La apuesta de la novia
- Автор: Ridgway Christie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La apuesta de la novia». Краткое содержание книги:
Y el premio era… ¿una boda?
Volvió a mirarse en el espejo situado al lado de la puerta. Era tarde para cambiar de idea acerca del vestido rosa que había elegido.
¿Podría convencer a Brett para que descubriera su lado más salvaje? ¿Tendría el coraje de intentarlo?
Brett se abotonó la chaqueta del frac y después llamó con los nudillos a la puerta de Francesca. Sus labios iniciaron una sonrisa cuando la puerta empezó a abrirse, pero al llegar al final, se quedó boquiabierto.
«Maldición». Nunca había visto nada tan precioso, una mujer más tentadora.
Francesca parecía un hada con aquel vestido. Un montón de capas transparentes se superponían a un vestido ajustado que acentuaba su cuerpo escultural y dejaba ver un generoso escote que siempre le sorprendía.
Tenía el pelo recogido en un moño, menos un rizado mechón que apuntaba en dirección a sus rosados y húmedos labios.
Tragó saliva e intentó recuperar el control de sí mismo.
– Fr… -la voz le salió muy grave- Francesca – dijo finalmente, cerrando los puños para contenerse de tocarla.
– Brett -dijo ella suavemente, y su dulce sonrisa le supuso una tortura.
Volvió a apretar los puños. Entonces se acordó: no necesitaba contenerse. Aquella noche tenía que demostrarle cómo hacía que se sintiera. Como podía hacer que se sintiera cualquier hombre, se recordó a sí mismo.
Alargó la mano hacia ella. La mano de Francesca era cálida y blanda, y el ramillete de su muñeca hacía que oliera a rosas. Le colocó la palma de la mano sobre su cara.
– No puedo creerlo.
– ¿Creer qué?
Que hubiera crecido, que estuviera allí con él. Que pudiera pasar toda la noche sin ir demasiado lejos. Que pudiera dejarla escapar.
Sacudió la cabeza para quitarse de encima estos pensamientos.
– La limusina está esperando.
Sus ojos se abrieron como platos.
– ¡No!
El se rió, encantado.
– Claro que sí. ¿No habías dicho que te gustaría montar en una?
Ella cerró la puerta tras ella, después se paró y le miró con cara de duda.
– No vas a llevarme al baile de fin de curso, ¿verdad? Porque si es así tendré que volver a entrar para recoger mi corona.
Él volvió a reírse.
– No, eso sólo era un símbolo. Pensaba ir a cenar y a bailar, y tal vez dar una vuelta en la limusina más tarde.
Ella suspiró dramáticamente.
– Una limusina -se puso de puntillas y lo besó en la mejilla-. Es perfecto.
Aquel breve beso atravesó su torrente sanguíneo como un trago de whisky. Cerró los ojos. Si mirarla le dejaba sin aliento, si ese suave beso hacía que su sangre se incendiara así, ¿cómo iba a poder aguantar toda la noche?
Capítulo 7
BRETT aguantó toda la noche con sorprendente facilidad. Lo achacó a que a Francesca, a diferencia de él, parecía no afectarle lo más mínimo lo que pasara entre ellos, fascinada como estaba por los accesorios de la limusina y por su conductor.
Probó todos los canales de televisión, varias emisoras de radio, picoteó unos aperitivos y se negó a tomar una copa de champán helado. Tras unos minutos, bajó la mampara que les separaba del conductor y durante el resto del viaje no paró de hacer preguntas al viejo conductor acerca de a quién había llevado en la limusina, cuánto tiempo llevaba conduciendo, si alguna vez se había perdido…
Brett intentaba no sentirse abandonado. Después de todo, esa noche era para ella, y parecía que se lo estaba pasando bien, a pesar de estar un poco nerviosa. Durante toda la cena no paró de hablar y de contarle historias de lo más raras acerca de sus inquilinos. La limusina debió impresionarla mucho, porque después de cenar quiso dar un paseo en ella en lugar de buscar un sitio al que ir a bailar.
Divertido, Brett aceptó. En parte porque podía intuir los problemas, y aunque había planeado mostrarle el deseo que sentía hacia ella, también le preocupaba llevarlo demasiado lejos. Por ahora, ella lo trataba como a uno más de los hermanos de los que tanto se quejaba.
Ella evitaba tocarlo y todo tipo de conversación personal. Una vez de vuelta en la limusina, se apartó a la esquina del asiento. Ahora le tocaba a Brett bajar las luces y subir la mampara para tener privacidad.
Él sirvió el champán sin preguntar. La limusina avanzó suavemente mientras él se deslizaba sobre el asiento para acercárselo.
Justo en el momento en que ella se inclinó para tomar la copa, la limusina hizo un giro algo brusco y ella se vio impulsada hacia él.
Ella no tuvo tiempo para sujetarse. Él no tuvo tiempo de evitar que el champán cayese al suelo enmoquetado de la limusina. Ella no tuvo tiempo para evitar caer en su regazo y tampoco lo tuvo para detener la reacción de deseo que lo invadió al ver a Francesca tumbada sobre él.
Se quedó mirando sus oscuros y misteriosos ojos y vio también sus pechos subir y bajar a causa de la acelerada respiración. Y como si hubieran accionado un interruptor, una chispa de alto voltaje sexual llenó el interior de la limusina.
Nerviosísima, Francesca había estado toda la noche parloteando y engullendo comida, todo porque no sabía cómo demostrar a Brett que lo deseaba. Quería estar con él.
Tenía que darle las gracias al conductor por ese giro rápido. Tras pensar en darle una buena propina, se dejó acunar por el calor de los brazos de Brett.
Con el corazón acelerado, intentó sonreír.
– Hola
Había fuego azul en sus ojos.
– Por fin te has dado cuenta de que estoy aquí.
– Sí -respondió ella, que no tenía muy claro qué responder, después de haber estado toda la noche pendiente de todos sus movimientos.
Él la apretó más contra su pecho. – ¿Estás cómoda? -preguntó él. Ella tragó saliva. «No». Estaba muy nerviosa y sentía que le ardía todo el cuerpo.
Con un dedo, él trazó el arco de sus cejas.
– Eres preciosa -dijo él, y en su voz había un algo nuevo, oscuro y excitante -. Quiero besarte.
– ¡Oh! -dijo ella rápidamente, con voz temblorosa por los nervios.
«¡Oh!» Tenía ganas de abofetearse. ¿Qué respuesta era esa?
– ¿Qué te parece?
«Di que sí, por favor, tómame». Pero su boca parecía pensar por sí misma.
– Nunca lo he hecho en un coche -dijo ella en su lugar, temblorosa y llena de ansiedad de nuevo.
– ¿No? -una de sus cejas se levantó y él pareció calmarse, enfriarse y casi divertirse -. Está muy sobrevalorado.
– ¿Habla la voz de la experiencia?
Él sonrió.
– He sido adolescente, ¿recuerdas?
Ella hizo una mueca
– No olvides que yo también.
La sonrisa de Brett desapareció y la apretó más contra su cuerpo.
– Francesca, deseo…
El corazón de ella se aceleraba ante el paso inminente al siguiente escalón.
– ¿Qué deseas? Pero él no contestó.
– ¿Qué ocurrió? ¿Por qué no lo hiciste nunca en un coche?
Ella se encogió de hombros y él la abrazó aún más Brett la levantó y la sentó sobre su regazo.
– Me odio por esto -dijo él -, pero me alegro de que no lo hayas hecho.
El comentario protector no la afectó. Por una vez no le importaba haberse perdido algo, sobre todo si estaba allí Brett para rectificar la situación.
– ¿Brett?
– ¿Mmm? -él la miraba a los ojos.
– ¿No habías dicho que deseabas besarme?
Él gimió.
– No me gusta como suena eso… -dijo ella.
– ¿No es suficiente para ti el saber que lo deseo? «No». Nunca tendría suficiente de él. -Francesca, no me mires así… -dijo él, y en su cara se reflejaba verdadero terror.
El corazón de Francesca se detuvo. Se pasó la lengua por los labios y dijo:
– Es por Patricia, ¿verdad? -preguntó llena de dudas.