Tristezas de Bay City
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- Язык: испанский
- Жанр: Детективная фантастика
Электронная книга - «Tristezas de Bay City». Краткое содержание книги:
– No se anda con chiquitas,?verdad? -pregunto el doctor Austrian casi amablemente. -?Por que iba a hacerlo? Esta es una charla de hombre a hombre. No puedo demostrar nada. El escarpin que Matson robo es perfecto para un enredo, pero ante un tribunal no vale nada. Cualquier abogado defensor ridiculizaria a un mequetrefe como Greb, por mucho que lo trajeran para prestar testimonio. Sin embargo, a usted le costaria un paston conservar su licencia de medico.
– Entonces lo mejor seria que ahora le diera una parte.?A eso apunta? -pregunto en voz baja.
– No. Guardese el dinero para pagar un seguro de vida. Quiero dejar claro algo mas.?Esta dispuesto a reconocer, de hombre a hombre, que mato a su esposa?
– Si -replico sencilla y directamente, como si le hubiese pedido un cigarrillo.
– Me lo suponia, pero no es necesario. Usted vio a la persona que mato a su esposa porque esta dilapidaba dinero que para otra mujer podia ser muy divertido gastar. Tambien sabia que Matson estaba enterado y que Conried intentaba quitarsela de encima. Por eso se la Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 41 – cargaron…, anoche, en Brayton Avenue. No es necesario que siga encubriendola. Vi su foto en la repisa, la que dice Con todo mi amor, Leland, y la oculte. Ya no hace falta que la encubra porque Helen Matson ha muerto.
Me desplace en la silla cuando la automatica se disparo. Esta vez me habia dicho que no intentaria disparar, pero sin duda una parte de mi ser no quedo convencida. La silla cayo, acabe a gatas en el suelo y en ese instante un arma mucho mas sonora se disparo en la habitacion a oscuras donde estaba la camilla.
De Spain franqueo la puerta con la humeante arma de reglamento en su manaza derecha. -?Chico, que disparo! -exclamo y se detuvo sonriente.
Me levante y mire al otro lado del escritorio. El doctor Austrian estaba inmovil, se sujetaba la mano derecha con la izquierda y la movia suavemente. No tenia la automatica en la mano. Pasee la mirada por el suelo y la descubri junto al escritorio.
– Caramba, ni siquiera le he dado -anadio De Spain-. Solo le pegue a la automatica.
– Ha sido perfecto -dije-.?Y si me hubiese dado en la cabeza?
De Spain me miro serenamente y dejo de sonreir.
– Hay que admitir que le ha hecho pasar un mal rato.?De donde saco la idea de guardarse lo del escarpin verde?
– Me harte de ser su comparsa -replique-. Queria jugar un poco a mi manera. -?Cuanto hay de verdad en lo que dijo?
– Matson tenia el escarpin y algun significado debia de tener. He atado cabos y creo que todo es verdad.
El doctor Austrian se levanto lentamente del sillon y De Spain le apunto. El hombre delgado y ojeroso meneo lentamente la cabeza, se acerco a la pared y se recosto.
– Yo la mate -dijo con voz mortecina sin dirigirse a nadie en concreto-. No fue Helen. Yo la mate. Llame a la policia.
A De Spain se le demudo la expresion, se agacho, recogio la automatica con el mango de hueso y se la guardo en el bolsillo. Metio el arma de reglamento en la sobaquera, se sento ante el escritorio y se acerco al telefono.
– Ya vera como aparto de este asunto al jefe de Homicidios -afirmo imperterrito.
Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 42 -
UN TIO CON AGALLAS
El menudo jefe de policia entro con pasos ligeros, con el sombrero caido sobre la coronilla y las manos en los bolsillos de un abrigo oscuro y ligero. Llevaba algo grande y pesado en el bolsillo derecho del abrigo. Detras habia dos agentes de paisano y uno era Weems, el individuo fornido y de cara regordeta que me habia seguido hasta Altair Street. Cerraba la retaguardia Pequenajo, el poli uniformado que nos habiamos quitado de encima en Arguello Boulevard.
El jefe Anders se detuvo a pocos pasos de la puerta y me sonrio con cara de pocos amigos.
– Me han dicho que se ha divertido a lo grande en nuestra ciudad. Weems, pongale las esposas.
El hombre fornido rodeo a su jefe y saco las esposas del bolsillo izquierdo.
– Encantado de volver a verlo…, con los pantalones bajados -repitio con sorna.
De Spain se recosto en la pared contigua a la puerta de la sala de reconocimiento.
Mordisqueaba una cerilla y miraba en silencio. El doctor Austrian habia vuelto a sentarse en su sitio. Se sujetaba la cabeza con las manos y miraba el brillante tablero negro del escritorio, la toalla con hipodermicas, el pequeno calendario perpetuo de color negro, el juego de escritorio y unos pocos chismes mas. Estaba petreamente palido y no se movia, hasta parecia que no respiraba.
– Jefe, no se de muchas prisas -dijo De Spain-. Este tio tiene amigos en Los Angeles que estan investigando la muerte de Matson. El chico periodista tiene un cunado que es policia. ?A que no lo sabia?
El jefe hizo un movimiento impreciso con la barbilla.
– Weems, espere un momento -se dirigio a De Spain-.?Quiere decir que en la ciudad saben que Helen Matson ha sido asesinada?
El doctor Austrian alzo nervioso su rostro macilento. Se tapo con las manos y se cubrio toda la cara con sus largos dedos.
– Jefe, me refiero a Harry Matson. Esta noche…, anoche…, ahora… Moss Lorenz se lo cargo en Los Angeles.
El jefe parecio tragarse sus delgados labios y hablo con la boca fruncida: -?Como lo sabe?
– El detective y yo seguimos a Moss. Estaba escondido en la casa de un tal Greb, el analista de laboratorio que se encargo de la muerte de la senora Austrian. Moss se habia ocultado porque levantaria tal polvareda que el alcalde pensaria que le tocaba una nueva inauguracion, se presentaria con un ramo de flores y pronunciaria un discurso. Siempre y cuando nadie se ocupara de Greb y los Matson. Parece que los Matson trabajaban juntos, pese a estar divorciados. Le sacaban dinero a Conried y este decidio poner punto final a la situacion.
El jefe volvio la cabeza y ordeno a sus subalternos:
– Esperen en el pasillo.
El poli de paisano al que yo no conocia abrio la puerta y salio; Weems lo siguio luego de una ligera vacilacion. Pequenajo estaba a punto de franquear la puerta cuando De Spain dijo:
– Quiero que Pequenajo se quede. Es un buen policia, no se parece a los dos sobornadores de la brigada contra el vicio con los que se ha acostado ultimamente.
Pequenajo solto la puerta, se recosto en la pared y sonrio con disimulo. El jefe se puso rojo como un tomate. -?Quien le encomendo la muerte de la Brayton Avenue? -quiso saber.
Chandler, Raymond Tristezas de Bay City – 43 – -Yo mismo, jefe, yo mismo. Estaba en la sala de detectives uno o dos minutos despues de que llamaran y fui con Reed. Recogimos a Pequenajo. Tanto el como yo estabamos fuera de servicio.
De Spain hizo una mueca, una mueca severa y perezosa que no contenia diversion ni triunfalismo. Solo era una mueca.
El jefe saco un arma del bolsillo del abrigo. Media treinta centimetros y era de reglamento, pero sabia esgrimirla. Pregunto seriamente: -?Donde esta Lorenz?
– Escondido. Se lo hemos preparado. Tuve que darle unos cuantos golpes y al final hablo. ?No es verdad, detective?
– El dice algo que podria ser si o no, pero suena bien -dije.
– Asi se habla -afirmo De Spain-. Jefe, no deberia perder el tiempo con los homicidios.
Los detectives de juguete que dirige no saben nada del trabajo policial, salvo registrar apartamentos y asustar a las mujeres que viven solas. Devuelvame mi trabajo y deme ocho hombres y le ensenare a investigar un homicidio.
El jefe miro el pistolon y la cabeza hundida del doctor Austrian.
– De modo que mato a su esposa -comento en voz baja-. Supe que la posibilidad existia, pero no me lo crei.
– Y no se lo crea ahora -intervine-. La mato Helen Matson. El doctor Austrian lo sabe. La encubrio, usted lo encubrio a el y el medico aun sigue dispuesto a encubrirla. En algunos casos el amor llega hasta estos extremos. Jefe, en esta ciudad una chica puede cometer un crimen, lograr que sus amigos y la policia la encubran y a continuacion chantajear precisamente a las personas que le sacaron las castanas del fuego.
El jefe se mordio el labio. Su mirada era fulminante, pero estaba pensando…, pensaba freneticamente.