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Электронная книга - «Viaje de descubrimiento». Краткое содержание книги:

Era obvio que Quintero se había formado una opinión muy pobre de Bliss. Desde luego, a ella no le importaba lo que él pensara, difícilmente se volverían a encontrar. Pero entonces ella se dio cuenta de que Quin era el amigo a quien su cuñado había asignado para cuidarla en esa exótica tierra. Así que no podía hacer otra cosa mas que resignarse y ser cortés con ese hombre, a pesar de que le resultara insoportable ¡Sin embargo, no intentaba enamorase de el!
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Una vez que se bañó y se lavó el cabello, empezó a recuperar el equilibrio. Claro que aún no podía dilucidar por qué Quin la perturbaba de modo semejante. Ni por qué, cuando él nunca dio la menor muestra de sentirse atraído físicamente por ella, de pronto ella era poderosamente consciente de él como hombre.

Leya le llevó té y emparedados a la habitación. Bliss se alegró de tomar té, pero no tenía hambre. Tampoco sintió apetito cuando su reloj indicó que la cena se serviría en media hora.

Estaba muy tentada de quedarse en su cuarto, pero imaginó que Quin, quien siempre mostraba preocupación por el bienestar de ella iría a llamar a su puerta para saber lo que le pasaba. Así que se puso con rapidez un vestido adecuado para la cena. Lo último que necesitaba era que Quin tratara de averiguar por qué no tenía hambre. ¿Cómo podía explicarle algo que ni siquiera ella sabía con claridad?

Quin ya estaba en el comedor cuando Bliss entró allí. Todavía bastante sobresaltada, tuvo que inhalar hondo antes de abrir la puerta. Supo que la contemplaba con detenimiento y se alegró de poder desviar la mirada y fijarla en la bandeja de las bebidas Quin había preparado un Pisco Sour, un cóctel hecho con el brandy local, clara de huevo, jugo de limón y un poco de azúcar. La noche anterior Bliss lo había probado y declaró que estaba delicioso.

– ¿Ya te recuperaste de tus esfuerzos atléticos de esta tarde? -inquirió Quin al servirle una copa de Pisco Sour y dársela.

– Sí, gracias -contestó, ácida. ¿Acaso era una broma?

Ya estaban sentados a la mesa, cuando Bliss se alarmó al pensar que Quin se percató de su turbación cuando se aferró a él. Dios mío, ¿acaso creía que ella se sentía atraída por él?

Al ocurrírsele eso, Bliss ya no supo de qué charlar. Tampoco pudo despertar su apetito, aunque era obvio que la señora Gómez se había esmerado con la cena. Bliss hizo un esfuerzo sobrehumano por comer algo de sopa, carne y verdura.

– Tu apetito ha vuelto a desaparecer -notó Quin, enfadado, cuando la señora Gómez llevó el último platillo.

– No puedo evitarlo -replicó Bliss. Esa era la peor cena de su vida. Lo vio fruncir el ceño al verla y supo que, a pesar de que él alzaba la voz con frecuencia, le disgustaba que ella lo imitara.

– ¿Por qué no puedes evitarlo?

– Porque no puedo. Estoy bien físicamente, te lo aseguro -Bliss se irritó.

– Me da gusto saberlo -gruñó él, pero no dejó el tema por la paz-. Entonces como mentalmente estás alerta e inteligente, sólo puedo asumir que… -pareció escoger sus palabras- ocurrió algo que te perturbó -como Bliss lo supuso, Quin no tardó mucho tiempo en darse cuenta. Cuando volvió a hablar lo hizo con mucho más suavidad que antes y señaló el océano, con la cabeza-. ¿Todavía estás muy impresionada por pensar que te ibas a ahogar esta tarde? -inquirió.

– No pensé ni siquiera por un momento que me ahogaría -negó Bliss, muy acalorada, con mayor sinceridad de la que quiso. Deseo tragarse sus palabras cuando se percató de que habría podido usar ese pretexto para explicar su estado de ánimo y que acababa de desecharlo.

– ¡Ah! -Quin recordó con claridad el pánico de la joven y dedujo-. Pero es algo relacionado con el miedo que te invadió mientras te abracé en el mar -entonces, algo se le ocurrió, algo que no le agradó en absoluto pues profirió una maldición en su lengua materna-. Le aseguro, señorita, que mi única intención cuando la sostuve en mis brazos fue la de ayudarla. Nunca estuvo en peligro de ser violada.

Bliss se quedó boquiabierta. ¡Nunca se le ocurrió nada semejante! Claro que, cuando ya había desperdiciado un buen pretexto para disculpar su confusión, no estaba dispuesta a desperdiciar otro.

Pero no podía permitir que Quin creyera que ella tenía tan mala opinión de él. Sin embargo, debía tratar de desviar la atención de su persona y lograr que él ya no se preocupara más por su apetito. Así que mató dos pájaros de un tiro al preguntar:

– En ese caso, ¿podrías servirme un pedazo de ese delicioso pastel de queso? -se esforzó por mirarlo a los ojos, que estaban duros y fríos.

Esa noche, Bliss fue a acostarse consciente de que las cosas no estaban bien entre ella y Quin, pero sin saber qué podía hacer para arreglar la situación.

A la mañana siguiente, despertó con la certidumbre de que había llegado el momento de marcharse de esa casa. Durmió poco y, aunque de nuevo estaba en plena condición física, no se encontraba a gusto.

¿La miraría Quin con enfado cuando ella le anunciara que se marcharía? Lo dudaba.

Fue al desayunador, decidida a estar alegre y a revelarle a Quin su decisión.

– Buenos días -sonrió al entrar y ver que él ya estaba tomando café.

Lo vio dejar la taza en la mesa y observarla a ella de modo solemne. Justo cuando Bliss pensaba en cómo decirle que se iría, Quin saludó.

– Buenos días, Bliss -le ofreció su encantadora sonrisa y añadió. Hoy, en el interés de devolverte a tu pasión arqueológica, pensé que podríamos ir a Ica.

Bliss perdió de pronto su determinación.

– ¿Ica? -lo miró sin entender. El corazón le volvió a dar un pequeño salto mortal al presenciar esa sonrisa.

– Podría darte una explicación detallada, pero tan sólo te informaré que Paracas pertenece a la provincia de Pisco y que ambos lugares están situados en el departamento de Ica, que está a una hora por la carretera Panamericana. Si prometes terminar tu cena esta noche -bromeó-, entonces te prometeré a mi vez mostrarte el Museo Regional de Ica.

– Terminaré hasta la última migaja -prometió ella con cristalina risa. Estaba tan feliz de que él no la hubiera mirado con severidad, que pronto se sentó a su lado en el auto y recorrieron la carretera Panamericana, antes de que Bliss recordara que estuvo decidida a marcharse ese día.

Me iré mañana, decidió en ese instante. Y disfrutó de ver el valle fértil de Ica, que tenía una fama de cientos de años por sus viñedos y cultivos precolombinos.

Llegaron al museo arqueológico y Bliss fue a estudiar las cerámicas y textiles exhibidos, cuando se dio cuenta de que su concentración no era la de costumbre. Era consciente de Quin, quien estuvo a su lado todo el tiempo.

– ¿Qué te pareció?

– Increíble -sonrió la chica y se preguntó si, tal vez, un exceso de museos ya habría disminuido su interés.

Comieron en un pequeño hotel en Ica y Bliss se relajó durante la amena charla. Quin le preguntó acerca del resto de su familia en Inglaterra. Después de contarle acerca de su padre, madrastra y hermanastra, Bliss sintió que él no se ofendería si le hacía la misma pregunta.

– ¿Tienes hermanos o hermanas?

– Dos hermanos -contestó sin vacilar-. Los dos están casados y tienen hijos que… -de pronto se interrumpió y Bliss ansió no haberle hecho jamás esa pregunta. Era obvio que Quin iba a declarar que, como no se podía casar con Paloma Oreja, entonces no tenía deseos de hacerlo con nadie más. Y como los hijos de sus hermanos continuarían la tradición familiar, él podría quedarse soltero.

El ambiente se tensó demasiado. Quin estaba herido por su amor perdido ella lo sabía y de repente empezó a sentir un fuerte desagrado por esa mujer desconocida. También sintió el dolor de Quin… como si fuera propio.

El regreso a Paracas fue muy silencioso. Bliss sabía que Quin estaba sumido en sus tristes pensamientos, en los que no había sitio para ella.

Durante la cena se obligó a comer algo, aunque no tenía apetito. Observó que Quin comió muy poco. Esa noche, fue a acostarse con el ánimo por los suelos.

Al despertar, Bliss estuvo segura de que se marcharía ese mismo día. Se levantó temprano y, aunque era domingo, un día en que la mayoría de la gente se olvida de su empleo, tuvo la sensación de que el día no importaba para Quin cuando había trabajo que hacer. Tal vez eso se debía a que él era su propio jefe. De pronto, estuvo convencida de que Quin se marcharía a la oficina después de tomar el desayuno. No consideró que tal vez estaba saltando a conclusiones precipitadas, mientras se vistió y se aseó con rapidez. No perdió tiempo en ir al desayunador.

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