad y le dijo:

– Buenos días… ¿preparada para conocer a la gente? -lo cierto es que toda su atención estaba concentrada en el trabajo.

Cuando Lisa llegó, tres personas más ya estaban allí. Sam la presentó como la primera empleada permanente de la división de aguas corrientes y residuales. Raquel Robinson, encargada de la oficina, era eficiente y enérgica. Usaba un vestido amarillo pálido que impresionaba en contraste con su piel oscura, y que daba la impresión de una prenda muy moderna.

Lisa adivinó inmediatamente que Frank Schultz era la mano derecha de Sam Brown. Era el principal calculista de la sección de fontanería, y había estado trabajando con Sam en las pocas propuestas presentadas hasta aquel momento. Un irlandés de cabeza grande llamado Duke era el superintendente jefe de las cuadrillas que trabajaban en las obras; bajo sus órdenes se encontraban varios capataces cuya voz solía escucharse por la radio. Ron Chen era el contable, un chino de cuerpo menudo con gruesos anteojos y una sonrisa amable. Su segunda al mando era su propia hija Terri, de veinte años, que trabajaba solo parte de la jornada, y el resto del tiempo asistía a la Universidad de Missouri en Kansas City. Del ordenador se ocupaba una mujer mayor y robusta, llamada Nelda Huffman, que parecía más la encargada de la limpieza que la persona a cargo de los sueldos de los empleados. Como lo supo después, las fotos que estaban sobre el escritorio de Nelda eran las de sus nietos.

Cuando ya todos los empleados de Brown & Brown hubieron comenzado su jornada de trabajo, Lisa Walker se sintió como si estuviera en el anfiteatro del edificio de las Naciones Unidas. Comprendió que allí nadie prestaría atención a una pluma en sus cabellos, pese a que, en efecto, Raquel había comentado que su peinado era muy elegante.

Brown & Brown significaba un cambio muy agradable en relación con Construcciones Thorpe. Aunque Lisa no tenía su propia oficina, como en Thorpe, no le importaba. Todos los miembros del personal estaban unidos por evidentes lazos de camaradería, que compensaban la falta de intimidad. La atmósfera era tan armoniosa, la decoración de tan buen gusto, que Lisa sintió un deseo casi infantil de trabajar bien, aprender rápido y demostrar sus cualidades, para sentirse justificada por ocupar el escritorio y disfrutar del naranjo.

Cuando llegaba la pausa del café, la sala de copias se convertía en un lugar de reunión. Contenía no solo fotocopiadoras, sino también una nevera, un horno de microondas y una cafetera abastecida constantemente por Rachel, que parecía ser la alegre matrona del personal de la oficina. Al parecer, todos simpatizaban con ella.

El día comenzó con una breve sesión en la cual Sam Brown, Frank Schultz y Raquel analizaron el modo de ayudar a Lisa para que aprendiera la mejor manera de utilizar todos los recursos de la empresa. Después de que Lisa hubo cumplimentado los formularios acostumbrados, Frank le explicó los procedimientos generales de presentación de ofertas, la psicología y el margen con que trabajaban.

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