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Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:

El Palacio de la Medianoche. Ambientada en la Calcuta de los a?os treinta, El Palacio de la Medianoche comienza una noche oscura en la que un teniente ingl?s lucha por salvar las vidas de dos ni?os de una amenaza impensable. A pesar de las insoportables lluvias del monz?n y el terror que lo asedia en cada esquina, el joven brit?nico logra ponerlos a salvo, pero no sin perder su propia vida… A?os m?s tarde, cuando los dos ni?os, Ben y Sheere, est?n en v?spera de celebrar su decimosexto cumplea?os, la amenaza reaparece en sus vidas y esta vez no los dejar? escapar tan f?cilmente. Con la ayuda de sus valientes amigos, los dos hermanos deber?n desafiar el terror que los acecha en las sombras de la noche y enfrentarse al enigma m?s aterrador de la historia de la ciudad de los palacios.
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Su salud, lamentablemente, era frágil y me dejó pronto, al año de nacer nuestra única hija, Kylian. Tuve que criarla yo sola y tratar de enseñarle todo aquello que su padre hubiera querido que aprendiese. Kylian fue la luz que iluminó mi vida después de la muerte de tu abuelo. De él heredó su naturaleza bondadosa y su instinto para ver a través del corazón de los demás. Pero, donde su padre reunía torpeza y timidez, ella rezumaba luminosidad y elegancia. Su belleza empezaba en sus gestos, en su voz, en sus movi-mientos. De niña, sus palabras embrujaban a los visitantes y a las gentes de la calle con la magia de un encantamiento. Recuerdo que, al contemplarla coquetear con los comer-ciantes de los bazares con apenas diez años, solía imaginar que aquella niña era como el cisne salido de las aguas de la memoria de mi hombre, un pato feo y torpe. Su espíritu vivía en ella, en sus gestos más insignificantes y en el modo en que, a veces, en silencio, se detenía a observar a las gentes desde el porche de esta casa y me miraba, toda ella serie-dad, para preguntarme por qué había tantas personas desgraciadas en el mundo.

Pronto todas las gentes de la ciudad negra empezaron a referirse a ella empleando el apodo con que un fotógrafo de Bombay la bautizó: la princesa de luz. Y, para tal princesa, no tardaron en aparecer de hasta debajo de las piedras los candidatos a príncipe. Fueron tiempos maravillosos, en que ella compartía conmigo las ridículas confidencias que sus engalanados pretendientes le hacían, los horripilantes poemas que le escribían y toda una galería de anécdotas que, de haberse prolongado, nos hubiera llevado a creer que todos los jóvenes de esta ciudad no eran más que unos pobres cretinos. Pero, como siempre, a-pareció en la escena alguien que habría de cambiarlo todo: tu padre, el hombre más inteligente y más extraño de cuantos he conocido en esta vida.

En aquella época, como hoy, la inmensa mayoría de los matrimonios que se celebraban, se acordaban entre las familias como un simple acuerdo comercial, donde la voluntad de los futuros esposos no tenía valor alguno. La mayoría de las tradiciones no son más que las enfermedades de una sociedad. Durante toda mi vida, me había jurado a mí misma que el día en que Kylian se casara lo haría con la persona que ella hubiese elegi-do libremente.

Cuando tu padre llegó a esta puerta, encarnaba todo lo contrario a las docenas de moscones pavoneantes que rondaban a tu madre sin cesar. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras eran afiladas como un cuchillo y no invitaban a la réplica. Era amable y, cuando lo deseaba, poseedor de un extraño encanto que seducía lenta pero inexorable-mente. Con todo, tu padre mantenía siempre un trato distante y frío con casi todos. Excep-to con tu madre. En su compañía, se transformaba en otra persona, vulnerable y casi in-fantil. Nunca llegué a saber cuál de los dos era él en realidad y supongo que tu madre se llevó ese secreto a la tumba.

Tu padre, en las pocas ocasiones en que se dignaba hablar conmigo, daba pocas explicaciones. Cuando por fin se decidió a solicitar mi consentimiento para contraer matrimonio con tu madre, le pregunté cómo pensaba mantenerla y cuál era su posición. Mis años al borde de la pobreza con tu abuelo me habían enseñado a proteger a mi hija de una experiencia como aquélla y me habían llevado al convencimiento de que no hay nada como un estómago vacío para desenmascarar el mito del efecto ennoblecedor del hambre de espíritu.

Tu padre me miró guardando para sí sus verdaderos pensamientos, como hacía siempre, y respondió que su profesión era la de ingeniero y escritor. Dijo que estaba inten-tando conseguir una plaza en una compañía británica de construcción y que un editor de Delhi le había adelantado una suma por un manuscrito que él le había entregado. Todo aquello, desbrozado de la literatura con que tu padre aderezaba sus discursos cuando le convenía, me olía a miseria y privaciones. Así se lo expuse. Sonrió y, tomando dulcemente mi mano entre las suyas, me murmuró unas palabras que no olvidaré jamás: “Madre, ésta es la primera y la última vez que se lo diré. Mi futuro y el de su hija están ahora en nues-tras manos, como lo está el sacarla adelante y el labrarme mi camino en la vida. Nadie, vivo o muerto, va a poder nunca interferir en ello. Duerma tranquila a ese respecto y confíe en el amor que profeso a su hija. Pero si las preocupaciones no la dejan conciliar el sueño, guárdese de manchar con una sola palabra, gesto o acción el vínculo que, con o sin su consentimiento, nos unirá a ella y a mí para siempre, porque faltarán años en la eterni-dad para que se arrepienta de ello.”

Tres meses después se casaron y jamás volví a hablar a solas con tu padre. El futuro le dio a él la razón y pronto fue haciéndose un nombre como ingeniero, sin abandonar su pasión por la literatura. Se trasladaron a una casa no muy alejada de aquí, que ya fue derribada hace años, mientras él diseñaba lo que había de ser su hogar de ensueño, un verdadero palacio que concibió milímetro a milímetro para retirarse a él con tu madre. Nadie imaginaba entonces lo que se avecinaba.

Nunca llegué a conocerle en realidad. Él nunca me dio esa oportunidad, ni pareció sentir ningún interés en abrir sus puertas a nadie que no fuera tu madre. A mí su persona-lidad me intimidaba y en su presencia me sentía incapaz de abordarle o intentar congra-ciarme con él. Era imposible saber lo que pensaba. Solía leer sus libros, que tu madre me traía cuando acudía a visitarme, y los estudiaba con detalle tratando de encontrar en ellos las claves ocultas para internarme en el laberinto de su mente.

Nunca conseguí penetrar en él.

Tu padre fue un hombre misterioso que jamás hablaba de su familia o de su pasado. Tal vez por eso nunca fui capaz de intuir la amenaza que se cernía sobre él y sobre mi hija, una amenaza nacida de ese pasado oscuro e insondable. Nunca me dio la oportunidad de ayudarle y, en la hora de la desgracia, estuvo tan solo como lo había estado durante toda su vida, en su fortaleza de soledad libremente elegida, cuyas llaves sólo sostuvo en sus manos una persona durante los años que compartió con éclass="underline" Kylian.

Pero tu padre, como todos nosotros, tenía un pasado y desde él emergió la figura que iba a traer la oscuridad y la tragedia a nuestra familia.

Cuando tu padre era joven y recorría hambriento las calles de Calcuta soñando con números y fórmulas matemáticas, conoció a otro muchacho, un chico de su misma edad, huérfano y solo. Por aquel entonces tu padre vivía en la pobreza y, como tantísimos niños de esta ciudad, cayó víctima de las fiebres que cada año segaban miles de vidas. Durante la época de las lluvias, el monzón descargaba con fuerza sus tormentas en la península de Bengala y todo el delta del Ganges experimentaba una crecida que inundaba el país. Cada año, el lago de sal que aún se encuentra al Este de la ciudad se desbordaba; al pasar las lluvias, los cadáveres de los peces muertos expuestos al sol, tras bajar de nuevo las aguas, producían una nube de vapores envenenados que, arrastrados por los vientos de las montañas del Norte, arrasaban la ciudad y sembraban la enfermedad y la muerte como una plaga infernal.

Aquel año tu padre fue víctima de los aires de muerte y habría estado a punto de perecer, de no haber sido por un compañero, Jawahal, que cuidó de él durante veinte días en una barraca de adobe y maderos quemados al borde del Hooghly. Tu padre, al recupe-rarse, juró que siempre protegería a Jawahal y que compartiría con él todo lo que el futuro le deparase, porque ahora su vida también le pertenecía. Fue un juramento de niños. Un pacto de sangre y honor. Pero había algo que tu padre no sabía: Jawahal, aquel ángel salvador de apenas once años, llevaba en las venas una enfermedad mucho más terrible que la que había estado a punto de acabar con él. Una enfermedad que empezaría a mani-festarse mucho después, primero de un modo casi imperceptible, más tarde con la fatali-dad de una condena: la locura.

Años más tarde, tu padre supo que la madre de Jawahal se había prendido en llamas frente a los ojos de su hijo en un sacrificio a la diosa Kali y que la madre de su madre había acabado sus días en una celda miserable de un manicomio de Bombay. No eran más que eslabones en una larga cadena de sucesos que convertían la historia de aquella familia en un sendero de horror y desgracia. Pero tu padre era un hombre fuerte, incluso de muchacho, y asumió la responsabilidad de proteger a su amigo fuera cual fuera su terrible herencia.

Todo fue sencillo hasta que, al cumplir los dieciocho años, Jawahal asesinó a sangre fría a un rico comerciante en el bazar porque se había negado a venderle un medallón que deseaba adquirir, aludiendo a su aspecto y dudando de su solvencia. Tu padre le ocultó en su casa durante meses y puso en peligro su vida y su futuro al protegerle de la justicia que le buscaba por toda la ciudad. Lo consiguió, pero aquél sólo había sido el primer paso. Un año después, en la noche del año nuevo hindú, Jawahal incendió una casa donde vi-vían una docena de ancianas y se sentó en la calle a ver las llamas hasta que las vigas cayeron convertidas en brasas. Esta vez ni las artes de tu padre pudieron salvarle de la justicia.

Hubo un juicio, largo y terrible, donde Jawahal fue condenado por sus crímenes a cadena perpetua. Tu padre hizo cuanto pudo por ayudarle, gastó sus ahorros en pagarle abogados, enviarle ropa limpia a la cárcel donde le tenían preso y sobornar a sus guardianes para que no le atormentasen. El único agradecimiento que recibió de Jawahal fueron palabras de odio. Le acusó de haberle delatado, abandonado, y de haber querido deshacerse de él. Le recriminó el haber roto el juramento que ambos habían hecho años atrás y juró venganza porque, como le gritó airadamente desde el estrado cuando se leyó su sentencia condenatoria, la mitad de su vida le pertenecía.

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