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Los mejores relatos de ciencia ficción. La era del cambio 1956-1965

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El decenio 1956-1965 marca una época crítica para la ciencia ficción. La reciente respetabilidad del género motivó la atención, muchas veces peligrosa, del cine y la televisión. El inicio de la Era espacial en octubre de 1957 parecía confirmar aquello de que la realidad supera a la ficción.
Pero la crisis condujo a la renovación del género: cuantitativa, por la aparición de una pléyade de nuevos autores; cualitativa, por la revolución de la tématica, que abandona de una vez por todas la fascinación por la cacharrería espacial, sentándose nuevas normas de calidad, como demuestra el presente volumen.
– Recopilación, Prefacio e Introducción de Michael Ashley
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Italia tuvo más de la parte que le correspondía en cuanto a ediciones de Galaxy se refiere. La Urania original de 1953 había pretendido ser una de ellas. Hubo una Galassia en 1953 y otra más en 1957. Una genuina Galaxy italiana apareció en junio de 1958, dirigida por la señora Roberta Rambelli, uno de los críticos italianos de ciencia ficción más respetados. Dicha edición se prosiguió hasta marzo de 1964, pero, para aumentar la confusión, en enero de 1961 apareció una tercera Galassia, dirigida asimismo por la señora Rambelli.

Queda claro, pues, que ningún país, aparte de Estados Unidos y Gran Bretaña, disponía de una sola revista formada en exclusiva por obras de sus propios autores. Siempre se trataba de una plétora de reediciones. Resulta difícil por tal motivo valorar el efecto de la ciencia ficción extranjera en el escenario de la revista. En realidad, tal efecto es insignificante. Pero las publicaciones sirvieron al menos como campo de entrenamiento para autores noveles que, más tarde, escribirían en serio. Y estas novelas ejercerían un efecto de revitalización del género al ser traducidas al inglés.

Del resto de las revistas extranjeras, la única especializada en el género tras el telón de acero era la rumana Colectia Povestin Stiintifico Fantastice, lanzada en junio de 1955 como suplemento de la popular revista científica Stiinta si Technica. Dirigida por Adrian Rogoz, imprimía material procedente de todo el mundo, al tiempo que estimulaba a los escritores locales, como Sergiu Farcasan y Vladimir Colin. Conservó su periodicidad quincenal a lo largo de la década de los sesenta, hasta octubre de 1969. Otras revistas científicas de la Europa del Este, como la rusa Iskatel y las yugoslavas Kosmoplov y Galaksija, ofrecían relatos de ciencia ficción en sus números, aunque muy variables en cuanto al contenido.

Quizá la más lograda de todas las revistas extranjeras fuese la japonesa SF Magazine. Dirigida por Masami Fukushima (nacido en 1929), se presentó en febrero de 1960 con la acostumbrada mezcla de ciencia ficción inédita y reimpresa. Siendo la única publicación de su tipo en Asia, que contaba con una floreciente comunidad de aficionados a la ciencia ficción, sus ventas se dispararon, y pronto pasó a una periodicidad mensual regular, con una circulación superior a los cien mil ejemplares.

A pesar de este desarrollo mundial, todos los ojos seguían volviéndose hacia Estados Unidos para comprobar las tendencias. Y al iniciarse la década de los sesenta, la ciencia ficción estadounidense mostró por fin los indicios de un renacimiento.

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Un soplo de vida

Seis revistas tan sólo sobrevivían aún en la nueva década, aunque entre las seis abarcaban toda la gama de la ciencia ficción. Señalemos como detalle interesante que, en 1960, las revistas tuvieron que anunciar por primera vez su tirada obedeciendo a una ley del Congreso. Dicha tirada estaba ya antes a disposición de quien quisiera saberla (anunciantes, por ejemplo) en la publicación americana Publishers Weekly. Ahora, se revelaba a los lectores en general. Al principio, no todas las revistas cumplieron con la ley, y las cifras de algunas que sí lo hicieron parecieron sospechosas. No obstante, al cabo de un cierto tiempo, pudo calcularse en cierta medida sus tendencias y su autenticidad. Figuraban en cabeza Astoundíng y Galaxy, con una tirada en torno a los ochenta mil ejemplares. A continuación, venían If y F and SF, con un total aproximado de cincuenta y cinco mil. Amazing tiraba cincuenta mil ejemplares, y Fantastic unos cuarenta mil. Las posiciones no se alteraron radicalmente en 1965, aunque sí las cifras. Puesto que la venta mínima para cubrir gastos en la mayoría de los casos giraba alrededor de los veinticinco mil ejemplares, todas se hallaban a salvo, lo que no significaba que pudieran dormirse en los laureles. ¿Sobrevivirían?

La primera en desaparecer fue Astounding… Es decir, no la revista, sino su título. John Campbell llevaba largo tiempo insatisfecho de la impresión beatificante que causaba dicho título, y había realizado varios intentos de hacer casi invisible en la portada la palabra Astounding (asombrosa), recalcando el término Science Fiction. Pero comprendía que esto no engañaba a nadie. El nombre era demasiado evocador de los días de revistas baratas y de maravilla del pasado. Tenía que existir algo más acorde con la era espacial, más análogo al progreso científico…

Un momento… Sí, había encontrado la solución. Ciencia ficción análoga a realidad científica. Así nació Analog. Campbell emprendió la eliminación paulatina del antiguo nombre. A partir del número de febrero de 1960, el título Analog apareció tenuemente bajo el de Astounding. A lo largo de aquel año, se fue definiendo más y más, hasta quedar en solitario en el mes de octubre. Campbell inventó su propio símbolo para representar el término analogía. Y así figuraba en el subtítulo: Science FactScience Fiction. Constituyó el primer esfuerzo de Campbell por convertir a Analog en una revista de ciencia ficción respetable y moderna. El siguiente consistió en liberar la publicación del estigma del formato reducido. El mismo Campbell había encabezado la campaña para que Astounding adoptara en 1943 dicho tamaño, en lugar del normal en las publicaciones baratas (17,8 por 25,4 cm). Era lo obligado en aquella época. Ahora, el formato reducido parecía desfasado, gracias al enorme mercado de las revistas ajenas a la ciencia ficción. Campbell aprovechó un incidente editorial ocurrido en 1961. En ese año, coincidiendo con el número de febrero de Analog, la venerable firma Street and Smith, existente desde 1855, fue absorbida por Condé Nast Publications. Condé Nast aceptó de buena gana el cambio propuesto, y se trazaron planes para convertir Analog en una revista de gran formato y papel de excelente calidad. Campbell sabía perfectamente que SF Plus y Satellite habían fracasado en un empeño semejante, pero las consideró víctimas de las circunstancias. A Analog le iría sin duda mejor.

La transformación tuvo lugar con la edición de marzo de 1963. En realidad, Analog no pasó a ser una revista «normal», al menos no en el sentido de Esquire. ¿Dónde estaban las páginas en papel satinado? Allí, desde luego, pero reservadas a los anuncios y los artículos científicos, puesto que permitían una mejor reproducción de las fotografías. La novelística continuaba en el tradicional papel de calidad inferior. Sin embargo, suponía la oportunidad de presentar brillantes portadas, y John Schoenherr puso en ello su mejor inspiración, en tal medida que en 1965 se le concedió el Hugo al mejor dibujante profesional.

Analog conservó la calidad literaria que se esperaba de ella. Precisamente en la Analog de gran formato se publicaría una de las narraciones más extraordinarias de la década.

Frank Herbert (nacido en 1920) era ya un escritor apreciado, pero, dejando aparte su primera novela, The Dragon in the Sea (El dragón en el mar) (1955), no gozaba de gran reputación. El numero de Analog de diciembre de 1963 incluyó el primer episodio de la última novela de Herbert, Dune World (El mundo de Dune), que suscitó una reacción sorprendente. Los lectores se mostraron más que entusiasmados al verse envueltos en la narración sobre el desértico mundo de Arrakis, sus gusanos de arena y la intriga del joven Paul Atreides, temido por los detentadores del poder como el Muad'dib prometido, el nuevo Mesías.

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