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Desaparecida [Long Lost-es]

Электронная книга - «Desaparecida [Long Lost-es]». Краткое содержание книги:

Myron Bolitar no es uno más. Es la única esperanza de Terese Collins. Hace ocho años ambos huyeron a una isla caribeña para dedicarse a amarse. Pero ella desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro, incluso para alguien tan avieso como Bolitar. Hasta que sonó el teléfono a las cinco de la mañana. Sólo dijo: «Ven a Parísۛ», dejando el aroma de un encuentro romántico, sensual, lleno de fantasías, con el que recuperar el tiempo perdido. Pero Bolitar ya presagiaba que Terese había pronunciado aquellas palabras con otra intención: era un grito de socorro.
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.
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– ¡Todo el mundo al suelo! -le grité a la multitud, y entonces, porque piensas cosas raras incluso en momentos como éste, me pregunté cómo se decía eso en francés o si podían traducirlo o, bueno, el fuego de ametralladora les daría una pista.

Agachado, corrí en la dirección opuesta al movimiento de la furgoneta, hacia donde había estado aparcada. Escuché el chirrido de los neumáticos. Más disparos. Llegué a la esquina y continué corriendo.

Me encontraba de nuevo en la Rué Dauphine. El hotel estaba a unos noventa metros.

¿Podía llegar?

Me arriesgué a mirar atrás. La furgoneta había retrocedido para dar la vuelta. Busqué una calle o un callejón en el que meterme.

Nada. ¿O quizás…?

Había una callejuela al otro lado. Pensé en cruzar, pero entonces quedaría más expuesto. La furgoneta avanzaba hacia mí a toda velocidad. El cañón de un arma asomaba por una ventanilla.

Estaba muy al descubierto.

Movía las piernas como pistones. Mantenía la cabeza gacha, como si eso fuese a convertirme en un blanco más pequeño. Había personas en la calle. Algunas dedujeron lo que estaba pasando y se dispersaron. A otras me las llevé por delante y las hice caer.

– ¡Agáchense! -gritaba porque tenía que gritar alguna cosa.

Otra descarga. Sentí como una bala pasaba por encima de mi cabeza, noté el aire que me movía el pelo.

Entonces escuché las sirenas.

Era otra de aquellas horrorosas sirenas francesas, el pitido corto y estridente; nunca creí que me alegraría tanto de escuchar aquel horrible sonido.

La furgoneta se detuvo. Me moví a un lado y me aplasté contra la pared. La furgoneta dio marcha atrás para dirigirse hacia la esquina. Tenía el arma en la mano y me pregunté si debía disparar. La furgoneta probablemente estaba muy lejos y había demasiados transeúntes en el camino. Ya había sido bastante temerario.

No me gustaba la idea de que huyesen, pero no quería ver las calles acribilladas por más balas.

Se abrió la puerta trasera del vehículo. Vi aparecer a un hombre. Cicatrices se había levantado. Había sangre en su rostro y me pregunté si le habría roto la nariz. Dos días, dos narices rotas. Un buen trabajo si cobrase por ello.

Cicatrices necesitaba ayuda. Miró a lo largo de la calle en mi dirección, pero yo estaba demasiado lejos como para que me viese. Resistí la tentación de saludarlo. Escuché de nuevo las sirenas, que se acercaban. Me giré y vi que dos coches de la poli venían hacia mí.

Los polis se apearon de un salto y me apuntaron con las armas. Por un momento me quedé sorprendido, dispuesto a explicar que aquí yo era el bueno, pero entonces quedó claro. Sujetaba un arma en la mano. Había disparado a alguien.

Los polis gritaron algo que deduje era una orden para que me quedase quieto y levantase las manos, y fue lo que hice. Dejé caer el arma al pavimento y me agaché con una rodilla en el suelo. Los polis corrieron hacia mí.

Miré de nuevo hacia la furgoneta. Quería señalársela a los polis, decirles que la persiguiesen, pero sabía cómo interpretarían cualquier movimiento súbito. Los polis me gritaban órdenes y yo no entendía ninguna de ellas, así que me mantuve inmóvil.

Entonces vi algo que me hizo pensar en echar mano a la pistola.

La puerta trasera de la furgoneta estaba abierta. Cicatrices estaba subiendo. El otro hombre saltó detrás de él y comenzó a cerrar las puertas en el momento en que la furgoneta comenzaba a moverse. El ángulo cambió y solo por un segundo -en realidad menos tiempo, quizás medio segundo- pude ver el interior.

Estaba a bastante distancia, quizás entre sesenta y setenta metros, así que puedo estar equivocado. A lo mejor no estaba viendo lo que creía ver.

Me dominó el miedo. No pude evitarlo; comencé a levantarme. Así estaba de desesperado. Estaba preparado para coger el arma y disparar a los neumáticos. Pero ahora tenía a los polis encima. No sé cuántos eran. Cuatro o cinco. Se lanzaron contra mí y me aplastaron contra el pavimento.

Me resistí y sentí algo agudo, tal vez el extremo de una porra, que se clavaba en los riñones. No me detuve.

– ¡La furgoneta verde! -grité.

Eran demasiados. Sentí que me tiraban los brazos hacia atrás.

– Por favor -fui consciente del miedo desbocado en mi voz e intenté dominarlo-, tienen que detenerlos.

Mis palabras no obtuvieron ningún resultado. La furgoneta había desaparecido. Cerré los ojos e intenté retener el recuerdo de aquel medio segundo. Porque lo que había visto en el interior -o lo que creía haber visto- antes de que se cerrasen las puertas de la furgoneta y se la tragasen por entero era una muchacha con largos cabellos rubios.

10

Dos horas más tarde, estaba en mi apestosa celda en el 36 Quai des Orfevres.

La policía me interrogó durante mucho tiempo. Intenté explicarme lo más llanamente posible y les rogué que buscasen a Berleand. Procuré mantener mi voz firme mientras les decía que buscasen a Terese Collins en el hotel -me preocupaba que el que había venido a por mí pudiese estar interesado también en ella- y sobre todo repetí el número de matrícula de la furgoneta y les dije que la víctima de un secuestro podía estar en la parte trasera.

Primero me dejaron en la calle, lo que era curioso, pero también tenía sentido. Estaba esposado y tenía a dos agentes conmigo todo el tiempo, cada uno sujetándome de un codo. Querían que les explicase qué había pasado.

Me llevaron de nuevo al café Le Buci, en la esquina. La mesa todavía estaba volcada. Había una mancha de sangre en ella. Expliqué lo que había hecho. Ningún testigo había visto a Cicatrices empuñar el arma, solo mi contraataque. Al hombre al que había herido de un disparo se lo habían llevado en una ambulancia. Esperaba que eso significase que estaba vivo.

– Por favor -dije por enésima vez-, el capitán Berleand puede explicarlo todo.

A juzgar por su lenguaje corporal, llegué a la conclusión de que los polis se mostraban un tanto escépticos y aburridos acerca de todo lo que yo decía. Pero no puedes juzgar por el lenguaje corporal. Lo he aprendido a lo largo de los años. Los polis son siempre escépticos; además, de ese modo consiguen más información. Siempre se comportan como si no te creyesen y sigues hablando, intentas defenderte, explicarte y dices cosas que quizás no deberías.

– Tienen que encontrar la furgoneta -repetí-, y de nuevo recité el número de la matrícula como si fuese un mantra.

– Mi amiga se aloja en el D'Aubusson. -Señalé por la calle Rué Dauphine, di el nombre de Terese y el número de habitación.

A todo esto, los polis asentían y respondían con preguntas que no tenían nada que ver con lo que acababa de decir. Contesté las preguntas y continuaron mirándome como si cada palabra que saliera de mi boca fuese un invento.

Entonces me metieron de nuevo en la celda. No creo que nadie la haya limpiado desde mi última visita. O desde que murió De Gaulle. Me preocupaba Terese. Además estaba un tanto preocupado por mí mismo. Le había disparado a un hombre en un país extranjero. Eso se podía demostrar. Lo que no era demostrable -lo que sería difícil, por no decir imposible de corroborar- era mi versión del incidente.

¿Le había disparado a aquel tipo?

Sin ninguna duda. Tenía un arma en la mano.

¿Me hubiese disparado a mí?

No esperé a saberlo. Así que disparé primero. ¿Cómo haces algo así aquí, en Francia?

Me pregunté si alguien más había resultado herido. Había visto más de una ambulancia. Supongo que algún inocente había sido alcanzado por el fuego de la ametralladora. Eso iba a recaer sobre mí. Supongo que si me hubiese ido con Cicatrices, ahora estaría con la chica rubia. Para que hablen de estar aterrorizado. ¿Qué estaría pensando y sintiendo aquella chica, en la caja de la furgoneta, probablemente herida dado que había sangre en la escena del crimen de su padre?

¿Había sido testigo del asesinato de su padre?

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