La falsificación
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La falsificación». Краткое содержание книги:
¿Por qué un exitoso banquero de Nueva York no se sorprende al recibir por correo la oreja de una vieja dama?
¿Por qué un prestigioso abogado trabaja para un único cliente sin cobrar honorarios?
¿Por qué una joven ejecutiva roba un Van Gogh si no es una ladrona?
¿Por qué una brillante licenciada trabaja como secretaria después de heredar una fortuna?
¿Por qué una atleta cobra un millón de dólares por cumplir una misión?
¿Por qué una aristócrata estaría dispuesta a matar si sabe que pasará el resto de su vida en prisión?
¿Por qué un magnate japonés del acero va a dar una fuerte suma de dinero a una mujer a la que no conoce?
¿Por qué un experto agente del FBI tiene que averiguar cuál es la conexión entre estas ocho personas aparentemente sin relación entre ellas?
Las respuestas a todas estas preguntas las da esta absorbente novela: en ella, una conspiración internacional, cuyo objetivo es uno de los lienzos más valiosos del mundo, introduce al lector en el mercado negro del arte, desde Nueva York hasta Londres, desde Bucarest hasta Tokio, tras las huellas de falsificadores y asesinos a sueldo, en un relato cuya lectura no da tregua.
– Probablemente a la Casa Blanca -indicó la doctora Petrescu y levantó la cabeza al ver en la pantalla al presidente.
Bush habló desde la base de la fuerza aérea Barksdale, en Luisiana: «Que no se equivoquen, Estados Unidos perseguirá y castigará a los culpables de estos actos cobardes».
A continuación pasaron imágenes del segundo avión, el que chocó con la Torre Sur.
– ¡Dios mío! -exclamó Anna-. Ni se me ocurrió pensar en los pasajeros inocentes que viajaban en esos aviones. ¿Quién es responsable de esta atrocidad? -inquirió mientras Tina servía el café.
– El departamento de Estado se muestra muy cauteloso y los sospechosos habituales como Rusia, Corea del Norte, Irán e Irak se han apresurado a declarar que no han tenido nada que ver y se han comprometido a hacer cuanto esté en sus manos para dar con los culpables.
– ¿Qué dicen los periodistas, que no tienen motivos para mostrarse tan cautelosos?
– La CNN señala a Afganistán y, en concreto, a un grupo terrorista llamado al-Qaida… creo que se dice así, aunque me parece que jamás oí hablar de ellos -repuso Tina y se sentó frente a Anna.
– Creo que son un grupo de fanáticos religiosos, a los que, por lo que tengo entendido, solo les interesa tomar Arabia Saudí para apoderarse del petróleo.
Anna volvió a concentrarse en la tele y prestó atención al comentarista, que intentó imaginar lo que debieron de sentir los que estaban en la Torre Norte cuando colisionó el primer avión. A Anna le habría gustado decirle que incluso imaginarlo era imposible. Cien minutos se convirtieron en pocos segundos y los repitieron al infinito, como un anuncio archiconocido. Cuando vio por la televisión que la Torre Sur se desplomaba y el humo ascendía en espiral hacia el cielo, la experta en arte comenzó a toser sin poderse controlar y desparramó ceniza a su alrededor.
– ¿Estás bien? -preguntó Tina y se levantó de un salto.
– Sí, me recuperaré -contestó Anna y terminó el café-. ¿Me permites apagar la tele? Me parece que no estoy en condiciones de recordar constantemente lo que ha significado estar allí.
– Tienes toda la razón -confirmó Tina, cogió el mando a distancia y apagó el aparato, por lo que las imágenes desaparecieron de la pantalla.
– No hago más que pensar en los amigos que estaban en el edificio -reconoció Anna mientras Tina servía más café-. Me pregunto si Rebecca…
– No he sabido nada de ella. Barry es la única persona que, de momento, ha dado señales de vida.
– Claro, estoy segura de que Barry fue el primero en bajar la escalera y que pisoteó a cuantos se interpusieron en su camino. ¿A quién llamó Barry?
– A Fenston. Se puso en contacto con él a través del móvil.
– ¿A Fenston? -Anna estaba sorprendida-. ¿Cómo consiguió escapar? Yo salí de su despacho pocos minutos antes de que el primer avión chocara contra el edificio.
– Para entonces ya había llegado a Wall Street, pues tenía una cita con un cliente potencial cuyo único bien es un Gauguin. Por lo tanto, era imposible que Fenston se retrasase.
– ¿Y Leapman? -quiso saber Anna y bebió otro sorbo de café.
– Como de costumbre, iba un paso por detrás del jefe.
– Claro, por eso mantuvieron abiertas las puertas de los ascensores.
– ¿Las puertas de los ascensores? -repitió Tina.
– No tiene importancia -aseguró Anna-. ¿Por qué no fuiste a trabajar esta mañana?
– Porque tenía hora con el dentista. Hace semanas que figura en mi agenda. -Hizo una pausa y miró a su amiga-. Desde el instante en el que me enteré no dejé de llamar a tu móvil, pero nadie contestó. ¿Dónde estabas?
– Me escoltaron mientras abandonaba el edificio.
– ¿Te acompañó un bombero?
– No, fue el gorila de Barry.
– ¿Por qué? -preguntó Tina, alterada.
– Porque Fenston acababa de despedirme -explicó Anna.
– ¿Te despidió? -preguntó Tina con gran incredulidad-. No lo entiendo, ¿por qué te despidió precisamente a ti?
– Porque en mi informe a la junta propuse que Victoria Wentworth vendiera el Van Gogh, lo que no solo le permitiría saldar su descubierto con el banco, sino conservar el resto de los bienes.
– Pero si el Van Gogh es el único motivo por el que Fenston accedió a cerrar ese trato -puntualizó Tina-. Supuse que lo sabías. Hace años que va detrás de un Van Gogh. Lo último que se le ocurriría es vender el cuadro para sacar a Victoria del atolladero. De todos modos, no es razón suficiente para despedirte. ¿Qué pretexto…?
– También envié a la clienta una copia de mis recomendaciones, ya que lo considero ni más ni menos que una práctica bancaria ética.
– No creo que las prácticas bancarias éticas sean lo que impide que Fenston concilie el sueño. Por otro lado, sigo sin entender por qué se deshizo tan rápido de ti.
– Porque yo estaba a punto de viajar a Inglaterra y comunicar a Victoria Wentworth que incluso tengo un posible comprador. Se trata de Takashi Nakamura, un famoso coleccionista japonés que, en mi opinión, estaría encantado de llegar rápidamente a un acuerdo si pidiéramos una cifra razonable.
– Con Nakamura te has equivocado -opinó Tina-. Cualquiera que sea el precio, por nada del mundo a Fenston se le ocurriría hacer negocios con él. Hace años que ambos quieren un Van Gogh y suelen ser los dos últimos postores en cualquier subasta impresionista que valga la pena.
– ¿Por qué no me lo dijo?
– Porque no siempre le conviene que sepas lo que trama.
– Estamos en el mismo equipo.
– Anna, tu ingenuidad es pasmosa. ¿Todavía no te has dado cuenta de que el equipo de Fenston está formado por una sola persona?
– No conseguirá que Victoria entregue el Van Gogh a no ser que…
– Yo no estaría tan segura -la interrumpió Tina.
– ¿Por qué lo dices?
– Ayer Fenston telefoneó a Ruth Parish y le ordenó que recogiera el cuadro sin más tardanza. Lo oí repetir varias veces la palabra «inmediatamente».
– Antes de que Victoria pudiese guiarse por mis recomendaciones.
– Lo cual también explicaría los motivos por los que se vio obligado a despedirte antes de que subieras al avión y trastocases sus planes. Cuidado, no eres la primera persona que se atreve a recorrer ese camino trillado.
– ¿Qué quieres decir? -inquirió Anna.
– En cuanto alguien descubre qué se propone realmente Fenston, esa persona no tarda en acabar en la calle.
– En ese caso, ¿por qué no te ha despedido?
– Porque me abstengo de hacer recomendaciones que no está dispuesto a seguir y, en consecuencia, no me considera una amenaza. -Tina hizo una pausa-. Bueno, al menos de momento no represento una amenaza.
Colérica, Anna dio un golpe en la mesa y desencadenó una pequeña nube de polvo.
– Soy tan tonta… -se lamentó la experta en arte-. Tendría que haberlo visto venir. Ahora ya no puedo hacer nada.
– Yo no estaría tan segura -la contradijo Tina-. No sabemos con certeza si Ruth Parish ha ido a buscar el cuadro a Wentworth Hall. En el caso de que no se haya presentado, aún dispones de tiempo para telefonear a Victoria y aconsejarle que retenga el autorretrato hasta que te pongas en contacto con el señor Nakamura… Así saldará sus deudas con Fenston y él no podrá hacer nada -acotó Tina. En ese momento en su móvil sonó el tono de «California Here I Come». La muchacha consultó la pantalla e identificó la llamada: «jefe». Se llevó un dedo a los labios y advirtió-: Es Fenston. Probablemente quiere saber si te has puesto en contacto conmigo -apostilló y abrió el móvil.
– ¿Sabe quién ha quedado en medio de los escombros? -preguntó Fenston antes de que Tina pudiese abrir la boca.
– ¿Anna?
– No -repuso Fenston-. Petrescu ha muerto.
– ¿Ha muerto? -repitió Tina y miró a su amiga, sentada al otro lado de la mesa-. Pero…
– Así es. Cuando dio señales de vida, Barry confirmó que la última vez que la vio estaba tendida en el suelo, por lo que es imposible que haya sobrevivido.