La Isla Bajo El Mar
- Автор: Альенде Исабель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Isla Bajo El Mar». Краткое содержание книги:
Esta es la historia de Zarité, una muchacha mulata que a los nueve años es vendida como esclava al francés Valmorain, dueño de una de las más importantes plantaciones de azúcar de la isla de Santo Domingo. A lo largo de la novela viviremos cuarenta años de la vida de Zarité y lo que representó la explotación de esclavos en la isla en el siglo XVIII, sus condiciones de vida y cómo lucharon para conseguir la libertad. Pese a verse obligada a vivir en el ambiente sórdido de la casa del amo y verse forzada a acostarse con él, nunca se sentirá sola. Una serie de personajes de lo más variopinto apoyarán a nuestra protagonista para seguir adelante hasta conseguir la libertad para las futuras generaciones. Mujeres peculiares como Violette, que se dedica a la prostitución o Loula, la mujer que organiza su negocio; Tante Rose, la curandera, Celestine o Tante Matilde, la cocinera de la plantación: personajes con este punto de magia que dan un ambiente y un color especial a la novela. Los amos desprecian y maltratan a los esclavos. Estos a su vez organizan rebeliones, una de las cuales provoca un incendio en la plantación. Valmorain huye de la mano de Zarité. Ella ha criado a Maurice, hijo de Valmorain que crece junto a Rosette la propia hija de Zarité y su amo. Como esclava, también estará al servicio de las dos esposas de Valmorain: dos personajes totalmente distintos pero muy bien caracterizados por la autora. Conforme avanza la novela nuestro personaje alcanza la dignidad que le corresponde. Vivirá su propia historia de amor y conseguirá la libertad.
Isabel Allende le da voz a una luchadora que saldrá adelante en la vida sin importar las trampas que el destino le tiende.
Entre 1751 y 1757, cuando Macandal sembró la muerte entre los blancos de la colonia, Toulouse Valmorain era un niño mimado que vivía en las afueras de París en un pequeño château, propiedad de la familia desde hacía varias generaciones y no había oído nombrar a Macandal. No sabía que su padre había escapado por milagro de los envenenamientos colectivos en Saint-Domingue y que si no hubieran cogido a Macandal, el viento de la rebelión habría barrido la isla. Postergaron su ejecución para dar tiempo a los plantadores a llegar hasta Le Cap con sus esclavos; así los negros se convencerían de una vez para siempre de que Macandal era mortal. «La historia se repite, nada cambia en esta isla maldita», le comentó Toulouse Valmorain a su mujer, mientras recorrían el mismo camino que hiciera su padre años antes por la misma razón: para presenciar un escarmiento. Le explicó que ésa era la mejor forma de desalentar a los revoltosos, como habían decidido el gobernador y el intendente, quienes por una vez estuvieron de acuerdo en algo. Esperaba que el espectáculo tranquilizara a Eugenia, pero no imaginó que el viaje iba a volverse una pesadilla. Estaba tentado de dar media vuelta y regresar a Saint-Lazare, pero no podía hacerlo, los plantadores debían presentar un frente unido contra los negros. Sabía que circulaban chismes a sus espaldas, decían que estaba casado con una española medio loca, que era arrogante y aprovechaba los privilegios de su posición social, pero no cumplía con sus obligaciones en la Asamblea Colonial, donde el sillón de los Valmorain permanecía desocupado desde la muerte de su padre. El Chevalier había sido un monárquico fanático, pero su hijo despreciaba a Luis XVI, ese monarca irresoluto en cuyas manos gordinflonas descansaba la monarquía.
Macandal
La historia de Macandal, que su marido le había contado, desató la demencia de Eugenia, pero no la causó, porque corría por sus venas: nadie le había dicho a Toulouse Valmorain cuando aspiraba a su mano en Cuba, que había varias lunáticas en la familia García del Solar. Macandal era un bozal traído de África, musulmán, culto, leía y escribía en árabe, tenía conocimientos de medicina y plantas. Perdió el brazo derecho en un horrendo accidente, que habría matado a otro menos fuerte, y como quedó inutilizado para los cañaverales, su amo lo mandó a cuidar ganado. Recorría la región alimentándose de leche y frutos, hasta que aprendió a usar la mano izquierda y los dedos de los pies para tender trampas y hacer nudos; así pudo cazar roedores, reptiles y pájaros. En la soledad y el silencio recuperó las imágenes de su adolescencia, cuando se entrenaba para la guerra y la caza, como correspondía a un hijo de rey: frente alta, pecho erguido, piernas rápidas, ojos alerta y la lanza empuñada con firmeza. La vegetación de la isla era diferente a la de las regiones encantadas de su juventud, pero empezó a probar hojas, raíces, cortezas, hongos de muchas clases y descubrió que unos servían para curar, otros para provocar sueños y estados de trance, algunos para matar. Siempre supo que iba a fugarse, porque prefería dejar el pellejo en los peores suplicios antes que seguir siendo esclavo; pero se preparó con cuidado y esperó con paciencia la ocasión propicia. Al fin se largó a las montañas y desde allí inició la sublevación de esclavos que habría de sacudir la isla como un terrible ventarrón. Se unió a otros cimarrones y pronto se vieron los efectos de su furia y su astucia: un ataque por sorpresa en la noche más oscura, resplandor de antorchas, golpes de pies desnudos, gritos, metal contra cadenas, incendio en los cañaverales. El nombre del mandinga iba de boca en boca repetido por los negros como una oración de esperanza. Macandal, el príncipe de Guinea, se transformaba en pájaro, lagartija, mosca, pez. El esclavo atado al poste alcanzaba a ver pasar una liebre a la carrera antes de recibir el latigazo que lo sumiría en la inconsciencia: era Macandal, testigo del suplicio. Una iguana impasible observaba a la muchacha que yacía violada en el polvo. «Levántate, lávate en el río y no olvides, porque pronto vendré con el desquite», silbaba la iguana. Macandal. Gallos decapitados, símbolos pintados con sangre, hachas en las puertas, una noche sin luna, otro incendio.
Primero empezó a morir el ganado. Los colonos lo atribuyeron a una planta mortífera que crecía disimulada en los campos y emplearon, sin resultados, a botánicos europeos y hechiceros locales para descubrirla y erradicarla. Después fueron los caballos en los establos, los perros bravos y por fin cayeron fulminadas familias completas. A las víctimas se les hinchaba el vientre, se les ponían negras las encías y las uñas, se les aguaba la sangre, se les desprendía la piel a pedazos y morían en medio de atroces retortijones. Los síntomas no calzaban con ninguna enfermedad de las que asolaban las Antillas, pero sólo se manifestaban en los blancos; entonces ya no cupo duda de que era veneno. Macandal, otra vez Macandal. Caían los hombres al beber un trago de licor, las mujeres y los niños por una taza de chocolate, todos los invitados de un banquete antes de que sirvieran el postre. No se podía confiar en la fruta de los árboles ni en una botella de vino cerrada, ni siquiera en un cigarro, porque no se sabía en qué forma se administraba el veneno. Torturaron a centenares de esclavos sin averiguar cómo entraba la muerte en las casas, hasta que una chiquilla de quince años, una de tantas que el mandinga visitaba por las noches en forma de murciélago, ante la amenaza de ser quemada viva dio la pista para encontrar a Macandal. La quemaron de todos modos y su confesión condujo a los milicianos a la guarida de Macandal, escalando a pie como cabras por picos y quebradas hasta las cimas cenicientas de los antiguos caciques arahuacos. Lo cogieron vivo. Para entonces habían muerto seis mil personas. «Es el fin de Macandal», decían los blancos. «Veremos», susurraban los negros.
La plaza se hizo estrecha para el público que acudió de las plantaciones. Los grands blancs se instalaron bajo sus toldos, provistos de meriendas y bebidas, los petits blancs se resignaron a las galerías y los affranchis alquilaron los balcones en torno a la plaza, que pertenecían a otra gente libre de color. La mejor vista fue reservada para los esclavos, arreados por sus amos desde lugares distantes, para que comprobaran que Macandal era sólo un pobre negro manco que se asaría como un puerco. Amontonaron a los africanos alrededor de la hoguera, vigilados por los perros, que tironeaban de sus cadenas, enloquecidos por el olor humano. La mañana de la ejecución amaneció nublada, caliente y sin brisa. El tufo de la compacta multitud se mezclaba con el de azúcar quemada, grasa de las fritangas y flores salvajes que crecían enredadas en los árboles. Varios frailes asperjaban con agua bendita y ofrecían un buñuelo por cada confesión. Los esclavos habían aprendido a engañar a los frailes con pecados confusos, ya que las faltas admitidas iban directo a las orejas del amo, pero en esa ocasión nadie estaba de ánimo para buñuelos. Esperaban jubilosos a Macandal.
El cielo encapotado amenazaba con lluvia y el gobernador calculó que apenas alcanzaría el tiempo antes del chapuzón, pero debía esperar al intendente, representante del gobierno civil. Por fin aparecieron en uno de los dos palcos de honor el intendente y su esposa, una adolescente agobiada por el pesado vestido, el tocado de plumas y el disgusto; era la única francesa de Le Cap que no deseaba estar allí. Su marido, todavía joven aunque la doblaba en edad, era patizambo, nalgudo y panzón, pero tenía una hermosa cabeza de antiguo senador romano bajo su complicada peluca. Un redoble de tambores anunció la aparición del prisionero. Lo recibió un coro de amenazas e insultos de los blancos, burlas de los mulatos y gritos de frenético entusiasmo de los africanos. Desafiando a los perros, los latigazos y las órdenes de capataces y soldados, los esclavos se pusieron de pie, saltando con los brazos al cielo para saludar a Macandal. Eso produjo una reacción unánime, incluso el gobernador y el intendente se levantaron.