Una Familia Prestada
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Familia Prestada». Краткое содержание книги:
A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?
– Pues alguien lo hizo.
– Nosotros no -dijo tajante-. Además no tenemos ninguna propiedad en la calle que ha mencionado. Ojalá las tuviéramos.
– Entonces, será mejor que le pida a Sarah algún tipo de explicaciones.
– Sarah ya no trabaja aquí. Solo estuvo un tiempo para obtener algún dinero que le permitiera hacer un viaje por Europa con su mochila. ¡Vaya gustos! -tomó el contrato de las manos de Patrick, y se puso a mirarlo. Cuando terminó de leerlo, la sonrisa se desvaneció de su rostro, y murmuró una palabra muy poco profesional.
Jessica decidió comportarse como una mujer adulta.
No le gustaba demasiado la carne, pero no era vegetariana.
Era verdad que a los quince años había decidido hacerse vegetariana, pero cambió de idea cuando el chico que le gustaba la invitó a una barbacoa.
No era propio de ella comportarse de aquella manera, así que compensaría a Patrick pidiendo que le trajeran a casa comida de su restaurante italiano favorito. Estaba segura que sería un buen modo de firmar las paces.
Acababa de llamar por teléfono al restaurante, pidiendo que le trajeran la comida para las siete y media, cuando oyó cómo se abría la puerta, y sintió una ráfaga de aire frío en la espalda.
– ¡Pues sí que has sido rápido! -dijo con una sonrisa.
Pero al volverse, se dio cuenta de que no era Patrick, sino Grady, quien la miraba desde la puerta con ojos de querer jugar.
Aquello era malo.
Pero lo que se avecinaba iba a ser peor.
Mao, que se estaba terminando su comida, miró hacia la puerta, y se estremeció.
Por un momento no sucedió nada.
Después, Grady meneó su cabeza peluda, y se acercó a oler al gato con curiosidad.
– Pobre Jessie -murmuró Patrick, mientras conducía camino de casa-, se ha aferrado a su contrato como si fuera su tabla de salvación, y no vale ni el papel en que está escrito.
Una de las amigas de Carenza se había limitado a hacer una copia del documento estándar, pero carecía de legalidad. Estaba seguro de que Jessie no lo sabía, y se daba cuenta de que se encontraba en desventaja respecto a él. Lo más decente sería olvidarse de la chuleta, y comprar en un restaurante comida para dos. Así nadie tendría que cocinar. Después de todo, ambos habían tenido un día muy duro.
Si era vegetariana, lo mejor sería decantarse por la comida china o india. Con un poco de buena voluntad y un buen vino, solucionarían el problema. Pero bajo sus condiciones. Le dejaría la habitación pequeña y el estudio.
Sonrió mientras entraba en el garaje. Había llamado por teléfono al restaurante más cercano desde su móvil, y pedido comida para dos. Cuando cruzaba el jardín, con las bolsas de la compra, se dio cuenta de que la puerta de la cocina estaba abierta, y no se veía a Grady por ningún sitio.
Dejó caer las bolsas de la compra, sin preocuparse de que se le rompieran los huevos, como tampoco tuvo tiempo de preocuparse de que su valiosa vajilla antigua de porcelana, que antes había estado en un aparador de la cocina, estuviera ahora hecha pedazos por los suelos. De repente, no fue preocupación, sino miedo lo que sintió al ver las sillas caídas y las manchas de sangre en el suelo de la cocina.
– ¡Jessie! -gritó-. ¿Dónde estás?
El vestíbulo estaba hecho una pena. Los cuadros estaban ladeados; la mesa dada la vuelta; el teléfono arrancado de la pared y roto. Una planta enorme yacía moribunda en el suelo, y en la tierra que había por todas partes, procedente del tiesto, se veían huellas de patas grandes y pequeñas. No hacía falta traer a un forense para descifrar las pruebas.
– ¡Jessie! -volvió a gritar, y se dirigió al salón, esperando encontrársela allí, encogida de miedo, pero casi se le paró el corazón al ver que estaba intacto, y vacío-. ¡Jessie! -el miedo se le empezaba a notar en la voz-. ¡Jessie, contéstame! ¿Dónde diablos te has metido?
El caos continuaba por toda la escalera, y subió los peldaños de tres en tres hasta pararse al llegar al dormitorio principal. Grady estaba subido encima de la cama, enseñando los dientes, y con la nariz ensangrentada, a causa de su pelea con el gato.
– ¡Túmbate, Grady! -el perro cayó como una piedra sobre la cama con la cabeza baja, mientras se oía al gato maullar burlón detrás de las cortinas, sintiéndose ya a salvo. Patrick abrió la puerta del baño, pero no vio a nadie. Aquello era una pesadilla. No la debía haber dejado sola. Sujetando firmemente a Grady por el collar, se dispuso a bajar las escaleras, abriendo a su paso todas las puertas que encontraba. Se detuvo en el vestíbulo, pensando que tal vez Jessie hubiera salido corriendo de la casa por la puerta principal cuando, de repente, oyó que alguien pronunciaba su nombre con voz ahogada, y daba golpes. Escuchó atentamente, y se dio cuenta de que los sonidos procedían del armario para guardar los cepillos de limpieza que había debajo de la escalera. Abrió la puerta, y Jessie en posición fetal, con Bertie apretado contra su pecho, salió del armario seguida de un montón de escobas.
– Creí que no ibas a venir nunca -se lamentó. -¿No me oíste gritar?
El alivio que sintió al ver que no les había pasado nada a ninguno de los dos, se transformó de repente en enfado.
– ¡Oírte! ¿Acaso crees que me hubiera pasado cinco minutos llamándote, e imaginando lo peor, si te hubiera oído?
– Pues grité con todas mis fuerzas -Jessie se limpió la pelusa que tenía en la cara, y estornudó. Después, mirando nerviosa a Grady, preguntó-: ¿Qué ha pasado?
– Es como si hubiera pasado una manada de elefantes -le dijo, señalando los destrozos del vestíbulo. Después sacó a Grady al jardín, y cerró la puerta-. Espero que se te ocurra alguna explicación convincente para la aseguradora.
Jessie no podía dar crédito a lo que acababa de oír. Se quedó mirándolo con incredulidad.
– ¿Eso es lo único que te preocupa? ¿Unas cuantas plantas? ¿El desorden que se ha organizado? Te puedo asegurar que tendré algo convincente que decirle a tu compañía de seguros -la voz se le quebró en un sollozo-. A la mierda tu compañía de seguros -le dijo, mientras estrechaba a Bertie, y le daba besos en la cabeza-, y tus platos. ¿Qué habría hecho yo si le hubiera sucedido algo a Bertie?
– No sigas… -le dijo tendiendo la mano, pero sin tocarla. Sabía que si lo hacía, se disiparían sus últimas defensas, y traicionaría sus queridos recuerdos-… por favor, no…
– Si le hubiera sucedido algo a Bertie por haber sido demasiado estúpida, por haber tenido demasiado miedo… -una lágrima descendió por sus mejillas, y después otra.
– Pero no ha sucedido nada -Patrick ya no pudo contenerse más, se arrodilló a su lado y la abrazó. Los abrazó a los dos-. No ha sucedido nada, ni sucederá. No ha sido nada -besó la cabeza de Bertie-. Solo un poco de polvo.
Jessie levantó la mirada. Las lágrimas habían dejado cercos en sus mejillas polvorientas.
– Lo siento -se disculpó.
– No, el que lo siento soy yo. No quería gritarte, pero estaba tan asustado… No te lo puedes ni imaginar -se estremeció-. No debería haberte dejado sola, sabiendo el miedo que te dan los perros. Lo… lo siento, Jessie. Por favor, no llores.
Jessie se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y lo miró.
– Tú también estás llorando -le rozó la mejilla con la mano, cómo para cerciorarse de que estaba húmeda-. Patrick, estás temblando -de repente, era ella la que estaba tranquilizándolo a él, abrazada a su cuello, mejilla contra mejilla-. Estamos bien, ¿ves? No nos ha sucedido nada. Tienes razón, si no me hubiera quedado clavada al suelo como una idiota, no habría pasado nada de esto. En realidad no ha sido culpa de Grady, sino mía -lo besó en la mejilla, y le supo salada-. Mira -le dijo, obligándolo a mirarla, para que viera que era verdad.
Cuando la miró, Jessie rozó los labios de Patrick con los suyos. Por un momento se quedaron muy quietos, casi sin respirar. Después, él los abrió, y la besó como si quisiera absorber todo el oxígeno de su cuerpo.