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Manual De Perdedores

Электронная книга - «Manual De Perdedores». Краткое содержание книги:

No me ha gustado este libro tan mentado. Sasturain es un personaje, y a veces se lo ve actuando en fotonovelas para revistas literarias coloridas. Le entré con mucha expectativa, pero pronto me cansé. Tal vez el esfuerzo de mantener el libro abierto (la encuadernación de Sudamericana no tiene parangón), o lo simplón de la trama. Tal vez la hilaridad que despierta leer las proezas físicas de un jubilado municipal, o ese esfuerzo por hacer de la historia algo cotidiano. Si bien hay algunos hallazgos en la escritura, no llegué a leer la segunda historia. Ya me pudrí cuando la misma se insinúa al final de la primera. De todas maneras, pueden hacer la prueba. Tengo dudas sobre el abandono de las lecturas, pues a veces me ha pasado que retomé un libro varios años después del abandono, y me pregunté por qué había dejado una obra que ahora me gustaba. El libro está en las mesas de saldo de los supermercados a $6 (sí, seis pesos).
Sólo para mi vanagloria: comenzado el 1º de noviembre y abandonado al día siguiente.
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Antes de que pasaran tres segundos estaba pegado a la puerta, el revólver levantado. Por un largo momento no hubo un solo sonido. Como si el que había entrado se tomase tiempo de entender lo que significaba esa silla trabada desde adentro. Etchenaik trataba de recordar si había cerrado la puerta que comunicaba el pasillo con la habitación principal mientras deseaba fervientemente escuchar la voz de Marcial, una puteada suya…

Pero no. Alguien abrió esa puerta que había cerrado.

– Señor Díaz…

La voz se parecía a la mano que empujaba la puerta, hubiera dicho Borges. Débil, tímida más allá de la cautela o el miedo.

Etchenaik estiró la mano y oprimió el botón de la descarga de agua. Hubo un largo estruendo pero el veterano no despegó la mirada del picaporte. Cuando empezó a girar, no esperó más y dio un violento tirón hacia adentro.

El hombre se desplazó como si estuviera pegado al picaporte.

– No se asuste -dijo Etchenaik poniéndole el revólver ante los ojos.

El hombre había quedado semisentado en el inodoro e inmediatamente comenzó a agitar la cabeza de un lado a otro. Negaba todo lo que había hecho y lo que no, lo que le preguntarían acaso y todo lo demás. Negaba y miraba el caño. No podía hablar.

34. Cara de peluquero

– No se asuste -repitió Etchenaik.

El hombre hizo un gesto que señalaba el revólver, intentaba espantarlo como si fuera una mosca. Etchenaik bajó el arma y lo observó cuidadosamente.

Aunque estaba turbado hasta la tartamudez, mantenía una cierta compostura, un algo formal e indefinible. No era su indumentaria, pues sobre el traje gris, la camisa blanca abrochada y la corbata azul llevaba puesto un delantal largo de color indefinible, del tipo de los que usan los zapateros remendones. Además, estaba en alpargatas y unos guantes de goma amarillos le llegaban hasta el codo sobre el saco. Los guantes estaban sucios de tierra.

– ¿Usted quién es? -dijo Etchenaik moviendo el revólver.

El hombre se pasó el dorso del guante por la frente y pareció relajarse un poco.

– Rogelio Brotto. El dueño de la casa.

Etchenaik se apoyó desganadamente en el marco de la puerta y luego de un instante tiró al azar:

– ¿Qué pasó con Díaz, Brotto?

El otro no contestó. Desvió la mirada y Etchenaik comprendió qué era lo que le daba ese aire prolijo y ordenado. Tenía una afeitada perfecta, el bigote fino recortado como un jardín inglés y la peinada blanda y firme, de un fijador en aerosol casi femenino. Una cara exacta de peluquero de barrio.

– ¿Y? ¿Sabe o no sabe?

– Me extrañó no verlo en todo el día. Recién vi luz, después, la puerta rota…

– ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

– Hace varios días, creo. Yo trabajo de mañana, ando afuera durante la mayor parte del día. Él sale de noche, nos encontramos poco… -el individuo había ganado soltura y se atrevía a hablar sin mirar la mano que empuñaba el revólver.

Etchenaik metió el arma en la sobaquera. Sin decir nada dio media vuelta y se dirigió a la pieza que daba al frente. El otro lo siguió.

– ¿Y usted quién es? -dijo en un hilito de voz.

– ¿Qué piensa que pasó? -dijo Etchenaik sin contestarle mientras le alcanzaba una tarjeta.

Brotto miró el pedacito de cartulina hipnotizado.

– Parecen ladrones, ¿no? -tartamudeó levantando la mirada.

– Parecen.

El hombre trató de ponerse las manos en los bolsillos y al darse cuenta de que tenía los guantes sucios las sacó rápidamente.

– Arreglando las plantas… -dijo señalándose los dedos con tierra.

– No lo vi al entrar.

– Estaría en el baldío de al lado, tirando los yuyos y el cascote…

Etchenaik tomó repentinos ánimos.

– Vamos -dijo-. Hay que llamar a la policía.

– ¿Por qué no esperamos a que Díaz regrese? Tal vez él…

Etchenaik lo miró desde la puerta.

– No creo que vuelva, al menos por ahora.

Entraron a la casa. Brotto, adelante, miraba a todos lados como si estuviera en un lugar extraño.

– Por aquí -dijo.

En el pequeño living se mezclaba todo. Había un piano que ocupaba media pared, con su crochet y un florerito. Enfrente, una vitrina de cristales biselados convivía por los azares de la herencia con una mesa de fórmica y un cuadro seudochino de pinceladas brillantes sobre terciopelo negro.

– Mi señora es profesora -dijo Brotto cuando vio a Etchenaik curioseando un diploma junto al piano.

Etchenaik asintió y se dirigió directamente al teléfono. Comenzó a discar. Brotto estiró la mano.

– No llame. Por favor…

35. Hombres malos, de noche

En el momento en que Brotto ponía la mano sobre la horquilla y Etchenaik se aprestaba a replicar, una nena salió corriendo de una habitación contigua y se abrazó a las piernas del hombre.

– Hola -dijo Etchenaik.

La nena lo miró con ojos grandes, no contestó.

– Anda para allá -dijo Brotto bruscamente.

– ¿El señor es malo?

– No, es bueno. Ándate ahora.

– ¿Quiénes son los hombres malos? -dijo Etchenaik agachándose-. ¿Qué hicieron los hombres malos?

– Golpearon la puerta. ¿Van a golpear otra vez?

– No, no van a golpear otra vez. Vamos…

Brotto la levantó y la llevó en brazos a la otra habitación. Por un momento se siguió escuchando la voz finita que preguntaba, la voz gruesa calmándola.

Cuando el hombre regresó y cerró la puerta, en su cara de peluquero estaba todo el miedo del mundo.

– No llame -dijo.

– Está bien. No llamo… Hable entonces.

Etchenaik lo acosó mientras el otro se sacaba los guantes, buscaba respuestas con la mirada perdida.

– No tengo demasiado tiempo, Brotto…

Hubo un silencio largo. Sólo se oía el ronroneo de una Siam veterana en la cocina, su temblor al detenerse. Después, los grillos del patio, las ranas del baldío, todo con el fondo opaco del televisor. Brotto se quitó el saco, aflojó la corbata.

– ¿Y?… -apuró Etchenaik adelantando el mentón-. Nos va a agarrar la noche…

– Fue ayer -dijo Brotto luego de otro silencio interminable-. Anoche, tarde. No vi a los tipos. No los vi bien, quiero decir. Me levanté a abrir la puerta de la cocina para que corriera un poco de aire y en eso veo a tres o cuatro tipos que corren hacia la casilla. Uno se dio cuenta y me amenazó con el revólver: «Métete adentro o te quemo. Y cuidado con lo que haces», me dijo. Se quedó junto a la puerta, de guardia, y los demás fueron al fondo. Me hicieron meter acá y no vi nada. No pude hablar por teléfono ni pedir auxilio porque el tipo me apuntaba. Oí el golpe contra la chapa y por un rato ningún ruido más. En el momento de irse me patearon la puerta para intimidarme. «Ni se te ocurra ir a la cana. Mira que te vamos a vigilar, eh…» y se fueron.

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