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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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«¿En qué crees realmente?», solía preguntar y con un dedo largo y nervioso tironeaba de sus collares de cuentas. «Me gustaría saber dónde está el alma, dónde se encuentra el avatar de tus convicciones.» Yo me encogía de hombros y replicaba: «¿Por qué tiene que haber alma? Me interesa lo que funciona, no cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler o una vela de qué color hay que encender para realizar un hechizo amoroso». A decir verdad, ya había descubierto que en el terreno de la seducción las velas de colores están descaradamente sobrevaloradas si se las compara con el sexo oral.

Mi madre suspiraba dulcemente y murmuraba algo acerca de que debía seguir mi propio camino. Lo busqué y desde entonces lo he seguido. Me ha conducido a lugares interesantes, como este, si bien nunca he encontrado pruebas que apunten a que no soy única.

Quizá no las he encontrado hasta ahora.

Yanne Charbonneau… Suena demasiado bien para ser totalmente plausible. Hay algo en sus colores, algo que apunta al engaño, aunque sospecho que ha encontrado modos de ocultarse, por lo que solo consigo entrever la verdad cuando baja la guardia.

A mamá no le gusta que seamos distintas.

¡Qué interesante!

¿Cómo se llamaba el pueblo? ¿Lansquenet? Me digo que tengo que buscarlo. Tal vez allí encuentre una clave, un antiguo escándalo, la huella de una madre y una hija que podría arrojar luz sobre esta misteriosa pareja.

Busqué sitios de internet con el portátil y solo encontré dos referencias a esa localidad: webs dedicadas al folclore y las fiestas del sudoeste, en las que el nombre de Lansquenet-sous-Tannes se relaciona con un popular festival de Pascua que se celebró por primera vez hace poco más de cuatro años.

Un festival del chocolate…, lo cual no resulta sorprendente.

Ahí quería llegar yo. ¿Se hartó de la vida pueblerina? ¿Se ganó enemigos? ¿Por qué se fue?

Esta mañana la chocolatería estaba desierta. La observé desde Le P'tit Pinson y hasta las doce y media no entró nadie. Pese a ser viernes no fue nadie: ni el obeso que jamás se calla, ni un vecino, ni un turista de paso.

¿Qué falla en el establecimiento? Debería estar rebosante de clientes, pero resulta casi invisible escondido como está en la esquina de la plaza encalada. Seguramente eso no es bueno. No hace falta demasiado para alegrarlo un poco, para mejorarlo y hacerlo brillar como el otro día. Sin embargo, esa mujer no hace nada. Me pregunto por qué. Mi madre dedicó toda su vida, inútilmente, a tratar de ser especial… ¿Por qué Yanne hace tanto esfuerzo por fingir lo contrario?

6

Viernes, 9 de noviembre

Thierry se presentó alrededor de las doce. Lo esperaba tras pasar la noche insomne y preocupada por cómo abordaría nuestro próximo encuentro. Ojalá nunca hubiese echado las cartas, pues salieron la Muerte, los Enamorados, la Torre y la Rueda de la Fortuna; ahora se parecen al destino, como si este fuera inevitable y los días y los meses de mi vida estuvieran en fila, cual una sucesión de fichas de dominó a punto de caer.

Claro que es absurdo. No creo en el destino. Estoy convencida de que podemos elegir, aplacar al viento, engañar al Hombre Negro e incluso apaciguar a las Benévolas.

Me pregunto a qué precio… Es lo que me mantiene despierta por la noche y lo que me llevó a tensarme interiormente cuando las campanillas emitieron su advertencia y Thierry entró con esa expresión terca que a veces adopta y que alude a cuestiones sin resolver.

Intenté ganar tiempo. Le ofrecí chocolate caliente, que aceptó sin demasiado entusiasmo porque prefiere el café, aunque a mí rae permitió estar ocupada. Rosette jugaba en el suelo y Thierry la observó: la niña formó filas de botones que sacó del costurero y trazó dibujos concéntricos en el suelo de terracota.

Cualquier otro día, Thierry habría hecho un comentario, quizá una observación sobre la higiene, o le habría preocupado que Rosette se atragantase con los botones. Hoy no dijo nada, señal de peligro que intenté pasar por alto mientras me disponía a preparar el chocolate.

Vertí la leche del cazo sobre el chocolate cobertura, el azúcar, la nuez moscada y la guindilla. Deposité a un lado un macarrón de coco. Fue reconfortante, como todos los rituales; detalles transmitidos de mi madre a mí, a Anouk y puede que también a su hija algún día de un futuro demasiado lejano como para imaginarlo.

– Está delicioso -declaró Thierry, deseoso de complacerme, y cogió la taza pequeña con manos más adecuadas para levantar paredes.

Bebí mi chocolate; me supo a otoño, a humo dulzón, a hogueras, templos, duelos y sufrimiento. Llegué a la conclusión de que tendría que haber añadido una pizca de vainilla. De vainilla, como el helado…, como en la infancia.

– Está un poco amargo -añadió Thierry, y se sirvió un terrón de azúcar-. ¿Qué te parece…, que te parece si te tomas la tarde libre? Daremos un paseo por Champs-Elysées, tomaremos café, comeremos, iremos de compras…

– Thierry, te lo agradezco infinitamente, pero no puedo cerrar toda la tarde.

– ¿Por qué? No hay actividad.

Logré contener a tiempo la réplica brusca.

– No has terminado el chocolate.

– Y tú, Yanne, no has respondido mi pregunta. -Desvió la mirada hacia mi mano-. Veo que no llevas puesto el anillo. ¿Eso significa que la respuesta es no?

Reí sin proponérmelo. Aunque Thierry no sabe a qué se debe, a menudo su franqueza me causa gracia.

– Me has sorprendido, eso es todo.

Me contempló por encima de la taza de chocolate. Estaba ojeroso, como si no hubiera dormido, y a los lados de la boca presentaba arrugas en las que hasta entonces yo no había reparado. Fue una muestra de vulnerabilidad que me perturbó y sobresaltó; había dedicado tanto tiempo a convencerme de que no lo necesitaba que no se me pasó por la cabeza la posibilidad de que él me necesitase a mí.

– Está bien. ¿Puedes dedicarme una hora?

– Solo tardaré un minuto en cambiarme.

A Thierry se le iluminó la mirada en el acto.

– ¡Esa es mi chica! Sabía que dirías que sí.

Thierry volvía a estar en forma y el fugaz momento de incertidumbre quedó superado. Se incorporó y se metió el macarrón en la boca. Reparé en que no había terminado el chocolate. Thierry sonrió a Rosette, que seguía jugando en el suelo, y acotó:

– Bueno, bueno, jeune filie, ¿qué te parece? También podemos ir al Luxembourg a jugar con los barcos en el lago…

Rosette levantó la cabeza con la mirada encendida. Adora esos barcos y al hombre que los alquila; si pudiera, pasaría allí todo el verano…

A ver barcos, expresó por signos con gran entusiasmo.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Thierry frunciendo el ceño.

Lo miré y sonreí.

– Dice que el plan es muy bueno.

Sentí un repentino afecto por Thierry, por su entusiasmo y su buena voluntad. Sé que le cuesta asimilar a Rosette, la de los extraños silencios y la negativa a sonreír, y agradecí sus esfuerzos.

Subí, me quité el delantal manchado con chocolate y me puse el vestido de franela roja. Se trata de un color que hace años que no uso, pero necesitaba algo para contrarrestar el frío viento de noviembre y, además, pensé que llevaría el abrigo. Puse a Rosette el anorak y los guantes, pese a que los detesta, y cogimos el metro hasta el Luxembourg.

Es muy curioso seguir siendo turista en la ciudad que me vio nacer. Thierry cree que soy forastera y le da tanta alegría mostrarme su mundo que no quiero decepcionarlo. Los jardines están preciosos, animados y salpicados de luz solar bajo el caleidoscopio de las hojas otoñales. Rosette adora las hojas secas, las patea y forma grandes y exuberantes arcos de color. También le encanta el pequeño lago y contempla con solemne alegría los botes de juguete.

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