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Manual De Perdedores

Электронная книга - «Manual De Perdedores». Краткое содержание книги:

No me ha gustado este libro tan mentado. Sasturain es un personaje, y a veces se lo ve actuando en fotonovelas para revistas literarias coloridas. Le entré con mucha expectativa, pero pronto me cansé. Tal vez el esfuerzo de mantener el libro abierto (la encuadernación de Sudamericana no tiene parangón), o lo simplón de la trama. Tal vez la hilaridad que despierta leer las proezas físicas de un jubilado municipal, o ese esfuerzo por hacer de la historia algo cotidiano. Si bien hay algunos hallazgos en la escritura, no llegué a leer la segunda historia. Ya me pudrí cuando la misma se insinúa al final de la primera. De todas maneras, pueden hacer la prueba. Tengo dudas sobre el abandono de las lecturas, pues a veces me ha pasado que retomé un libro varios años después del abandono, y me pregunté por qué había dejado una obra que ahora me gustaba. El libro está en las mesas de saldo de los supermercados a $6 (sí, seis pesos).
Sólo para mi vanagloria: comenzado el 1º de noviembre y abandonado al día siguiente.
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Macías se sentó junto al uniformado que manejaba.

– A la Central -dijo.

Arrancaron. El gallego le dedicó una amplia sonrisa al agente de guardia.

– ¿Qué haces? -dijo Etchenaik por lo bajo.

– El que ríe primero, ríe dos veces -aseguró Tony con una soltura desconocida.

Etchenaik iba a contestarle y después suspiró. Nadie hizo ningún comentario.

Luego de observar por unos momentos las nucas rapadas de adelante, Tony García se estiró en el asiento y se quedó mirando pensativamente su pie lastimado.

25. Cantate algo

Cuando Etchenaik salió de la Central de Policía, la tarde clara y soleada no parecía parte del incómodo febrero. El veterano sintió ganas de celebrar algo; que fuese su cumpleaños, por ejemplo. Pero no. Daba lástima desaprovechar tanto cielo celeste y limpio, regalar el aire a la desgracia o los malentendidos.

Cruzó la calle, entró al primer bar que encontró y telefoneó a la agencia. Mientras la campanilla sonaba vio en el espejo su aspecto deplorable. Necesitaba un baño, una afeitada, una cama.

Atendió Tony, tranquilo.

– Hola, gallego.

– ¿De dónde me hablas?

– Macías me acaba de largar. Me dijo que a vos no te iba a retener.

– Casi no estuve adentro… ¿Pero, quién es ese tipo? ¿De dónde lo conoces? Si no es por él, los turros aquellos nos exprimen como una rejilla.

– Es largo. Después te explico; es buen tipo.

– A mí me mandó a la enfermería, me curaron y a la media hora un ofiche me preguntó si podía irme solo. Le dije que sí y le pregunté por vos. No sabía nada. Rajé igual, antes de que se arrepintieran.

– Estuvo bien Macías. No quiso apretarnos por separado para ver si nos contradecíamos.

– ¿Vos qué le dijiste?

Etchenaik se entretuvo observando un Falcon detenido enfrente. El que estaba al volante lo miraba también.

– ¿Me oís? -insistió Tony.

– Sí. ¿Cómo anda la gamba?

– Bien. Exageré un poco nomás. ¿Qué le contaste a Macías?

– Le dije que Duggan era Marcial y que me había llamado. Me prometió guardarse el dato y no usarlo en la investigación hasta que se clarifique algo más. Era lo menos que podía decirle. Si no, no salía más.

– Claro. ¿Venís para acá?

– En media hora estoy ahí… Hay que averiguar todo lo que se pueda sobre Chola Benítez y conseguir localizar a algunos de los que estaban la otra noche. Los peces gordos no… los otros. Encárgate de revisar el archivo y llama a Willy Rafetto y a Robledo de parte mía, con cuidado de no deschavarte demasiado. Ellos te pueden dar puntas, conocen el ambiente.

Hubo una pausa del otro lado, demasiado larga.

– Después quiero decirte algunas cosas que estuve pensando… -dijo Tony.

Etchenaik se lo imaginó sentado en la silla, mirando su pata y temiendo futuras palizas o algún balazo.

– ¿Qué te pasa? ¿Vas a arrugar ahora?

– No, coño… No es eso -y se hizo otra pausa-. Quedate tranquilo que los llamo a ésos.

– De acuerdo. Hasta luego.

– Hasta luego.

Colgó. Tomó un café en el mostrador y salió a la calle. Caminó por Moreno hacia Entre Ríos y el Falcon dobló con él. En la esquina torció a la izquierda y el auto siguió derecho. Se apuró para llegar a Belgrano y se disponía a cruzar cuando un Fiat 128 que salió de detrás de un colectivo le mordió los zapatos y clavó los frenos a dos metros.

La mujer sacó la cabeza por la ventanilla.

– Venga, Etchenaik. Suba.

No la reconoció enseguida. Acaso el pelo recogido, los anteojos negros.

– No se quede ahí. Lo llevo.

Subió y se acomodó junto a ella. La mujer aceleró, se levantó los anteojos y los suspendió en su frente, como las antiparras de un corredor. Sonrió ampliamente y desnudó varias docenas de dientes.

– ¿No se acordaba de mí?

– Hilda Sanders, cantante internacional… -susurró Etchenaik-. Cántate algo, flaca.

26. Volando a Río

La flaca agradeció el chistecito con una levísima reverencia de su barbilla y canturreó algo así como «Feeling».

Etchenaik metió bruscamente la mano en la guantera y agarró un portadocumentos. Ella hizo un gesto sin dejar de sonreír pero oí veterano la contuvo con su mano libre.

– Atendé al volante -dijo-. Y seguí cantando, seguí…

La oscura mujer que se llamaba Itala Sandretti en la cédula se parecía vagamente a la flaca rubia platinada que ahora tarareaba sin ganas a su lado, enfundada en una especie de mameluco verde de lujo, pegado a su cuerpo como la goma tensa de un globo barato de carnaval.

Etchenaik repuso el portadocumentos en su lugar. No dijo nada.

– ¿Sigo derecho? -preguntó la Hilda al llegar a la Nueve de Julio.

– No tengo apuro.

Tomó Bernardo de Irigoyen y avanzó hasta el semáforo de Avenida de Mayo.

– Quiero ayudarlo -dijo sacando cigarrillos obvios, largos y perfumados.

– Gracias.

– ¿Me cree?

– ¿Por qué no?

– Así vamos bien.

Metió la primera y sacó el autito en un viraje. Se mojó los labios con una lengua roja y estrecha que se abrió paso a duras penas entre la dentadura.

– Anda en dificultades -dijo.

– No soy el único.

– Claro que no. Pero a todos no se los puede ayudar. Yo, a usted, puedo.

Etchenaik puso los ojos como Robert Mitchum.

– No sea tonto, no me juzgue mal… Esto es lo que le quiero regalar. -Metió la mano en la cartera y sacó un largo sobre que puso en el asiento, a su lado-. Eran para mí pero no puedo ir. Ahora son para usted y su socio. Sé que no fueron de vacaciones.

Etchenaik abrió el sobre y vio los dos pasajes a Río. Estaba previsto también el regreso.

– Por el alojamiento no tiene que preocuparse. Le puedo dar las llaves de un departamento en Copacabana -las hizo tintinear con un golpecito en un bolsillo del mameluco-. Se queda el tiempo que quiera. Cuando regrese, las dificultades habrán pasado. Volverá a trabajar más tranquilo y un poco más tostado.

Le guiñó un ojo cómplice y atendió al tránsito que se adensó a la altura de Congreso. Sonreía, lo dejaba a solas con el regalo. Esperaba como una tía que acaba de llegar de visita y observa al sobrino deshacer el paquete.

Etchenaik dejó el sobre en el asiento y miró al frente.

– ¿A quién debo la atención?

– Ya le dije que el pasaje era mío.

Etchenaik suspiró.

– Dejémoslo así. Pero me preocupa pensar que soy muy barato.

Ella dobló por Rincón y fue dando la vuelta.

– No me contestó -dijo sin volverse.

– Dígales que Shangai o nada.

– ¿Cómo?

– Shangai o nada.

Ella quedó con la mirada fija al frente. Pasaron algunos segundos y sonrió tristemente.

– Qué tonto -dijo.

Habían llegado a la altura de Congreso por Yrigoyen. La Hilda fue aminorando la velocidad y detuvo el auto junto al cordón de la vereda de la plaza. Abrió la puerta y apoyó los pies en la calle.

– Lo siento en serio -dijo-. El sol de Copacabana le mejoraría las ideas.

– Shangai o nada. Tengo parientes ahí. Además, el clima…

El golpe de la puerta lo dejó monologando.

27. Comida para las palomas

La Hilda se inclinó hacia la ventanilla.

– Espere un momento, gilito… -dijo.

Después se alejó a grandes pasos con su disfraz de chaucha satinada, revoleando la carterita y haciendo ruido con las llaves del auto, del departamento en Copacabana, del Cielo también, probablemente.

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