Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El ojo del mundo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
1 ... 185 186 187 188 189 190 191 192 193 ... 267
Перейти на страницу:

Mirando anhelante la pared, Rand dio su verdadero nombre sin pensar en lo que hacía, e incluso añadió:

—De Campo de Emond, en Dos Ríos.

—Del oeste —murmuró Gawyn—. En el extremo occidental.

Rand miró cauteloso a su alrededor. La voz del joven contenía una nota de sorpresa y Rand advirtió la misma reacción en su rostro al volverse. Gawyn, no obstante, la sustituyó tan rápidamente por una sonrisa de satisfacción que casi llegó a dudar de haberla percibido.

—Tabaco y lana —dijo Gawyn—. Debo conocer los principales productos de todas las regiones del reino. De todas las naciones, a decir verdad. Ello es obligado para mi formación. Los principales productos y actividades y las características de su gente. Se dice que los habitantes de Dos Ríos son muy obstinados, que pueden ser amables si lo creen a uno merecedor de su estima, pero que si se sienten presionados no hay forma de hacerlos cambiar de parecer. Elayne debería elegir un marido procedente de esa zona. Tendrá que ser un marido con una voluntad de hierro para no dejarse dominar por ella.

Rand lo miró fijo. Elayne también tenía la vista clavada en él. Gawyn parecía conservar su calma habitual, pero estaba murmurando algo. «¿Por qué?»

—¿Qué ocurre?

Los tres se sobresaltaron ante aquella repentina pregunta y se volvieron hacia donde había sido formulada.

El hombre que se encontraba de pie allí era el más agraciado que había visto nunca Rand, demasiado bello incluso para ser un varón. Era alto y esbelto, pero sus movimientos delataban una gran fuerza, flexibilidad y determinación. De pelo y ojos oscuros, su atuendo era apenas menos lujoso que el de Gawyn, con los mismos colores rojos y blancos, como si fueran ropas ordinarias. Tenía la mano apoyada en la empuñadura de la espada y la mirada centrada en Rand.

—Apártate de él, Elayne —dijo el hombre—. Tú también, Gawyn.

Elayne dio un paso y se situó delante de Rand, entre él y el recién llegado, con la cabeza erguida, haciendo gala de su habitual entereza.

—Es un súbdito leal a nuestra madre y un buen siervo de la corona. Y está bajo mi protección, Galad.

Rand trató de recordar lo que le habían explicado maese Kinch y maese Gill. Galadedrid Damodred era el hermanastro de Elayne, de Elayne y de Gawyn, si no le fallaba la memoria; los tres eran hijos del mismo padre. A pesar de que maese Kinch no había expresado grandes simpatías por Taringail Damodred, al igual que las otras personas que le habían hablado de él, su hijo gozaba de buena reputación tanto entre los partidarios como entre los opositores de la política de la reina, si debía dar crédito a los rumores que circulaban por la ciudad.

—Conozco tu amor por los vagabundos, Elayne —dijo en tono razonable el esbelto joven—, pero este hombre va armado y no parece una persona de fiar. Si es un leal servidor de la reina, ¿qué está haciendo en un lugar donde no le corresponde estar? Es muy fácil cambiar el envoltorio de una espada, Elayne.

—Es mi huésped aquí, Galad, y yo respondo por él. ¿O acaso te he pedido que fueras mi ayo, para decidir cuándo y con quién puedo hablar?

Su voz sonó preñada de desdén, pero Galad no dio visos de acusarlo.

—Sabes bien que no pretendo controlar tus acciones, Elayne, pero este… huésped tuyo no es adecuado, y sabes perfectamente que estoy en lo cierto. Gawyn, ayúdame a convencerla. Nuestra madre…

—¡Basta! —lo atajó Elayne—. En lo que sí has acertado es en que no tienes derecho a controlar mis acciones, y tampoco lo tienes para juzgarlas. Puedes irte. ¡Ahora mismo!

Galad dirigió una pesarosa mirada a Gawyn, con la cual parecía solicitar a un tiempo ayuda y constatar la invencible testarudez de Elayne. El rostro de Elayne se ensombreció, pero, cuando iba a abrir la boca otra vez, el joven esbozó una reverencia con toda formalidad sin abandonar, no obstante, la sorprendente elasticidad de sus movimientos, dio un paso atrás y, alejándose por la pavimentada avenida, se perdió de vista tras el emparrado.

—Lo odio —susurró Elayne—. Es vil y envidioso.

—En eso exageras, Elayne —opinó Gawyn—. Galad no conoce el significado de la envidia. Me ha salvado la vida en dos ocasiones y sin que hubiera testigos. Si no lo hubiera hecho, habría ocupado junto a ti el cargo de Primer Príncipe de la Espada en mi lugar.

—Jamás, Gawyn. Elegiría a cualquier otra persona con tal de que no fuera Galad. Al más degradado mozo de caballeriza. —De improviso sonrió, mirando con sorna a su hermano—. Dices que me gusta mandar. Pues bien, te ordeno que no permitas que te ocurra nada. Y deberás obedecer mi mandato y convertirte en Primer Príncipe de la Espada cuando yo suba al trono (¡quiera la Luz que ese día quede lejos!) y mandar los ejércitos de Andor con el sentimiento de honor que Galad nunca será capaz ni de soñar.

—Como ordenéis, milady. —Gawyn soltó una carcajada, realizando una parodia de la reverencia de Galad.

—Ahora debes salir deprisa de aquí —aconsejó Elayne a Rand con expresión de preocupación.

—Galad siempre cumple con su deber —explicó Gawyn—, incluso cuando no tiene necesidad. En este caso, si uno encuentra a un extraño en los jardines, su deber es informar de ello a los guardias de palacio, lo cual sospecho que va a hacer dentro de un minuto.

—Entonces es hora de que vuelva a trepar la pared —asintió Rand. «¡Menudo día para pasar inadvertido! ¡Daría lo mismo que me hubiera colgado un cartel de anuncio a la espalda!» Se giró hacia la pared, pero Elayne le aferró el brazo.

—No lo harás después de las molestias que me he tomado en tratarte las manos. Lo único que harías sería arañarte de nuevo y luego dejar que te pusiera quién sabe qué porquería cualquier bruja harapienta. Hay una puertecilla en el otro extremo del jardín. Está tapada por la maleza y nadie recuerda su existencia.

Rand oyó de pronto un repiqueteo de botas que se aproximaban hacia ellos hollando las losas de pizarra.

—Demasiado tarde —murmuró Gawyn—. Debiera haber echado a correr no bien lo vio Galad.

Elayne masculló una imprecación y Rand cerró los ojos. Había oído proferir el mismo exabrupto al mozo de cuadra de la Bendición de la Reina, y ya en aquella ocasión lo había dejado perplejo. Segundos después ya había recobrado el aplomo.

Gawyn y Elayne parecían contentos de quedarse donde estaban, pero él no podía enfrentarse a los guardias de la reina con tanta calma. Comenzó a caminar hacia el muro una vez más, consciente de que no lo alcanzaría antes de que llegaran los guardias, pero incapaz de permanecer quieto.

No había dado tres pasos cuando una patrulla de hombres con uniformes rojos aparecieron por el sendero, reflejando los rayos del sol con sus bruñidos petos. Otros se acercaban como manchas danzantes de escarlata y acero procedentes, al parecer, de todas direcciones. Algunos llevaban las espadas desenvainadas, otros sólo aguardaban a afianzar los pies para levantar los arcos y aprestar flechas en ellos. Detrás de la malla que protegía sus rostros, todas las miradas eran unánimemente hostiles y cada una de las flechas de punta ancha apuntaba sin vacilar hacia él.

Elayne y Gawyn saltaron a la vez y se situaron entre él y los proyectiles, con los brazos extendidos para cubrirlo. Él permaneció inmóvil, con las manos alejadas de la espada.

Mientras el martilleo de las botas y el crujido de los arcos tensados flotaba todavía en el aire, uno de los soldados, con la insignia de oficial al hombro, gritó:

—¡Milady, milord, al suelo, rápido!

A pesar de tener los brazos en cruz, Elayne se irguió majestuosamente.

—¿Cómo osáis mostrar el acero desnudo en mi presencia, Tallanvor? ¡Gareth Bryne os enviará a limpiar el estiércol de los establos de la tropa más ínfima por esto, si la suerte os acompaña!

Los soldados intercambiaron miradas de estupor y algunos de los arqueros hicieron ademán de bajar las armas. Sólo entonces Elayne bajó los brazos, como si los hubiera alzado por mero antojo. Tras un instante de vacilación, Gawyn siguió su ejemplo. Rand contaba los arcos que permanecían en alto. Los músculos de su estómago se tensaron tanto que habrían podido repeler una flecha disparada a veinte pasos.

1 ... 185 186 187 188 189 190 191 192 193 ... 267
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)