La falsificación
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La falsificación». Краткое содержание книги:
¿Por qué un exitoso banquero de Nueva York no se sorprende al recibir por correo la oreja de una vieja dama?
¿Por qué un prestigioso abogado trabaja para un único cliente sin cobrar honorarios?
¿Por qué una joven ejecutiva roba un Van Gogh si no es una ladrona?
¿Por qué una brillante licenciada trabaja como secretaria después de heredar una fortuna?
¿Por qué una atleta cobra un millón de dólares por cumplir una misión?
¿Por qué una aristócrata estaría dispuesta a matar si sabe que pasará el resto de su vida en prisión?
¿Por qué un magnate japonés del acero va a dar una fuerte suma de dinero a una mujer a la que no conoce?
¿Por qué un experto agente del FBI tiene que averiguar cuál es la conexión entre estas ocho personas aparentemente sin relación entre ellas?
Las respuestas a todas estas preguntas las da esta absorbente novela: en ella, una conspiración internacional, cuyo objetivo es uno de los lienzos más valiosos del mundo, introduce al lector en el mercado negro del arte, desde Nueva York hasta Londres, desde Bucarest hasta Tokio, tras las huellas de falsificadores y asesinos a sueldo, en un relato cuya lectura no da tregua.
– Me temo que no tardará en averiguar que…
– No se preocupe por Petrescu -la interrumpió Fenston-. Pensaba sustituirla, pero lo que no puedo suplantar es mi Monet.
Tina quedó tan azorada que enmudeció y estuvo en un tris de decirle lo equivocado que estaba, pero repentinamente se percató de que podría convertir la estupidez de Fenston en algo ventajoso para Anna.
– ¿Eso significa que también hemos perdido el Van Gogh?
– No -respondió Fenston-. Ruth Parish ya ha confirmado que el cuadro ha salido de Londres. Debería llegar esta misma noche al aeropuerto Kennedy y Leapman irá a recogerlo. -Tina se desplomó en la silla y sus expectativas se redujeron-. Quiero que mañana se presente a las seis.
– ¿A las seis de la mañana?
– Exactamente -confirmó Fenston-. No se queje. Al fin y al cabo, hoy ha tenido el día libre.
– ¿Dónde quiere que me presente? -inquirió Tina y ni siquiera se tomó la molestia de discutir.
– He alquilado despachos en el piso treinta y dos del edificio Trump, en el cuarenta de Wall Street, por lo que nosotros trabajaremos como de costumbre -replicó y colgó.
– Te ha dado por muerta, pero lo que más le preocupa es haber perdido el Monet -explicó Tina al tiempo que cerraba el móvil.
– Vaya, no tardará en averiguar que estoy viva.
– Solo en el caso de que quieras que se entere. ¿Alguien te ha visto desde que saliste de la torre?
– Si me han visto es con este aspecto.
– Entonces no diremos nada mientras decidimos qué es lo que hay que hacer. Fenston ha dicho que el Van Gogh está de camino a Nueva York y que Leapman lo recogerá en cuanto aterrice.
– En ese caso, ¿qué podemos hacer?
– Podría tratar de entretener a Leapman mientras tú recoges el cuadro.
– ¿Y qué haría yo con el cuadro? -preguntó Anna-. Si me lo quedara, es indudable que Fenston se ocuparía de buscarme.
– Podrías embarcar en el primer avión a Londres y devolver el autorretrato a Wentworth Hall.
– No puedo hacerlo sin autorización de Victoria.
– Por Dios bendito, Anna, ¿cuándo madurarás? Tienes que dejar de pensar como una directora de escuela e imaginar qué haría Fenston si estuviera en tu piel.
– Se ocuparía de averiguar a qué hora llega el avión -replicó Anna-. Por consiguiente, lo primero que tengo que hacer…
– Lo primero que tienes que hacer es ducharte y, mientras tanto, yo averiguaré a qué hora llega el avión y qué trama Leapman -declaró Tina al tiempo que se ponía de pie-. Hay algo de lo que estoy absolutamente segura: con ese aspecto en el aeropuerto no te dejarán recoger nada.
Anna terminó el café y siguió a Tina por el pasillo. La muchacha abrió la puerta del cuarto de baño y miró atentamente a su amiga.
– Te veré dentro de… -Tina lo pensó-. Te veré dentro de una hora.
Anna rió por primera vez en el día.
Anna se quitó lentamente la ropa y la amontonó en el suelo. Se miró en el espejo y contempló la imagen de alguien a quien no conocía. Se quitó la cadena de plata que llevaba colgada del cuello y la depositó a un lado de la bañera junto a la maqueta de un yate. Por último se quitó el reloj. Se había parado a las 8.46. Unos segundos más tarde habría estado en el ascensor.
Se metió en la ducha y comenzó a evaluar el audaz plan de Tina. Abrió ambos grifos y dejó que el agua se deslizase sobre su cuerpo antes de pensar en enjabonarse. Vio que el agua pasaba de negra a gris y, por mucho que frotó, siguió siendo cenicienta. Se restregó hasta que la piel le quedó enrojecida e irritada y entonces prestó atención al bote de champú. Solo abandonó la ducha después de lavarse tres veces la cabeza y supo que pasarían varios días antes de que los demás viesen que era rubia natural. Ni se molestó en secarse; se agachó, tapó la bañera y abrió los grifos. Mientras se daba un baño repasó todo lo que había sucedido durante la jornada.
Pensó en los numerosos amigos y compañeros que sin duda había perdido y se percató de lo afortunada que era por estar viva. Comprendió que el duelo tendría que esperar si quería que existiese una posibilidad, por remota que fuera, de salvar a Victoria de una muerte incluso más lenta.
La llamada de Tina a la puerta interrumpió sus pensamientos. La muchacha entró y se sentó en el borde de la bañera.
– Has mejorado mucho -comentó sonriente al ver a Anna recién bañada.
– He reflexionado sobre tu idea y si pudiera…
– Cambio de planes -precisó Tina-. El organismo federal de aviación acaba de anunciar que todos los aviones de Estados Unidos permanecerán en tierra hasta nuevo aviso y que no se permitirá el aterrizaje de vuelos procedentes del exterior, por lo que supongo que el Van Gogh va de regreso a Heathrow.
– En ese caso, debo llamar ahora mismo a Victoria y decirle que dé instrucciones a Ruth Parish para que traslade el cuadro a Wentworth Hall.
– Estoy totalmente de acuerdo -coincidió Tina-, pero acabo de darme cuenta de que Fenston ha perdido algo más importante que el Monet.
– ¿Acaso para él existe algo más importante que el Monet?
– Sí, su contrato con Victoria y los demás documentos que demuestran que es el dueño del Van Gogh, así como del resto de los bienes Wentworth en el caso de que Victoria no salde la deuda.
– ¿No hiciste archivos de seguridad?
Tina titubeó y finalmente replicó:
– Sí. Están en la caja fuerte del despacho de Fenston.
– No olvides que Victoria también tiene en su poder los documentos pertinentes.
Tina hizo otra pausa.
– Pero dejará de tenerlos si está dispuesta a destruirlos.
– Victoria jamás accederá a hacer semejante cosa -aseguró Anna.
– ¿Por qué no llamas y se lo preguntas? Si fuera capaz de destruirlos, dispondrías de tiempo más que suficiente para vender el Van Gogh y saldar la deuda con Fenston antes de que pueda tomar medidas.
– Solo hay un problema.
– ¿Cuál? -inquirió Tina.
– No tengo su número de teléfono. Su expediente está en mi despacho y lo he perdido todo, incluidos el móvil, la mini-agenda ordenador y hasta el billetero.
– Estoy segura de que lo averiguaremos en el servicio de información telefónica -insistió Tina-. ¿Por qué no te secas y te pones el albornoz? Dentro de un rato buscaremos ropa que te vaya.
– Gracias -dijo Anna y la cogió de la mano.
– Puede que no estés tan agradecida cuando descubras lo que hay para comer. Recuerda que no esperaba invitados, así que tendrás que apañarte con restos de comida china.
– Me parece fantástico -aseguró Anna mientras salía de la bañera, cogía una toalla y se envolvía en ella.
– Te veré dentro de un par de minutos, ya que entonces el microondas habrá terminado de preparar mi exquisita propuesta gastronómica.
La muchacha se volvió para salir.
– Tina, ¿puedo hacerte una pregunta?
– Lo que quieras.
– ¿Por qué sigues trabajando para Fenston, ya que es evidente que lo detestas tanto como yo?
Tina lo pensó y finalmente respondió:
– Pregúntame lo que quieras menos eso.
Salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
14
Ruth Parish cogió el teléfono y oyó una voz conocida que transmitió un mensaje insólito:
– Hola, Ruth. Soy Ken Lane, de United, y llamo para avisar que nuestro vuelo 107, con destino a Nueva York, ha recibido la orden de regresar. Está previsto que aterrice en Heathrow dentro de una hora.
– ¿Por qué? -quiso saber Ruth.
– Por el momento los detalles son imprecisos, pero los informes procedentes del aeropuerto Kennedy apuntan a que se ha producido un ataque terrorista contra las Torres Gemelas. Los aeropuertos estadounidenses han recibido órdenes de mantener los aviones en tierra y hasta nuevo aviso no permitirán la llegada de vuelos -explicó Ken.