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La apuesta de la novia

Электронная книга - «La apuesta de la novia». Краткое содержание книги:

Cansada de ser siempre la dama de honor, Francesca Milano se apostó con su familia que en la próxima boda sería ella la novia. Para ello empezó a tomar lecciones de seducción de Brett Swenson, su irresistible vecino, y pronto descubrió que quería entregarse a él, el único hombre al que siempre había amado. Pero Brett era un soltero empedernido, ¿querría aceptarla como esposa una vez que la hiciera su amante?
Y el premio era… ¿una boda?
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Cuando no pudo respirar, levantó la cabeza y respiró hondo.

– ¿Y bien? -dijo bruscamente-. El sexo no es lo mismo que montar en bici y volar cometas. No puedo ser dulce contigo, Francesca. No siempre. Ni aunque quisiera.

Cerró los ojos y la sangre le golpeó contra los párpados.

«Si no eres tú será otro».

Ambos respiraban fuertemente.

– Ahora o nunca, Francesca -se alejó de ella, con todo el cuerpo en tensión -. Tú decides.

Sólo pasó un segundo. Después ella se tiró contra él, le rodeó el cuello con los brazos y dijo:

– Ahora -la pasión daba un sonido distinto a su voz y la piel de Brett se erizó con esa respuesta-. Por favor, Brett, ahora.

A pesar de sus valientes palabras y el deseo que llenaba su cuerpo, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Francesca. Había esperado que Brett fuera un amante dulce y tierno, pero era duro y ardoroso, y estaba un poco asustada de no poder seguir su ritmo.

Se mordió el labio inferior y Brett se lanzó hacia ella, seduciéndola con un beso duro y caliente. Las piernas no le respondían, así que se agarró con más fuerza a él para mantenerse en pie.

– Muy bien -dijo él, con voz profunda y grave -. Agárrate a mí, cariño. Quiero sentir tu cuerpo.

Francesca tembló en respuesta, y él la besó y le chupó el cuello. Ella casi se desmayó con el suave cosquilleo de su barba recién afeitada. Antes de volver de nuevo a la boca, Brett le dijo.

– Bésame.

Pero ella no podía. No podía besarlo, ni decir su nombre, ni siquiera respirar, porque los dedos de Brett habían encontrado la cremallera del vestido y en segundos la había bajado del todo. El vestido cayó inerte a sus pies, y él dio un paso hacia atrás atrayendo a Francesca hacia sí para liberarla de la tela.

– Déjame sentirte -dijo él con voz dura.

Sus manos ardían y estaban impacientes al recorrer sus brazos desde los hombros a las muñecas. Ella todavía tenía puesto el sujetador y las braguitas, y Brett la tocaba de una forma tan íntima, tan impaciente, que su corazón volvió a acelerarse mientras intentaba tomar un poco de aire.

Él volvió a besarla, pero Francesca se retiró porque necesitaba más tiempo para respirar. El corazón seguía golpeándole el pecho y cuando él la levantó y la atrajo contra sí, empujando sus caderas contra las de él, de modo que su erección quedase colocada entre sus muslos, ella sintió escapar un sollozo.

Brett no pareció notar su pánico, giró un poco la cabeza para introducirle la lengua en la boca y ella se puso rígida, apartándole de forma instintiva.

Tampoco pareció notar eso y siguió apretando su pelvis contra la de ella y besándola en el cuello.

– Brett.

Las lágrimas empezaban a aflorar de sus ojos y un verdadero sollozo se abrió paso por su garganta.

– Brett, por favor, para.

Al instante, él separó su cadera de la de Francesca y sus manos se aflojaron y la soltaron.

– ¿Has tenido suficiente? -preguntó en voz baja.

– ¿Cómo? – ella parpadeó, confusa mientras una lágrima dejaba una marca brillante sobre su mejilla-. ¿Qué?

El se retiró aún más y ella siguió el sonido de su voz mientras Brett se dirigía al sofá del salón.

– ¿Qué si has tenido suficiente? -repitió él.

– No sé a qué te refieres -respondió ella, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.

– Demonios, Francesca -su voz sonaba muy agresiva-. Tienes que tener cuidado con lo que pides. Y con la persona a la que se lo pides.

Ella se acercó hacia él.

– ¿Quieres decir que tengo que tener miedo de ti?

– No. Sí -en la oscuridad apenas podía distinguir el gesto de Brett-. Tal vez esta sea una de esas cosas que se aprenden con la experiencia de citas adolescentes y sexo en los coches. Debes tener más cuidado cuando te ofreces así.

La vergüenza tiñó las mejillas de Francesca de rojo.

– Así que -señaló hacia la puerta-, ¿eso era para enseñarme una lección?

– ¿No era lo que querías? ¿Aprender? -dijo él, llanamente -. Y si no era de mí, sería de otro. Bueno, eso es lo que otro puede darte.

Francesca nunca había sido una llorona y no creía que ese fuera un buen momento para empezar a serlo, pero sentía un terrible escozor en los ojos.

– Me has asustado -dijo mirando a Brett acusadoramente en la oscuridad-. Me has asustado de verdad.

El silenció invadió la casa. Su voz resonó dura y fría.

– Ese era mi propósito, Francesca.

La ira sustituyó a las lágrimas y Francesca agradeció el cambio. De un paso se puso sobre el vestido caído y se lo subió de un tirón.

– Bueno, pues muchas gracias, pero no soy idiota.

Le lanzó una mirada terrible.

– Y no estoy haciendo el idiota. Una idiota hubiera acudido al primer hombre con el que se hubiera cruzado para hacer el amor. Una idiota hubiera encontrado un modo de hacerlo con dieciséis, dieciocho o veinte años si lo único que deseara fuera sexo.

Ella oyó su fuerte respiración.

– Yo soy más inteligente. Fui lo suficientemente inteligente para esperar hasta que estuviera preparada. Lo suficientemente inteligente para elegir un hombre… que me importara. Un hombre que hace que mi piel arda y que mis huesos se deshagan y con el que pensaba que podía contar para hacerme sentir bien. Para hacerlo bien.

Ella luchaba con la cremallera que parecía haberse atascado en algún punto de su espalda.

– Brett… el único que es un estúpido aquí eres tú. La cremallera no se movía. Quería golpear algo de la frustración que sentía, pero eso le hubiera llevado unos segundos preciosos y quería salir de allí. Lo único que necesitaba era ¡ponerse el vestido!

La lamparita al lado del sofá se encendió. Ella no se movió, deslumbrada por el destello, medio furiosa, medio triste y medio vestida. Tres mitades, pensó, histérica. Eso no era posible.

– Francesca.

No quería mirarlo. No quería ver c! gesto de superioridad de su cara. La cremallera subió un centímetro y se volvió a atascar.

– Francesca por favor, mírame.

– ¿Qué? -dijo ella, mirando con cara de odio hacia donde estaba él.

La luz de la lámpara coloreaba su pelo dorado y se había quitado la chaqueta y la corbata. Se había desabrochado los botones superiores de la camisa blanca y sus ojos azules capturaron su mirada y ya no la dejaron marchar.

– Lo siento -dijo él -. Lo he estropeado todo y lo siento.

Las manos de Francesca quedaron congeladas sobre la cremallera. La cara de Brett tenía una expresión que no había visto nunca.

– No sé si desearía que no hubieras crecido o si doy gracias a Dios porque lo hayas hecho -sacudió la cabeza-. Es sólo que no me aclaro.

Se levantó del sillón y se dirigió hacia ella.

– Deja que te ayude, cariño.

Con unas manos suaves y cariñosas la dio la vuelta. Ella soltó la cremallera y él la subió hasta arriba.

– Ya está -dijo él.

Ella no se volvió hacia él.

Él no se movió.

Y entonces él la tocó con los labios en el hombro. Dulcemente. Un beso como un aletear de mariposa que hizo que los pezones de Francesca se endurecieran y sintiera una húmeda calidez entre las piernas.

«¡Oh!»

Él apoyó su mejilla contra su cabeza y la atrajo hacia sí.

– ¿Me dejas? – Su voz sonaba dulce y rasposa a la vez-. ¿Me dejas volver a intentarlo?

Capítulo 8

, BRETT notaba cómo Francesca temblaba bajo sus manos. La había asustado y se odiaba por ello. Ella era preciosa, dulce y frágil, y si no conseguía restablecer su confianza en él, no se lo perdonaría nunca.

Le besó el cuello, suavemente, cerrando los ojos para sentir mejor el seductor aroma de su perfume, recordando cómo lo había probado con él aquella noche. Para bien o para mal, ella lo deseaba, y ahora lo único en lo que podía concentrarse era en asegurarse de que lo hacía mejor. Perfecto.

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