La Isla Bajo El Mar
- Автор: Альенде Исабель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Isla Bajo El Mar». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de Zarité, una muchacha mulata que a los nueve años es vendida como esclava al francés Valmorain, dueño de una de las más importantes plantaciones de azúcar de la isla de Santo Domingo. A lo largo de la novela viviremos cuarenta años de la vida de Zarité y lo que representó la explotación de esclavos en la isla en el siglo XVIII, sus condiciones de vida y cómo lucharon para conseguir la libertad. Pese a verse obligada a vivir en el ambiente sórdido de la casa del amo y verse forzada a acostarse con él, nunca se sentirá sola. Una serie de personajes de lo más variopinto apoyarán a nuestra protagonista para seguir adelante hasta conseguir la libertad para las futuras generaciones. Mujeres peculiares como Violette, que se dedica a la prostitución o Loula, la mujer que organiza su negocio; Tante Rose, la curandera, Celestine o Tante Matilde, la cocinera de la plantación: personajes con este punto de magia que dan un ambiente y un color especial a la novela. Los amos desprecian y maltratan a los esclavos. Estos a su vez organizan rebeliones, una de las cuales provoca un incendio en la plantación. Valmorain huye de la mano de Zarité. Ella ha criado a Maurice, hijo de Valmorain que crece junto a Rosette la propia hija de Zarité y su amo. Como esclava, también estará al servicio de las dos esposas de Valmorain: dos personajes totalmente distintos pero muy bien caracterizados por la autora. Conforme avanza la novela nuestro personaje alcanza la dignidad que le corresponde. Vivirá su propia historia de amor y conseguirá la libertad.
Isabel Allende le da voz a una luchadora que saldrá adelante en la vida sin importar las trampas que el destino le tiende.
A los veintisiete años Eugenia había perdido la belleza que enamoró a Toulouse Valmorain en aquel baile del consulado en Cuba, estaba consumida por obsesiones y debilitada por el clima y los abortos espontáneos. Su deterioro comenzó a manifestarse al poco tiempo de llegar a la plantación y se acentuó con cada embarazo que no llegó a buen término. Le tomó horror a los insectos, cuya variedad era infinita en Saint-Domingue, usaba guantes, sombrero de ala ancha con un tupido velo hasta el suelo y camisas de mangas largas. Dos niños esclavos se turnaban para abanicarla y aplastar cualquier bicho que apareciera en su proximidad. Un escarabajo podía provocarle una crisis. La manía llegó a ser tan extrema, que rara vez salía de la casa, especialmente al atardecer, la hora de los mosquitos. Pasaba ensimismada y sufría momentos de terror o de exaltación religiosa, seguidos por otros de impaciencia en que golpeaba a cualquiera a su alcance, pero nunca a Tété. Dependía de la muchacha para todo, aun los menesteres más íntimos, era su confidente, la única que permanecía a su lado cuando la atormentaban los demonios. Tété cumplía sus deseos antes de que fueran formulados, estaba siempre alerta para pasarle el vaso de limonada apenas la sed se manifestaba, coger en el aire el plato que lanzaba al suelo, acomodarle las horquillas que le clavaban la cabeza, secarle el sudor o sentarla en la bacinilla. Eugenia no notaba la presencia de su esclava, sólo su ausencia. En sus ataques de espanto, cuando gritaba hasta quedar sin voz, Tété se encerraba con ella a cantarle o rezar hasta que se le disipaba la pataleta y se desmoronaba en un sueño profundo, del que emergía sin recuerdos. En sus largos períodos de melancolía la niña se introducía en su lecho para acariciarla como un amante hasta que se agotaba de llorar. «¡Qué vida tan penosa la de doña Eugenia! Es más esclava que yo, porque no puede escapar a sus terrores», le comentó una vez Tété a Tante Rose. La curandera conocía de sobra sus sueños de libertad, porque le había tocado sujetarla varias veces, pero desde hacía un par de años, la muchacha parecía resignada a su destino y no había vuelto a mencionar la idea de fugarse.
Tété fue la primera en darse cuenta de que las crisis de su ama coincidían con el llamado de los tambores en las noches de calenda, cuando los esclavos se reunían a bailar. Esas calendas solían convertirse en ceremonias vudú, que estaban prohibidas, pero Cambray y los commandeurs no intentaban impedirlas por temor a los poderes sobrenaturales de la mambo, Tante Rose. A Eugenia los tambores le anunciaba espectros, brujerías y maldiciones, todas sus desgracias eran culpa del vudú. En vano el doctor Parmentier le había explicado que el vudú nada tenía de espeluznante, era un conjunto de creencias y rituales como cualquier religión, incluso la católica, y muy necesario, porque le daba sentido a la miserable existencia de los esclavos. «¡Hereje! Francés tenía que ser para comparar la santa fe de Cristo con las supersticiones de estos salvajes», clamaba Eugenia. Para Valmorain, racionalista y ateo, los trances de los negros estaban en la misma categoría que los rosarios de su mujer y en principio no se oponía a ninguno de los dos. Toleraba con igual ecuanimidad las ceremonias vudú y las misas de los frailes que solían dejarse caer en la plantación atraídos por el ron fino de su destilería. Los africanos recibían el bautismo en masa apenas los desembarcaban en el puerto, como exigía el Código Negro, pero su contacto con el cristianismo no pasaba de eso y de aquellas misas a la carrera de los frailes trashumantes. Si el vudú los consolaba, no había razón para impedirlo, opinaba Toulouse Valmorain.
En vista del deterioro inexorable de Eugenia, su marido quiso llevársela a Cuba, a ver si el cambio de ambiente la aliviaba, pero su cuñado Sancho le explicó por carta que el buen nombre de los Valmorain y los García del Solar estaba en juego. Discreción antes que nada. Sería muy inconveniente para los negocios de ambos que se comentara la chifladura de su hermana. De paso manifestó cuán abochornado se sentía por haberle dado en matrimonio a una mujer deschavetada. En verdad no lo sospechaba, porque en el convento su hermana nunca presentó síntomas perturbadores y cuando se la mandaron parecía normal, aunque bastante corta de luces. No se acordó de los antecedentes familiares. Cómo iba a imaginar que la melancolía religiosa de la abuela y la histeria delirante de la madre fueran hereditarias. Toulouse Valmorain no hizo caso de la advertencia de su cuñado, se llevó a la enferma a La Habana y la dejó al cuidado de las monjas durante ocho meses. En ese tiempo Eugenia nunca mencionó a su marido, pero solía preguntar por Tété, que se había quedado en Saint-Lazare. En la paz y el silencio del convento se tranquilizó y cuando su marido la fue a buscar la encontró más sana y contenta. La buena salud le duró poco en Saint-Domingue. Muy pronto volvió a quedar embarazada, se repitió el drama de perder el niño y nuevamente se salvó de morir por la intervención de Tante Rose.
En las breves temporadas en que Eugenia parecía repuesta de su trastorno, la gente en la casa grande respiraba aliviada y hasta los esclavos en los cañaverales, que sólo la vislumbraban de lejos cuando se asomaba al aire libre envuelta en su mosquitero, sentían la mejoría. «¿Todavía soy bonita?», le preguntaba a Tété, palpándose el cuerpo que había perdido toda voluptuosidad. «Sí, muy bonita», le aseguraba la joven, pero le impedía mirarse en el espejo veneciano del salón antes de que la bañara, le lavara el cabello, le pusiera uno de sus vestidos finos, aunque pasados de moda, y la maquillara con carmín en las mejillas y carboncillo en los párpados. «Cierra los postigos de la casa y enciende hojas de tabaco para los insectos, voy a cenar con mi marido», le ordenaba Eugenia, más animada. Así ataviada, vacilante, con ojos desorbitados y manos temblorosas por el opio, se presentaba al comedor, donde no había puesto los pies en semanas. Valmorain la recibía con una mezcla de sorpresa y desconfianza, porque nunca se sabía cómo terminarían esas esporádicas reconciliaciones. Después de tantos sinsabores matrimoniales había optado por dejarla de lado, como si ese fantasma entrapajado no tuviese relación con él, pero cuando Eugenia aparecía vestida de fiesta en la luz halagadora de los candelabros, a él le volvía la ilusión por unos instantes. Ya no la amaba, pero era su esposa y tendrían que permanecer juntos hasta la muerte. Aquellos chispazos de normalidad solían conducirlos a la cama, donde él la asaltaba sin preámbulos, con urgencia de marinero. Esos abrazos no lograban unirlos ni traer de vuelta a Eugenia al terreno de la razón, pero a veces conducían a otro embarazo y así se repetía el ciclo de esperanza y frustración. En junio de ese año se supo que estaba encinta de nuevo y nadie, mucho menos ella, se animó a celebrar la noticia. Por coincidencia, hubo una calenda la misma noche que Tante Rose le confirmó su estado y ella creyó que los tambores le anunciaban la gestación de un monstruo. La criatura en su vientre estaba maldita por el vudú, era un niño zombi, un muerto vivo. No hubo forma de calmarla y su alucinación llegó a ser tan vivida que se la contagió a Tété. «¿Y si fuera cierto?», le preguntó ésta a Tante Rose, temblando. La curandera le aseguró que jamás nadie había engendrado un zombi, había que hacerlos con un cadáver fresco, un procedimiento nada fácil, y propuso conducir una ceremonia para el mal de la imaginación que sufría el ama. Esperaron a que Valmorain se ausentara y Tante Rose procedió a revertir la supuesta magia negra de los tambores con complicados rituales y encantamientos destinados a transformar al pequeño zombi en un bebé normal. «¿Cómo sabremos si esto ha dado resultado?», preguntó Eugenia al final. Tante Rose le dio a beber una tisana nauseabunda y le dijo que si orinaba azul todo había salido bien. Al día siguiente Tété retiró una bacinilla con un líquido azul que tranquilizó a Eugenia sólo a medias, porque creyó que le habían puesto algo a la bacinilla. El doctor Parmentier, a quien no le dijeron ni una palabra sobre la intervención de Tante Rose, ordenó mantener a Eugenia Valmorain en una larga duermevela hasta que diera a luz. Para entonces había perdido la esperanza de sanarla, creía que el ambiente de la isla la estaba matando poco a poco.