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Una Joya en su corona

Электронная книга - «Una Joya en su corona». Краткое содержание книги:

Una mujer virtuosa vale más que los rubíes
Para el príncipe Raja al-Somari sacrificar su libertad por su país no era una opción, sino un deber. Pero tuvo que utilizar ciertas tácticas mucho más placenteras para convencer a su nueva esposa… Hacía apenas unos días, Ruby Sommerton no era más que una chica corriente que iba a trabajar y cotilleaba con su compañera de piso, pero de pronto descubrió que era una princesa y que su príncipe la esperaba, impaciente, en un palacio en el desierto. La nueva esposa de Raja tenía mucho que aprender para comportarse como una noble… además de descubrir lo excitantes que eran las noches con su marido, para quien tener un heredero era una prioridad.
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Unos camareros uniformados sirvieron bebidas y algo de picar, y dos de las hermanas de Raja, Amineh y Hadeel, se acercaron a hablar con Ruby.

– Eres muy guapa -dijo con admiración Hadeel, una mujer alta de unos veinticinco años-. Y mucho más apropiada para mi hermano que tu difunta prima.

– ¿Ah, sí? -Ruby miró a su cuñada con curiosidad-. Nunca la conocí, así que no tengo ni idea.

– Bariah tenía treinta y siete años, y era viuda -dijo Amineh.

– Pero también era una buena mujer -se apresuró a decir Hadeel, temiendo que su hermana hubiera podido ofender a su prima.

Muy al contrario, Ruby estaba encantada con esa información, porque el que las hermanas de Raja estuvieran dispuestas a compartirla, significaba que querían establecer un vínculo con ella. Ruby ya sabía que Bariah era ocho años mayor que Raja y que había estado casada, porque Wajid se lo había contado y su orgullo le había impedido hacer más preguntas.

Además de a las hermanas de Raja, conoció a un gran número de familiares, adultos y niños. Todos ellos fueron encantadores con ella y para cuando él acudió a buscarla, disfrutaba relajadamente del encuentro.

– Mi padre evita los grandes grupos, así que está esperándonos en el salón contiguo para conocerte en privado.

El rey Ahmed tenía aspecto frágil y estaba en silla de ruedas. Tenía los ojos de Raja y el cabello blanco. Aunque apenas hablaba inglés, la calidez de su mirada y el afectuoso apretón de manos con el que la recibió, bastó para que Ruby se sintiera bienvenida a la familia. Pero lo que la sorprendió fue descubrir que Raja ya le había hablado de sus planes con Leyla. El anciano manifestó su apoyo y expresó su pesar por el daño causado a tantas familias durante la guerra.

– No sabía que habías hablado de Leyla -comentó Ruby cuando volvían a la fiesta después de la audiencia con el rey.

Raja rió.

– Hablamos todos los días por teléfono y no le habría gustado enterarse por otras fuentes.

– Me habría encantado conocer a mi padre -dijo ella con melancolía. Y sintió unas leves náuseas que la inquietaron porque le preocupaba que la asaltaran en público.

Raja se detuvo y la miró fijamente.

– Él se lo perdió, Ruby. Siento que sufrieras por la traumática separación de tus padres.

– No podía ser de otra manera después de lo que él le hizo.

– Por lo que a mí me habían contado, tu madre sabía que él podía tomar otras esposas -dijo Raja con calma-. Quizá no sabía en lo que se estaba metiendo.

– Es posible… -Ruby fijó sus grandes ojos marrones en los de él con expresión de desmayo-. Acabo de darme cuenta de que no te lo he preguntado, pero…

Raja rió y posó un dedo sobre sus labios.

– No hace falta que lo preguntes, habibi. Una esposa ha sido siempre suficiente para los hombres de mi familia; y la idea de tener más de una como tú me resulta cuando menos inquietante.

– ¿Inquietante? ¿Por qué? -preguntó Ruby. Pero en ese momento su estómago se rebeló y tuvo que acudir al servicio más próximo.

Desafortunadamente, en lugar de que el episodio pasara desapercibido, las hermanas de Raja la esperaron a la puerta para asegurarse de que estaba bien y para conducirla a los aposentos que pertenecían a Raja dentro de la fortaleza.

Contaba con personal propio, uno de cuyos miembros la acompañó a un dormitorio magníficamente decorado.

Ruby se descalzó y se echó sobre la cama. Le sirvieron una bebida que supuestamente contribuía a asentar el estómago, y tras tomarla y descansar un rato, se encontró mucho mejor, e incluso hambrienta.

Raja entró en la habitación con dos perros de caza pisándole los tobillos, y con Hermione, que saltó sobre la cama al tiempo que sus nuevos amigos se acercaban para presentarse a Ruby.

– ¡Qué preciosidad, Raja! -dijo ella, acariciándolos-. ¿Son tuyos?

– Sí. Parece que le caen bien a Hermione. ¿Cómo te encuentras?

– Muy bien -dijo ella con una sonrisa tímida-. De hecho, voy a levantarme y me gustaría tomar algo. Siento haberos preocupado.

– ¿Estás segura de que te encuentras lo bastante bien?

Ruby se levantó y riñó a Hermione por haber subido a la cama mientras que los sabuesos estaban echados junto a la puerta.

– Estoy bien, de verdad.

– Pediré algo de comer.

– ¿Tú tampoco has comido?

– Primero quería comprobar cómo estabas.

Ruby entró en el vestidor y descubrió los armarios y cajones llenos de ropa que desconocía.

– ¡Me has comprado todo un vestuario! -dijo, alzando la voz hacia Raja.

– Te pongas lo que te pongas, estarás preciosa -dijo él con voz ronca.

A Ruby le sorprendió el comentario. Se asomó al dormitorio con un camisón de seda transparente azul sobre el brazo, y descubrió a Raja cambiándose la túnica tradicional por unos vaqueros y una camisa. La elegancia de sus movimientos, la fuerza de sus músculos al contraerse, seguían dejándola sin aliento cada vez que lo miraba.

– Me voy a duchar -balbuceó.

El cuarto de baño era tan espectacular como el resto, y el chorro potente del agua le devolvió la energía. Por contraste, no pudo evitar preguntarse cómo había podido Raja soportar las incomodidades del palacio de Ashur, mucho más modesto, y su capacidad de adaptación sin emitir una sola queja contribuyó a que aumentara su admiración por él.

Cuando Ruby volvió al dormitorio, Raja estaba hablando por teléfono en árabe. Este alzó la cabeza y al verla con su pálido rostro enmarcado en su hermosos cabello rubio, y el camisón azul ajustado a la cintura y flotando alrededor de sus piernas, concluyó la conversación y guardó el teléfono.

La mirada que dedicó a Ruby hizo que esta se ruborizara, que se le endurecieron los pezones y que un pulsante calor se le asentara entre los muslos.

Raja cruzó la habitación sin apartar los ojos de los de ella y Ruby se quedó clavada al suelo. Sin mediar palabra, él le retiró el cabello hacia atrás y se inclinó para acariciar sus labios con la lengua, antes de abrírselos mientras le acariciaba el cuello y se apoderaba de su boca con una ferocidad que dejó a Ruby inerme.

Tomada por sorpresa por una pasión que Raja no intentó contener, Ruby echó la cabeza hacia atrás y al mirarlo a través de las pestañas se encontró con su ardiente mirada devorándola. Con un solo beso había conseguido prender una luz en su interior que irradiaba un resplandor cálido y envolvente.

– Te deseo tanto que ardo por ti -dijo él en un ronco susurro.

Ruby tembló al sentir que se humedecía y que el núcleo de su feminidad palpitaba. Estaba tan turbada que su garganta no lograba articular ningún sonido reconocible.

Pero no tenía ni la menor duda de lo que quería que sucediera a continuación. Sin que les diera una orden, sus manos se alzaron y empezaron a desabrochar la camisa de Raja. Los labios de este se extendieron en una sonrisa sensual y volvió a agacharse para besarla sensualmente.

– Voy a hacer que sea maravilloso para ti, aziz -dijo en un tono que hizo estremecer de placer anticipado a Ruby.

Las rodillas le flaquearon ante la certeza de que cumpliría su promesa. Sabía que le haría perder la cabeza y estaba deseándolo. Hipnotizada por la cruda sensualidad que desplegaba Raja, se alzó de puntillas para acariciarle el rostro y trazar la línea de sus angulosos pómulos y de sus preciosos y perfilados labios.

Él volvió a capturar su boca a la vez que escapaba de su garganta un gemido ahogado. La caricia de Ruby pareció liberar en él una pasión primaria, libre de todo autocontrol y Raja le quitó el camisón y la empujó sobre la cama antes de quitarse la camisa y echarse a su lado.

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