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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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¿Y los clanes defensivos especiales y secretos que también habían llegado a Jellicoe para asegurar la base oculta? Que ya no lo era, después de todo. Y también estaban las radicales de Kiel, en tierra. Y las Perkinitas, por supuesto. Todas tenían sus propios planes. Todas se sentían en peligro ante cualquier posible cambio en el orden social de Stratos.

Podría haber sido una situación fraguada con más violentos peligros, quizás el riesgo de una guerra abierta, si el objeto de su litigio no se hubiera evaporado en el aire ante los ojos de todas. Eliminada la pieza central de la lucha, el frenético ambiente de excesos tal vez se hubiera aliviado. Al menos las muertes habían cesado, por ahora.

Era demasiado complicado para concentrarse en ello durante mucho tiempo. Se alegró cuando una asistenta la llevó de regreso a su habitación, donde comió y luego echó una larga siesta. Más tarde, cuando Naroin apareció, Maia se sentía algo mejor, con la mente un poco más en camino de elaborar pensamientos racionales.

La ex contramaestre llevaba un puñado de delgados volúmenes encuadernados en cuero.

—Los enviaron antes de que zarpáramos, para cuando te sintieras mejor. Un regalo del comodoro Pinniped.

Maia miró a Naroin. El acento de la detective se había suavizado bastante. No es que ahora fuera refinado, ni de lejos. Pero había perdido gran parte de su duro tono náutico.

Los libros se encontraban junto a la cama. Maia acarició el lomo de uno, lo tomó, y abrió las finas páginas blancas.

Vida. Reconoció el tema al instante y suspiró. ¿Quién la necesita?

Sin embargo, el papel era un placer para el tacto. Incluso su olor era voluptuoso. Breves miradas a las ilustraciones, que contenían incontables muestras de diminutas casillas y puntos, parecieron tirar de un rincón de su mente igual que una luz brillante y brusca podría iniciar los principios de un estornudo.

—Siempre he creído que para algunos hombres era, bueno, casi adictivo, como una droga. ¿Es lo que tú sientes? —Naroin parecía sentir respeto y una auténtica curiosidad.

Maia apartó el libro. Tras varios segundos, asintió.

—Es agradable. —Tenía la garganta demasiado pastosa para decir más.

—Mm. Con todo el tiempo que he pasado entre marineros, se podría pensar que a mí también me gusta. —Naroin sacudió la cabeza—. No puedo decir que así sea. Me gustan los hombres. Me llevo bien con ellos. Pero supongo que algunas cosas están más allá del gusto o la repulsa.

—Supongo.

Hubo un momento de silencio, y entonces Naroin se acercó para sentarse en el borde de la cama.

—Por esto estaba en el viejo Wotan la primera vez que subiste a bordo, en Puerto Sanger. Mi experiencia como marinera me da cobertura para mi misión. El barco carbonero haría muchas paradas a lo largo de la costa. Me permitiría buscar pistas en los lugares adecuados.

—¿Para encontrar a un alienígena perdido?

—¡Lysos, no! —Naroin se echó a reír—. Oh, ya lo habían secuestrado entonces, pero mi clan no fue llamado a intervenir. Nuestras madres sabían que había pasado algo sucio, claro. Pero una agente de campo como yo se ciñe a su misión… al menos hasta que encuentre un motivo claro para cambiar de pista.

—El polvillo azul, entonces —dijo Maia, recordando el interés de Naroin por los acontecimientos de Lanargh.

—Eso es. Sabíamos que un grupo había empezado a distribuir la droga otra vez, a lo largo de la costa fronteriza. Sucede cada dos o tres generaciones. A menudo gastamos unas cuantas barras de monedas para localizarlas.

Allí estaba otra vez, el cambio de perspectiva que separaba a las vars de las clónicas. Lo que una veraniega había visto como urgente debía parecer menos acuciante desde el paciente punto de vista de las colmenas stratoianas.

—El polvillo existe desde hace tiempo, entonces. Déjame adivinar. Cada aparición es un poco menos preocupante que la anterior.

—Cierto —asintió Naroin—. Después de todo, las potenciaciones de invierno no tienen ningún efecto genético. Sólo se producen nuevas variantes en verano, cuando los esfuerzos del hombre se recompensan con auténticos retoños. Los varones que reaccionan menos a la droga son un poco más tranquilos y transmiten mejor esa tendencia. Cada aparición es un poco más suave, más fácil de reprimir.

—¿Entonces por qué es ilegal el polvillo?

—Tú misma lo has visto. Causa accidentes, violencia durante la época de tranquilidad. Da a los clanes ricos ventajas injustas sobre los pobres. Pero hay más. El polvillo se inventó con un propósito.

Maia parpadeó una, dos veces, entonces comprendió.

—A veces… puede ser útil tener hombres…

—Calientes como el fuego, incluso en mitad de la estación de la escarcha. Eso es.

—El Enemigo. Usamos esa droga durante la Defensa.

—Eso es lo que yo pienso. Lysos respetaba a Mamá Naturaleza. Si quieres que una tendencia pase a segunda fila, muy bien, pero eso no quiere decir que haya que olvidarla. Es mejor ponerla en un estante, de donde pueda volver a cogerse algún día.

Los pensamientos de Maia ya se habían desbocado. Las legisladoras del Consejo debieron de inundar Stratos con la droga durante la batalla para expulsar la nave del Enemigo.

Imagina a cada guerrero varón. Casi de la mañana a la noche, podría haber multiplicado la fuerza de la colonia, completando la habilidad y planificación femenina con una furia sin parangón en el universo.

¿Pero qué sucedió después de la victoria?

Los hombres buenos (los que podrían haber sido dignos de confianza en cualquier mundo del Phylum, incluso antes de Lysos) habrían renunciado voluntariamente al polvillo. O al menos conservado la cabeza hasta que se agotara. Pero hay todo tipo de hombres. No es difícil imaginar una plaga como la Revuelta de los Reyes estallando durante el caos posterior a la guerra. Sobre todo con toneladas de droga flotando alrededor.

¿Fue causa suficiente para traicionar a los Guardianes de Jellicoe?

Maia sabía que el Consejo no hacía las cosas sin un motivo.

—Supongo que tu misión cambió la siguiente vez que nos vimos —espoleó a Naroin.

La pequeña morena se encogió de hombros.

—Oí algunas cosas raras. Mercenarias conocidas recibían ofertas por toda la costa. Se informó de la presencia de agentes radicales deambulando por Grange Head. No fue difícil averiguar dónde podía echar un vistazo de cerca a lo que pasaba.

Maia frunció el ceño.

—No sospechaste que Baltha…

—¿Su traición, al pasarse a las saqueadoras? ¡No! Sabía que había tensión, por supuesto. Ahora que lo pienso, tal vez debería haberlo deducido… —Naroin se detuvo, sacudió la cabeza—. Haz caso a lo que te dice una experta, muchacha. No merece la pena echarte la culpa por algo que no puedes impedir. No mientras lo intentes.

Maia apretó los labios. Eso era exactamente lo que se había estado diciendo. Por la expresión en los ojos de Naroin, no se volvía mucho más creíble a medida que te hacías mayor.

Esa noche se enteró de quién había podido sobrevivir, y de quién había muerto.

Thalla, el capitán Poulandres, Baltha, Kau, la mayoría de las rads, la mayoría de las saqueadoras, casi todos los tripulantes del Manitú, incluido el joven navegante que había ayudado a Maia y a su gemela a encontrar el camino en la deslumbrante complejidad de la pared—mundo. La cifra era sorprendente. Incluso la endurecida Naroin, que había visto muchas batallas formales e informales, apenas podía creer que hubiesen encontrado tantísimos cadáveres en Jellicoe. ¿Es así la guerra?, pensó Maia. Por primera vez le pareció comprender, no sólo de modo abstracto, sino visceralmente, lo que había impulsado a las Fundadoras a tomar decisiones tan drásticas. Sin embargo, estaba decidida a no dejar que las propagandistas Perkinitas se aprovecharan de aquel episodio. Si conservo alguna libertad de acción, voy a asegurarme de que se sepa. Poulandres y sus hombres fueron obligados a luchar. Esto fue algo más que un simple caso de hombres convertidos en salvajes.

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