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Entrevista con el vampiro [=Cofesiones de un vampiro / Interview with the Vampire - es]

Электронная книга - «Entrevista con el vampiro [=Cofesiones de un vampiro / Interview with the Vampire - es]». Краткое содержание книги:

Nunca un vampiro le había contado su vida a un mortal. Louis de Pointe du Lac, con un cansancio de siglos a sus espaldas, es el primero en hacerlo frente a un periodista de San Francisco, al que le explica cómo ha sido su existencia desde que fuera vampirizado por Lestat de Lioncourt en 1791. Louis y Lestat no son en realidad como la gente se imagina. Viven de la sangre humana y la muerte no les alcanza, es cierto, pero son sensibles e inteligentes, vulnerables, humanos y tal vez tienen más de víctimas que de verdugos...
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Se movió en la silla; la capa se agitó suavemente a su alrededor, y él volvió la cara hacia la ventana. El chico verificó el estado de las cintas. Luego sacó otra de su portafolio y, pidiéndole perdón al vampiro, la colocó en la máquina.

—Perdóneme que le haya preguntado algo tan personal. No querría… —dijo con ansiedad al vampiro.

—No preguntaste nada por el estilo —dijo el vampiro, mirándolo de improviso—. Fue una pregunta correcta. Yo siento amor y sentí algo de amor por Babette, aunque no el amor más grande que jamás haya sentido. Pero hubo un anuncio en Babette.

»Para volver a mi historia, la fiesta de beneficencia de Babette fue un éxito y le aseguró su vuelta a la vida social. Generosamente, su dinero disipó muchas dudas en las mentes de las familias de sus galanes, y se casó. En las noches de verano, yo solía visitarla sin dejar que me viera o supiera que yo estaba allí. Iba a vigilar su felicidad y, al verla feliz, yo también era feliz.

»Y aquella noche del incendio fui con Lestat a ver a Babette. El hubiera matado a las Freniere mucho tiempo antes, de no haberlo detenido yo. Y pensó que eso era lo que yo pensaba hacer.

»—¿Y qué paz conseguiríamos con ello? —pregunté yo—. Tú dijiste que yo era un idiota. ¿Acaso piensas que no sé por qué me transformaste en un vampiro? No podías vivir solo, no podías solucionar las cosas más simples. Hace años que yo dirijo todo mientras tú te quedas sentado con un falso aire de superioridad. No tienes nada más que decirme sobre la vida. No te necesito ni me puedes ser útil. Tú eres quien me necesita, y si tocas a uno solo de los esclavos de Freniere, te sacaré del medio. Será una batalla entre los dos y no es necesario señalarte que tengo más inteligencia en un solo dedo que tú en todo tu cuerpo. Haz lo que te digo.

»Bien; esto lo dejó asombrado, aunque sin razón, y protestó diciendo que aún tenía muchas cosas que decirme; de cosas y tipos que yo podía matar y que me causarían una muerte súbita, y de lugares en el mundo a los que jamás tenía que ir, y más por el estilo; un absurdo que apenas pude tolerar. Pero no tenía tiempo para él. Las luces del hogar del superintendente estaban encendidas en casa de los Freniere aquella noche; estaba tratando de calmar el nerviosismo entre los esclavos escapados y los propios. Y las llamas de Pointe du Lac aún podían verse contra el cielo. Babette estaba vestida y ocupándose de sus asuntos; había enviado carruajes y esclavos a Pointe du Lac a ayudar a combatir el fuego. Los esclavos escapados y asustados eran mantenidos a distancia de los otros, y nadie, en ningún momento, consideró sus historias como algo más que una tontería de esclavos. Babette sabía que había sucedido algo siniestro y temía un asesinato, jamás lo sobrenatural. Estaba en su estudio anotando el incendio en el diario de la plantación cuando la encontré. Era casi de madrugada. Sólo tenía unos pocos minutos para convencerla de que me ayudara. Primero le hablé, negándome a que se diera vuelta, y ella me escuchó con calma. Le dije que debía tener una habitación para descansar.

»—Nunca te he hecho daño. Ahora te pido una llave y tu promesa de que nadie tratará de entrar en ese cuarto hasta la noche. Entonces te lo contaré todo.

»Yo ya estaba casi desesperado. El cielo estaba palideciendo. Lestat estaba en el huerto con los ataúdes.

»—Pero, ¿por qué has venido a verme a mí esta noche? —me preguntó.

»—¿Y por qué no? —le dije—. ¿Acaso no te ayudé en el momento crítico en que más necesitabas guía, cuando tú sola eras la fuerte entre aquellos que eran débiles y que dependían de ti? ¿No te di buenos consejos en dos oportunidades? ¿Y no he cuidado de tu felicidad desde entonces?

»Podía ver la figura de Lestat en la ventana. Estaba presa del pánico.

»—Dame esa llave —insistí—. No permitas que nadie entre hasta la caída del sol. Te juro que jamás te haré daño.

»—Y si no lo hago…, si creo que tú eres un emisario del demonio… —dijo ella entonces, y quiso volver la cara. Alcancé la vela y la apagué. Me vio de pie dando la espalda a la ventana gris.

»—Si no lo haces y crees que soy un emisario del demonio, moriré —dije—. Dame esa llave. Podría matarte ahora si quisiera, ¿no es así?

»Y me acerqué a ella y me mostré de cuerpo entero; ella dio un respingo y un paso atrás y se agarró al brazo del sillón.

»—Pero no lo haría. Prefiero morir a matarte. Y moriré si no me das esa llave, como te ruego.

»Lo logré. No sé lo que pensó. Pero me dio una de las grandes habitaciones-alacena donde se añejaba el vino, y estoy seguro de que nos vio a mí y a Lestat llevando los ataúdes. No sólo cerré la puerta con llave sino que levanté una barricada.

»Lestat estaba levantado cuando me desperté al siguiente atardecer.

—Entonces, ella cumplió su palabra.

—Sí; sólo que había hecho algo más: no sólo había respetado nuestra puerta cerrada sino que la había vuelta a cerrar desde afuera.

—¿Y las historias de los esclavos…? Ella las había oído.

—Así fue. No obstante, Lestat fue el primero en notar que estábamos encerrados. Se enfureció. Había pensado irse a Nueva Orleans lo antes posible. Ahora sospechaba de mí.

»—Sólo te necesitaba cuando mi padre vivía —dijo, y trató desesperadamente de encontrar una salida; el lugar era una mazmorra—. Ahora no te voy a tolerar nada. Te lo advierto.

»Ni siquiera quería darme la espalda. Me quedé sentado tratando de oír las voces en la habitación de arriba, deseando que se callara, sin quererle confiar en ningún instante mis sentimientos por Babette o mis esperanzas.

»Asimismo, pensaba en otra cosa. Me preguntaste sobre sentimientos y frialdad. Uno de sus aspectos —distanciamiento y sentimiento, debería decir— es que puedes pensar dos cosas al mismo tiempo. Puedes pensar que no estás seguro y que puedes morir, y puedes pensar en algo muy abstracto y remoto. Y eso fue exactamente lo que me sucedió. En ese momento yo pensaba en silencio y con profundidad en la amistad sublime que podríamos haber tenido con Lestat; qué pocos impedimentos podría haber habido, y todo lo que podríamos haber compartido. Quizá la proximidad de Babette fue lo que me hizo pensar en eso; porque, ¿como podría realmente haber conocido a Babette salvo, por supuesto, de una sola manera definitiva; tomarle la vida, unirme a ella en un abrazo mortal, cuando mi alma se uniría con su corazón y se nutriría de él? Pero mi alma quería conocer a Babette sin mi necesidad de matar, sin robarle todo aliento de vida, toda gota de sangre. Pero Lestat, ¡cómo podríamos habernos conocido de haber sido él un hombre de carácter, un hombre aunque sólo fuera de algunos pensamientos! Las palabras del anciano volvieron a mí: Lestat, un alumno brillante, un amante de los libros que habían sido quemados. Yo sólo conocía al Lestat que despreciaba mi biblioteca, que la llamaba una pila de polvo, que ridiculizaba constantemente mis lecturas, mis meditaciones.

»Me di cuenta entonces de que la casa se aquietaba. De tanto en tanto sonaban unos pasos y crujían los tablones, por cuyas hendeduras se filtraba una claridad fantástica e irreal. Podía ver a Lestat tocando las paredes de ladrillo con su duro rostro de vampiro convertido en una máscara retorcida de frustración humana. Yo estaba seguro de que ahora debíamos separarnos; de que, si fuera necesario, yo debía poner un océano entre los dos. Y me di cuenta de que lo había tolerado todo ese tiempo debido a mis dudas. Me engañé pensando que me quedaba por el anciano y por mi hermana y su marido. Pero me quedé con Lestat porque temía no conocer secretos esenciales que, como vampiro, yo solo debía descubrir, y, lo que es más importante, porque él era el único de mi especie que yo conocía. Jamás me había contado su conversión en vampiro o dónde podía encontrar a alguien de mi especie. Esto entonces me afligía mucho. Del mismo modo que lo había hecho durante cuatro años. Lo odiaba y quería abandonarlo; sin embargo, ¿podía hacerlo?

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