Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El Amor Secreto». Краткое содержание книги:

Daisy y Robert eran amigos desde la infancia, aunque en realidad ella siempre había estado enamorada de él. A Daisy no le preocupaba demasiado su aspecto personal y Robert era un conquistador nato que sólo veía en ella a una chica poco agraciada. Hasta que, con ocasión de una boda en la que era dama de honor, se vio obligada a maquillarse y ponerse un vestido precioso.
Robert descubrió que su amiga era una mujer atractiva que, además de esconder su belleza, tenía un amor secreto. Y él tenía que averiguar quién era ese hombre.
1 ... 10 11 12 13 14 15 16 17 18 ... 25
Перейти на страницу:

Robert llamó a la puerta, decidido. Pero no hubo respuesta.

Quizá estaría dándose un baño, pensaba, o quizá estaba concentrada en el catálogo de la subasta y no quería distracciones. Una semana antes aquello era lo que habría pensado, pero en aquel momento… quizá estaba en los brazos de su amante.

Robert volvió a llamar, aquella vez con más fuerza.

Daisy se despertó, sobresaltada. Por un momento, no sabía dónde estaba ni qué hora era y tuvo que mirar el reloj. Apenas había dormido veinte minutos.

Después escuchó un golpe en la puerta y, suspirando, se levantó del sillón convencida de que sería la camarera para abrir la cama.

– Hola, Daisy.

– ¡Robert! -exclamó ella, atónita. Robert entró en la habitación sin esperar que lo invitara.

No sabía lo que iba a encontrar, pero verla despeinada, medio dormida y envuelta en un batín de seda hizo que se le quedara la boca seca.

Cualquier pretensión de que aquello no era personal se fue por la ventana. Lo único que deseaba era tomarla en sus brazos y seguir haciendo lo que había empezado el sábado por la noche.

¿No era cierto que no había podido apartar a Daisy de su mente desde entonces? ¿No había despertado el monstruo de los ojos verdes al verla con Nick Gregson?

– Qué habitación más cómoda. Un poco grande para una persona sola, ¿no?

– No había elección. Era esto o un ático sin cuarto de baño -explicó ella-. Robert, ¿qué estás haciendo aquí?

– Tengo una misión -contestó él, mirando alrededor para ver si encontraba alguna señal de presencia masculina. Pero no había nada-. ¿Me invitas a un té?

– Estaba intentando decidirme entre un té y un coñac cuando me quedé dormida -confesó ella, pasándose una mano por el pelo-. ¿Qué clase de misión?

– Es demasiado pronto para un coñac.

– Probablemente, pero he tenido un día de perros -sonrió ella, tomando la tetera eléctrica y yendo al baño para llenarla de agua-. ¿Qué clase de misión, Robert? -insistió.

– Quizá la palabra «misión» es demasiado fuerte. Es más un recado. He venido a hacerte compañía, a invitarte a cenar… -Daisy salía del cuarto de baño en ese momento y lo miró, incrédula. El batín de seda dejaba ver un par de largas y esbeltas piernas y, en ese momento, Robert recordó las piernas de Daisy cuando era una adolescente. Entonces sus rodillas le parecían huesudas. Pero no lo eran. La idea lo hizo sonreír.

– ¿De qué te ríes?

– De nada -contestó él, poniéndose serio-. Te has hecho algo en el pelo.

– Ya te dije que iba a ir a la peluquería. No me han hecho mucho, solo cortarme un poco. Parece que el peluquero decidió que no valía la pena esforzarse -explicó ella-. ¿Por qué has venido, Robert?

– Para invitarte a cenar, ya te lo he dicho.

– Nadie en su sano juicio viajaría con este tiempo a menos que tuviera una buena razón.

– Eso es verdad.

– ¿Tenías que venir?

– Mi madre me pidió que viniera a Warbury con mi chequera para que pudieras pujar por no sé qué cosa oriental -explicó él, mientras Daisy enchufaba la tetera.

– Pues me temo que has hecho el viaje en balde. El plato que tu madre quería es una simple copia.

– ¿Falso?

– Falso, no. Una copia. Está hecho con auténtica porcelana china, pero es un modelo copiado en Europa. Engañaría a un aficionado, pero no a Jennifer.

– Qué pena. Pensaba regalárselo por su cumpleaños. ¿No hay ningún otro objeto que pueda interesarla? -preguntó Robert, observándola. Daisy tenía un aspecto diferente, era algo indescriptible, algo que nunca antes había visto.

– Es posible. ¿Cuánto quieres gastarte?

– No lo sé -se encogió él de hombros-. Lo sabré cuando vea el objeto.

– ¿Cuando lo veas?

– Claro. Ya que estoy aquí, me quedaré para la subasta.

– ¿Vas a quedarte? -preguntó ella. Por un momento, pensó en hablarle sobre el plato Kakiemon que había descubierto dentro de una de las cajas en la cocina de la mansión Warbury. Había pensado comprarlo ella misma para Jennifer, si podía conseguir un buen precio. Pero era imposible saber cómo reaccionaría la gente en una subasta y no quería entusiasmarse-. ¿Y dónde vas a dormir?

– En el ático sin cuarto de baño que tú no has querido, supongo -contestó él.

– No seas bobo, Robert. Todas las habitaciones están reservadas, no encontrarás nada libre.

Robert se dio cuenta de que ella no lo había entendido, pero no le explicó que había reservado la habitación.

– Bueno, tú tienes una cama libre y no me dejarás dormir bajo la lluvia, ¿verdad?

– No te disolverás, no te preocupes.

– Es posible, pero si no me quito estos zapatos pronto pillaré una neumonía y no podré ser el padrino en la boda de tu hermano…

– Y sin ti, tendrían que cancelar la boda, ¿no? -sonrió ella. Robert asintió-. Ni lo sueñes.

Ese era el típico intercambio de bromas entre amigos, pero Robert detectó una cierta tensión, un cierto nerviosismo. La segunda cama estaba reservada y tres eran multitud. Había esperado aquello y, sin embargo, una extraña impotencia parecía ahogarlo. Tenía que saber.

– Buscaré habitación en algún pueblo cercano, pero podemos cenar juntos.

– La verdad es que yo había pensado tomar un bocadillo e irme a la cama temprano -dijo ella, haciéndose un ovillo en el sillón.

– ¿Tú sola? -las palabras habían salido de su boca sin pensar.

– Vuelve a Londres, Robert. Si encuentro algo para tu madre, me lo pagarás otro día.

Ella no parecía haberse dado cuenta de la insinuación. O era muy buena disimulando.

– Al menos invítame a un té antes de echarme. Una tacita de té para entrar en calor -sonrió, echando el agua caliente en las tazas-. ¿Sabes una cosa? No tienes que preocuparte por tus rodillas. Son perfectas.

– Siempre han sido perfectas -bromeó ella, cubriéndose las piernas con el batín. ¿Por qué se mostraba tan tímida?, se preguntaba Robert. Sus piernas no eran exactamente un misterio para él. La había visto miles de veces en bañador cuando jugaban en el río de pequeños.

– ¿A qué hora empieza la diversión? -preguntó, apartando la mirada.

– ¿Qué diversión?

– La subasta.

– Ah, eso. A las diez, pero yo no lo describiría como una diversión. Con un poco de suerte, estaré de vuelta en Londres a las cinco.

– ¿Y quién va a llevarte?

– Volveré en tren.

– Si me quedo, yo podría llevarte -sonrió él, terminando su taza de té.

– Te aburrirías. No es una de esas subastas que salen en televisión, con cuadros que valen millones.

– He estado en otras subastas. ¿Seguro que no quieres cenar?

Daisy se levantó del sillón y lo acompañó a la puerta.

– Seguro. Pero gracias.

Robert alargó la mano para acariciar su cara.

– Estoy empezando a pensar que quieres librarte de mí, patito. No tendrás un amante escondido en el baño, ¿verdad?

– Vaya, me has pillado -rió ella. Sus labios eran más invitadores de lo que Robert nunca hubiera imaginado-. Por favor, conduce con cuidado -aconsejó, poniéndose de puntillas para besarlo. El aliento femenino en su cara, el roce de su pelo, todo aquello hacía que Robert sintiera un montón de emociones extrañas.

Una semana antes se hubiera reído ante la idea de que Daisy tuviera un amante. Pero, en aquel momento, no podía quitarse la idea de la cabeza. Y le dolía mucho más de lo que nunca hubiera imaginado.

Daisy se apoyó en la puerta, suspirando. En silencio, maldecía a Robert y a sí misma por amarlo tan desesperadamente.

Pero no podía hacerlo. No podía dejar que condujera bajo la lluvia aquella noche. No se lo haría a nadie y mucho menos al hombre que amaba, solo para ahorrarse la angustia de tenerlo cerca. Compartir dormitorio con él era una pesadilla, pero no podía dejarlo marchar.

1 ... 10 11 12 13 14 15 16 17 18 ... 25
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)