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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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A pesar de todo, por primera vez en años escoge lo que se pone: rechaza una corbata por demasiado llamativa o ancha, sopesa los méritos de sus trajes y evalúa la conveniencia de ese viejo frasco de agua de colonia, que usó por última vez para una boda, que con el paso del tiempo se ha avinagrado y deja manchas marrones en su camisa blanca…

En condiciones normales alentaría esa situación, adularía al viejo con la esperanza de obtener ganancias fáciles como una tarjeta de crédito, un fajo de billetes o, tal vez, una caja de caudales oculta en un rincón, cuyo robo Laurent jamás denunciaría.

He dicho que lo haría en condiciones normales, pero los hombres como Laurent son fáciles de encontrar, mientras que las mujeres como Yanne…

Años atrás, cuando era otra, fui al cine a ver una película de la antigua Roma. En muchos aspectos fue una cinta decepcionante: demasiado repipi y llena de sangre falsa y redención hollywoodiense. Fueron las escenas de los gladiadores las que me resultaron extraordinariamente irreales: esas masas de personas generadas por ordenador y situadas en el fondo, seres que gritaban, reían y agitaban los brazos de forma ordenada, como papel de empapelar animado. En su momento me pregunté si los creadores de la película sabían lo que es una multitud de carne y hueso. Yo la he visto y debo reconocer que, en general, la multitud me parece más interesante que el espectáculo propiamente dicho; aunque como animación esos seres resultan convincentes, lo cierto es que carecían de colores y no había nada real en su comportamiento.

Pues bien, Yanne Charbonneau me recuerda a esos seres. Es una creación imaginaria situada en el fondo, lo suficientemente real para el observador casual pese a que actúa según una sucesión de órdenes previsibles. Carece de colores o, si los tiene, se ha vuelto muy hábil para ocultarlos tras esa pantalla de incoherencias.

Por otro lado, sus hijas están vivamente iluminadas. Aunque la mayoría de los niños presentan colores más intensos que los adultos, incluso así Annie destaca y su rastro azul mariposa irrumpe desafiante contra el cielo.

Creo que también hay algo más, una especie de sombra a su paso. Volví a verla mientras jugaba con Rosette en el callejón de la chocolatería: Annie con su nube de cabello bizantino, teñida de dorado por el sol de la tarde, aferrando la mano de su hermana pequeña mientras Rosette chapoteaba y pateaba los adoquines moteados con sus botas de agua de color amarillo claro.

Una especie de sombra…, ¿un perro, un gato?

Bien, ya lo averiguaré. Acabaré por saberlo. Dame tiempo, Nanou, solo te pido que me des tiempo.

4

Jueves, 8 de noviembre

Hoy Thierry regresó de Londres lleno de regalos para Anouk y Rosette y con una docena de rosas amarillas para mí.

Eran las doce y cuarto y faltaban diez minutos para cerrar y comer. Envolvía para regalo una caja de macarrones que me había pedido una clienta y me preparaba para pasar un rato tranquilo con las niñas, ya que el jueves por la tarde Anouk no tiene clase. Rodeé la caja con cinta rosa, acción que he realizado miles de veces, hice el lazo y tensé la cinta sobre una de las hojas de la tijera a fin de rizarla.

– ¡Yanne!

La tijera resbaló de mis manos y el rizo se fue al garete.

– ¡Thierry! ¡Te has adelantado un día!

Es un hombre corpulento, alto y fornido. Envuelto en el abrigo de cachemira, prácticamente ocupaba toda la puerta del pequeño local. Su cara parece un libro abierto, tiene los ojos azules y el pelo grueso, en su mayor parte todavía castaño. Sus manos de rico están acostumbradas a trabajar, ya que tiene las palmas agrietadas y las uñas limadas. Huele a polvo de yeso, cuero, sudor, jambon-frites y a algún que otro cigarro gordo que consume con culpa.

– Te echaba de menos -explicó, y me besó en la mejilla-.

Lamento no haber regresado a tiempo para el funeral. ¿Fue terrible?

– No, simplemente triste. No acudió nadie.

– Yanne, eres una estrella. No sé cómo te las apañas. ¿Qué tal la chocolatería?

– Bien.

En realidad, no es cierto. La clienta era la segunda del día, sin contar los que solo se acercan a mirar. Cuando Thierry llegó me alegré de la presencia de la clienta, una china de abrigo amarillo que sin duda disfrutaría con los macarrones, aunque habría estado mucho más contenta con una caja de fresas bañadas con chocolate. Tampoco es que tenga importancia. No es asunto mío; mejor dicho, ya no lo es.

– ¿Dónde están las niñas?

– Arriba -respondí-. Están viendo la televisión. ¿Qué tal Londres?

– Fantástico, deberías ir.

En realidad, conozco bien Londres, ya que mi madre y yo vivimos casi un año en esa ciudad. No sé muy bien por qué no se lo he contado y he permitido que crea que nací y me crié en Francia. Tal vez tiene que ver con el anhelo de ser como el resto o quizá se vincula con el temor de que me mire con otros ojos si menciono a mi madre.

Thierry es un buen ciudadano. Hijo de un constructor que ha prosperado gracias a las propiedades, casi no ha estado expuesto a lo insólito y a lo incierto. Sus gustos son convencionales: aprecia un buen filete, bebe vino tinto y le encantan los niños, los chistes malos y los versos absurdos; prefiere que las mujeres usen falda, asiste a misa por la fuerza de la costumbre y no tiene prejuicios hacia los extranjeros, aunque preferiría no ver tantos a su alrededor. Me cae bien y, sin embargo, la idea de confiar en él…, en alguien…

Tampoco es que lo necesite. Jamás me hicieron falta confidentes. Tengo a Anouk y a Rosette. ¿Cuándo he necesitado a alguien más?

– Pareces triste -comentó Thierry cuando la china se fue-. ¿Qué te parece si salimos a comer?

Sonreí. En el universo de Thierry, la comida cura la tristeza. No tenía hambre pero, si no aceptaba esa invitación, se quedaría toda la tarde en el local. Llamé a Anouk, engatusé a Rosette hasta ponerle el abrigo y cruzamos la calle en dirección a Le P'tit Pinson, que a Thierry le gusta por su encanto destartalado y la comida grasienta y que yo detesto por los mismos motivos.

Anouk estaba inquieta y era la hora de la siesta de Rosette, pero Thierry necesitaba hablar de su estancia en Londres: la muchedumbre, los edificios, los teatros, las tiendas. Su empresa reforma varios edificios de oficinas cerca de King's Cross y le gusta supervisar personalmente el trabajo, de modo que se va el lunes en tren y regresa a París a pasar el fin de semana. Sarah, su ex esposa, todavía vive en Londres con el hijo de ambos aunque, como si fuera necesario, Thierry se esfuerza por demostrarme que hace años que están distanciados.

No lo dudo: en Thierry no hay subterfugios ni dobleces. Sus favoritos son los sencillos cuadrados de chocolate con leche, envueltos, que puedes comprar en cualquier supermercado del país. Soporta hasta un treinta por ciento de sólidos de cacao y, si le das algo más intenso, saca la lengua como los críos. Por otro lado, adoro su entusiasmo… y envidio su sencillez y su falta de astucia. Cabe la posibilidad de que mi envidia supere mi adoración, pero… ¿es tan importante?

Lo conocimos el año pasado, cuando apareció una gotera en el tejado. Con un poco de suerte, la mayoría de los caseros habrían enviado al fontanero, pero hacía años que Thierry conocía a madame Poussin, ya que ella y su madre eran amigas de toda la vida, por lo que reparó personalmente el techo y se quedó a tomar chocolate caliente y a jugar con Rosette.

Después de doce meses de amistad parecemos una pareja de las de toda la vida, con nuestros rincones favoritos y nuestras cómodas rutinas, aunque lo cierto es que Thierry jamás ha pasado una noche en casa. Cree que soy viuda y desea «darme tiempo», lo que resulta conmovedor. Pero su deseo está presente, implícito y sin confirmar… Me pregunto si realmente sería tan malo.

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