El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—Se encargarán de él en Tar Valon. —La mujer sentada en el taburete no apartó los ojos de su labor al hablar—. Lo importante es que la gente vea que la Luz ha vencido nuevamente a la Oscuridad. Y que se sientan partícipes de dicha victoria, Morgase.
Morgase hizo ondear la mano.
—Con todo, preferiría que nunca se hubiera aproximado a Caemlyn. Elaida, ya conozco vuestra opinión.
—Madre —protestó Elayne—, no es mi intención desobedeceros. De veras.
—¿De veras? —inquirió Morgase con irónica sorpresa, antes de echarse a reír—. Sí, tú intentas ser una hija responsable, pero siempre estás probando hasta dónde puedes llegar. Bien, yo hacía lo mismo con mi madre. Ese carácter te será útil cuando asciendas al trono, pero todavía no eres la reina, hija. Me has desobedecido al ir a contemplar a Logain. Durante el viaje hacia el norte no se te permitirá acercarte a más de cien pasos de él, ni a ti ni a Gawyn. Si no fuera consciente de la dureza del aprendizaje que realizaréis en Tar Valon, enviaría a Lini para que se ocupara de vigilaros. Ella, al menos, parece encontrarse en disposición de hacerte comportar como es debido.
Elayne inclinó tristemente la cabeza.
La mujer sentada detrás del trono parecía ocupada en contar los puntos.
—Dentro de una semana —anunció de pronto—, estaréis deseosos por regresar junto a vuestra madre. Dentro de un mes estaréis dispuestos a daros a la fuga con el Pueblo Errante. Sin embargo, mis hermanas os mantendrán alejados de los infieles. Ese tipo de experiencias no os convienen, por el momento. —Se volvió bruscamente para observar con fijeza a Elayne, con la placidez de su semblante desvanecida como por ensalmo—. Dispones de las cualidades para convertirte en la más grandiosa reina que Andor haya tenido nunca, que ningún país haya visto a lo largo de más de un siglo. Es para eso para lo que vamos a formarte, si conservas la entereza suficiente.
Rand la miró de nuevo. Aquélla debía de ser Elaida, la Aes Sedai. De improviso se alegró de no haber acudido a ella en busca de ayuda, pese a ignorar aún el Ajah al que pertenecía. Aquella Aes Sedai irradiaba una rigidez que superaba con creces la de Moraine. En ocasiones había considerado a Moraine como un ser de acero cubierto de terciopelo; con Elaida el terciopelo era sólo una ilusión.
—Basta, Elaida —la atajó Morgase, con el rostro ceñudo por la inquietud—. Ya he escuchado eso bastantes veces. La Rueda gira según sus designios. —Por un momento, guardó silencio, mirando a su hija—. Ahora debemos ocupamos del problema de este joven —señaló a Rand sin apartar los ojos de Elayne—, de cómo y por qué ha entrado aquí y de las razones que te han inducido a imponer a tu hermano su condición de huésped tuyo.
—¿Puedo hablar, madre?
Cuando Morgase asintió con la cabeza, Elayne expuso llanamente lo sucedido desde el momento en que vio cómo Rand subía por la ladera y escalaba luego el muro. Él esperaba que concluyera su exposición proclamando la inocencia de sus intenciones, pero en vez de ello, argumentó:
—Madre, con frecuencia me advertís de que debo conocer a nuestro pueblo, tanto a sus miembros más poderosos como a los de más humilde condición, pero siempre que me encuentro con alguno de ellos estoy en compañía de una docena de asistentes. ¿Cómo puedo llegar a conocer la realidad bajo tales circunstancias? Hablando con este joven ya he aprendido mucho más sobre la gente de Dos Ríos de lo que hubiera hallado en los libros. Es un detalle significativo que haya venido de tan lejos y haya adoptado el rojo cuando tantos otros forasteros llevan telas blancas únicamente por temor. Madre, os ruego que no deis mal trato a un súbdito leal, que además me ha enseñado algo acerca de los pueblos que gobernáis.
—Un leal súbdito de Dos Ríos —suspiró Morgase—. Hija mía, deberías prestar más atención a esos libros. Dos Ríos no ha visto un recaudador de impuestos durante seis generaciones, ni a un guardia de la reina en siete. Sospecho que en raras ocasiones deben de recordar que forman parte del reino. —Rand se encogió, incómodo, rememorando la sorpresa que le produjo enterarse de que Dos Ríos fuera una de las regiones integradas al reino de Andor. Al verlo, la reina sonrió pesarosamente a Elayne—. ¿Lo ves, hija?
Elaida había dejado de tejer, advirtió Rand, y lo examinaba con detenimiento. Entonces se levantó del taburete y descendió lentamente del estrado para pararse delante de él.
—¿De Dos Ríos? —dijo. Alargó una mano hacia su cabeza; él se zafó de su contacto, ante lo cual ella no insistió—. ¿Con este pelo rojizo y estos ojos grises? La gente de Dos Ríos tiene el cabello y los iris oscuros y rara vez es de estatura tan alta. —Le arremangó un trozo de manga y mostró una piel muy clara que pocas veces había sido expuesta a los rayos del sol—. Ni una piel tan blanca.
—Nací en el Campo de Emond —aseveró secamente, esforzándose por no apretar el puño—. Mi madre procedía de otras tierras, y de ella he heredado el color de mis ojos. Mi padre es Tam al’Thor, pastor y labrador, al igual que yo.
Elaida asintió parsimoniosamente, sin despegar la mirada de su semblante. Él le devolvió una mirada igual de penetrante que se contradecía con el ardor que le subía del estómago. Tuvo conciencia de que la mujer había notado la firmeza de su mirada. Con los ojos todavía clavados en los suyos, volvió a mover lentamente la mano hacia él. Decidió no resistirse aquella vez.
Fue su espada lo que tocó, cerrando las manos en tomo a la empuñadura. Sus dedos se crisparon y sus ojos se abrieron a causa de la sorpresa.
—Un pastor de Dos Ríos —susurró quedamente, pero con intención de que su voz llegara a todos los presentes— con una espada con la marca de la garza.
Aquellas últimas palabras tuvieron el mismo efecto en la sala que si hubiera anunciado al propio Oscuro. El metal y el cuero crujieron detrás de Rand, acompañados del repiqueteo de las botas sobre el mármol. Por el rabillo del ojo vio cómo Tallanvor y otro de los guardias se echaban atrás para ganar espacio, con las manos en las espadas, preparados para desenvainarlas y, a juzgar por su expresión, dispuestos también a morir. En dos veloces zancadas, Gareth Bryne se plantó en el centro de la tarima, interponiéndose entre él y la reina. Incluso Gawyn se colocó delante de Elayne, con expresión preocupada y la mano apoyada en su daga. La propia Elayne lo miró como si lo viera por vez primera. Morgase no mudó de semblante, pero sus dedos se crisparon sobre los dorados brazos del trono.
Únicamente Elaida permaneció impávida, sin dar señales de que hubiera dicho nada fuera de lo común. Apartó la mano de la espada, incrementando la tensión entre los soldados y sus ojos continuaron escrutando los de Rand, imperturbables y calculadores.
—Sin duda —reflexionó la reina—, es demasiado joven para haber ganado la espada con la marca de la garza. No supera en edad a Gawyn.
—El arma concuerda con su persona —sentenció Gareth Bryne.
—¿Cómo es ello posible? —inquirió, mirándolo con sorpresa, la reina.
—No lo sé, Morgase —repuso lentamente Bryne—. Es demasiado joven y, sin embargo, forma una unidad con la espada. Fijaos en sus ojos, en su porte, en la manera como la espada se ajusta a él y él a la espada. Es demasiado joven, pero esa arma es suya.
—¿Cómo llegó a tus manos esta espada, Rand al’Thor de Dos Ríos? —preguntó Elaida cuando el capitán general hubo guardado silencio, con un tono que parecía poner en duda tanto su identidad como su procedencia.
—Me la dio mi padre —respondió Rand—. Era suya. Pensó que necesitaría una espada al partir de viaje.
—Otro pastor de Dos Ríos con una espada con la marca de la garza. —La sonrisa esbozada por Elaida le dejó la boca pastosa—. ¿Cuándo llegaste a Caemlyn?
Ya se había cansado de decirle la verdad a aquella mujer que le hacía sentir aún más temor que un Amigo Siniestro. Era hora de volver a ocultarse.