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Электронная книга - «El Amor Secreto». Краткое содержание книги:

Daisy y Robert eran amigos desde la infancia, aunque en realidad ella siempre había estado enamorada de él. A Daisy no le preocupaba demasiado su aspecto personal y Robert era un conquistador nato que sólo veía en ella a una chica poco agraciada. Hasta que, con ocasión de una boda en la que era dama de honor, se vio obligada a maquillarse y ponerse un vestido precioso.
Robert descubrió que su amiga era una mujer atractiva que, además de esconder su belleza, tenía un amor secreto. Y él tenía que averiguar quién era ese hombre.
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– ¿Estás decidida a causar una avalancha esta noche?

– No estaría mal. Si todos esos estirados creen que soy una rubia tonta, mañana no me prestarán atención.

– ¿No quieres que te tomen en serio?

– Mañana, no -contestó ella-. Estoy interesada en un objeto muy especial y lo conseguiré con un poco de suerte y… con tu ayuda.

– ¿Con mi ayuda?

– Sí… tú conoces muchas chicas. ¿Cómo se comporta una rubia tonta?

– ¿Estás sugiriendo que me gustan las tontas?

– ¿Diría yo eso? -sonrió Daisy, parpadeando inocentemente-. Janine era bastante lista.

– ¿Solo bastante lista?

– Lo suficiente como para plantarte antes de que lo hicieras tú. Pero si hubiera sido realmente inteligente, en este momento estaría planeando su propia boda. ¿No crees?

– Eres un pato muy observador -dijo él, irónico.

– Esta noche soy un pato rubio sin nada en la cabeza, recuérdalo -siguió ella la broma, mientras entraban en el comedor-. ¿Crees que llamaremos la atención sí pedimos champán? Las rubias tontas siempre piden champán.

– Estás cansada y hambrienta. Se te subirá a la cabeza, Daisy.

– ¿En serio? -preguntó ella, poniendo cara de ingenua.

¿Era así como coqueteaba con su amante?, se preguntaba Robert, sintiéndose enfermo de celos. ¿Era a él a quien había llamado por teléfono unos minutos antes? ¿Lo habría hecho para avisarlo de que no podían dormir juntos?

Daisy se sobresaltó al ver un brillo de furia en los ojos del hombre, pero antes de que pudiera decir nada, apareció el camarero y los acompañó hasta una mesa.

– ¿Quiere la lista de vinos, señor?

– No. Traiga una botella de champán, Bollinger si es posible -dijo Robert, mirando el menú-. Tomaremos pastel de setas y trucha a la plancha.

– Perdona, pero prefiero elegir mi propia cena -dijo Daisy cuando el camarero desapareció.

– Eres una rubia tonta, ¿recuerdas? A las rubias tontas les gusta que elijan por ellas. Créeme.

– Te creo -murmuró ella, poniéndose colorada.

– Y no se ponen coloradas -añadió él, disfrutando cuando el rojo de las mejillas de Daisy aumentó de intensidad.

– Eres muy gracioso.

Robert, a pesar de todo, estaba empezando a disfrutar de la noche. La conversación tenía un filo inusual, peligroso. Estaban probándose el uno al otro y eso lo hacía sentir excitado. Y el champán aumentaría la tensión. El camarero abrió la botella con maestría, pero el sonido del corcho hizo que varias cabezas se volvieran.

– Ya tienes tu champán -dijo él-. Ahora tenemos que brindar.

– Por mi éxito en la subasta de mañana -brindó ella.

– Vas a necesitar algo más que una falda corta y un par de tacones para que crean que no tienes nada en la cabeza.

– Eso es lo que tú crees -replicó Daisy-. ¿Brindamos por un tesoro a precio de saldo?

– Brindemos mejor por una caja llena de tesoros a precio de saldo.

– Eso sí que es imposible. Pero también lo es la lotería y eso no impide que George y yo la compremos todos los sábados.

– ¿Y qué harías si te tocase?

– Tomaría un barco y me iría a China y a Japón.

– ¿En barco? Tardarías meses.

– Es que me dan miedo los aviones.

– No lo puedo creer.

– Pues me dan miedo -se encogió ella de hombros. Los aviones y Robert Furneval eran sus dos grandes terrores-. Si me tocase la lotería compraría algo muy antiguo y precioso y lo regalaría al Museo Británico. Y a ti te compraría una caña de pescar nueva. ¿Y tú?

– Yo no compro lotería.

– No importa. Es solo una fantasía. Así que fantasea un poco.

Robert lo intentó. Tenía que querer algo, algo tan difícil que necesitaría millones para conseguirlo. Pero solo había una cosa que quería, que deseaba de verdad. Y no lo había sabido hasta aquella noche. Era la habilidad de amar a una sola mujer con todo su corazón, para siempre… pero eso no podía comprarse con dinero.

– Una isla tropical -dijo por fin. Ella hizo una mueca-. Un club de fútbol… -la desilusión en los ojos de Daisy era patente. Pero no podía decirle la verdad-. Esto no es justo. Tú has tenido tiempo de pensarlo.

Robert estaba mintiendo. Daisy había visto algo en sus ojos; quería algo, necesitaba algo tan desesperadamente que no podía ponerlo en palabras. O tenía miedo de hacerlo.

– Otro día me lo dices -sonrió.

Normalmente, los silencios entre ellos eran agradables. Pero aquella noche el sonido de los cubiertos parecía incrementar la tensión.

Y no era un problema de palabras. Robert tenía el corazón lleno de palabras, todas deseando salir de su boca en una desesperada declaración de amor. Pero si lo hiciera Daisy no lo tomaría en serio. Peor que eso, se sentiría ofendida. Además, estaba enamorada de otro hombre.

– A ver si esto te vale -dijo, pensativo-. Si ganase la lotería, compraría los derechos de pesca de un río en Escocia y una pequeña casita en la orilla. Y un par de cañas. Una para ti y otra para mí.

– No puedes engañarme, Robert Furneval -sonrió ella, mirándolo a los ojos-. Solo me quieres a tu lado para que haga los bocadillos.

– Es verdad. Haces unos bocadillos estupendos -murmuró Robert, tomando su mano-. ¿Vendrías conmigo, Daisy?

– Gana la lotería y después pregúntame. Pero date prisa. Si yo gano primero, me subiré a ese barco y…

– Pero bueno, ¿qué es esto? Robert Furneval y Daisy Galbraith de la mano. Y bebiendo champán. ¿Hay algo que no le habéis contado al viejo Monty?

Daisy apartó la mano rápidamente.

– ¡Monty! ¿Qué estás haciendo aquí?

– Cubriendo la subasta, querida -contestó él, inclinándose para besarla en la mejilla-. Pensé que te encontraría aquí.

– Qué bien -murmuró ella, sin saber qué decir. Robert casi podía ver las antenas del periodista buscando la noticia.

– No hemos vuelto a hablar después de mi fiesta. ¿Lo pasaste bien?

– Sí. Estupendamente -contestó Daisy, nerviosa.

– Nick Gregson no lo pasó tan bien como esperaba. El pobre tuvo que soportar que le robaran a la chica de sus sueños delante de sus narices -sonrió Monty-. Eres muy listo, Robert.

Pero Robert tenía demasiada experiencia como para morder el anzuelo.

– Solo estaba ayudando a una amiga.

– Qué devoción. O quizá has heredado el ojo de tu madre para las cosas preciosas.

– Solo estoy aquí para firmar un cheque, Monty. Mi madre le ha pedido a Daisy que puje por un objeto en la subasta de mañana.

– ¿Ah, sí? Bueno, se me está enfriando la trucha, así que os dejo para que sigáis haciendo manitas -sonrió Monty-. Os espero en el bar después de cenar.

Robert lo observó volver a la mesa y después miró a Daisy.

– Monty es buena persona -lo disculpó ella-. Solo se estaba haciendo el gracioso. Pero, ¿qué está haciendo aquí? Él escribe la columna de vida social, no la de arte.

– Esta subasta es el último vestigio de una venerable dinastía con un armario heno de esqueletos -dijo Robert-. Esperemos que esté demasiado ocupado con ellos como para hablar de nosotros.

– Monty no haría eso -protestó Daisy.

– Es un periodista, cariño. Yo no estaría tan seguro.

Robert estaba esperando a Monty cuando este entró en el bar.

– ¿Estás solo?

– Daisy ha tenido un día muy duro. Podrás hablar con ella mañana, si el desmantelamiento de la dinastía Warbury no te tiene demasiado ocupado.

– No. La historia ya está escrita y documentada. Solo estoy buscando un par de toques más. Las hordas rebuscando entre los huesos y esas cosas.

– Pues aquí encontrarás toques como para llenar tu columna.

– Si esa es una forma de decir que no escriba sobre ti, Robert…

– No me importa que hables de mí, Monty. Pero espero que Daisy te importe lo suficiente como para no avergonzarla.

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