El Duque Y Yo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Duque Y Yo». Краткое содержание книги:
Desde que fue presentada en sociedad, Daphne no tiene un momento de respiro. La culpa es de su madre, a la que adora, pero que está obsesionada con encontrarle un marido cuanto antes. Lo peor del caso es que los hombres razonablemente deseables no están interesados, y los que sí lo están son unos incansables pesados de los que tiene que librarse… incluso a golpes. Por eso acepta encantada la idea del duque de Hastings de fingir un noviazgo que ahuyente a los pretendientes. Aunque quizá también tenga algo que ver el hecho de que el joven duque comienza a resultarle cada vez más seductor.
Marcado por una infancia llena de soledad y resentimiento, Simon Basset, el nuevo duque de Hastings, no quiere saber nada de la vida social de Londres ni, desde luego, de los intentos de las elegantes damas de “cazarlo” como marido para sus hijas. Cuando conoce a Daphne, cree haber encontrado el plan perfecto: un compromiso ficticio que mantenga alejadas a las pretendientes que lo agobian. Y cuando la atracción fingida comienza a convertirse en algo demasiado real, Simon deberá enfrentarse a los fantasmas del pasado que le impiden disfrutar la felicidad que el destino pone al alcance de su mano.
– En realidad, me enorgullezco de eso -dijo Colin.
– Afortunadamente, mamá ha podido tomarse un descanso de los innegables encantos de Colin -dijo Anthony-. Acaba de regresar de un largo viaje por Europa.
– He llegado esta misma noche -dijo Colin, con una sonrisa infantil. Tenía un aire juvenil y despreocupado. Simon pensó que no debía ser mucho mayor que Daphne.
– Yo también acabo de regresar de mis viajes -dijo Simon.
– Sí, bueno, pero según tengo entendido usted ha viajado por todo el mundo -dijo Colin-. Me encantaría escucharle hablar de las tierras lejanas.
– Será un placer -dijo Simon, educadamente.
– ¿Ha conocido a Daphne? -preguntó Benedict-. Es la única Bridgerton que está desaparecida.
Simon estaba considerando cuál sería la mejor respuesta a esa pregunta cuando Colin soltó una carcajada y dijo:
– Pobre Daphne; no está desaparecida. Ya le gustaría, pero no.
Simon miró hacia el otro lado del baile, donde estaba Daphne junto a una mujer que debía ser su madre, y parecía completamente agobiada.
Y entonces se le ocurrió que Daphne era otra de esas chicas casaderas a las que sus madres paseaban por todas partes. Le había parecido demasiado sensible y directa para ser una de ellas pero, claro, tenía que serlo. No debía tener más de veinte años y como todavía conservaba el apellido Bridgerton estaba claro que era soltera. Y como tenía una madre… bueno, seguro que se veía sometida a interminables presentaciones.
Parecía tan agobiada como él cuando se había visto rodeado de jóvenes y madres. Aquello lo hizo sentirse mucho mejor.
– Uno de nosotros debería ir a rescatarla -bromeó Benedict.
– No -dijo Colin, sonriendo-. Mamá sólo la ha tenido con Macclesfield diez minutos.
– ¿Macclesfield? -preguntó Simon.
– El conde -dijo Benedict-. El hijo de Castleford.
– ¿Diez minutos? -dijo Anthony-. Pobre Macclesfield.
Simon lo miró con curiosidad.
– Y no lo digo porque Daphne sea aburrida -se apresuró a añadir Anthony-. Pero cuando mamá se empecina en…
– Perseguir -dijo Benedict, para ayudar a su hermano.
– … a un caballero -dijo, con un gesto de agradecimiento hacia su hermano-, puede ser de lo más…
– Exasperante -dijo Colin.
Anthony sonrió.
– Exacto.
Simon miró a Daphne, su madre y el conde. Daphne parecía muy agobiada; Macclesfield no dejaba de mirar a un lado y otro en busca de la salida más cercana; mientras lady Bridgerton tenía un brillo tan ambicioso en los ojos que Simon sintió pena por el pobre conde.
– Deberíamos salvar a Daphne -dijo Anthony.
– Yo también lo creo -añadió Benedict.
– Y a Macclesfield -dijo Anthony.
– Por supuesto -añadió Benedict.
Pero Simon vio que ninguno de los dos hacía ningún movimiento.
– Sólo palabras, ¿no? -dijo Colin, sonriendo.
– Tú tampoco estás corriendo para salvarla -respondió Anthony.
– Ni lo sueñes. Pero yo no he dicho que quisiera hacerlo. En cambio, vosotros…
– ¿Qué diablos os pasa? -preguntó Simon, al final.
Los tres hermanos Bridgerton lo miraron con la misma mirada de culpabilidad.
– Deberíamos salvar a Daphne -dijo Anthony.
– Yo también lo creo -añadió Benedict.
– Lo que mis hermanos no se atreven a admitir -dijo Colin, con sorna-, es que mi madre les asusta.
– Es verdad -dijo Anthony, con un gesto de impotencia.
– Lo admito abiertamente -añadió Benedict.
Simon pensó que nunca había visto nada igual. Allí estaban los hermanos Bridgerton. Altos, apuestos, musculosos, con todas las jóvenes del país suspirando por ellos y ellos totalmente acobardados por una mujer.
Aunque, claro, esa mujer era su madre. Tenía que tenerlo en cuenta.
– Si voy a rescatar a Daff-explicó Anthony-, caeré en las garras de mamá, y en ese caso estaré perdido.
Simon se atragantó con la súbita risa que le provocó la idea de la madre de Anthony paseándolo por el baile y presentándolo a todas las jóvenes solteras.
– Ahora entiendes por qué huyo de estas fiestas como de la plaga- dijo Anthony-. Me atacan por los dos lados. Si las jóvenes casaderas y sus madres no me encuentran, mi madre se asegura de que sea yo quien las encuentre.
– ¡Oye! -exclamó Benedict-. Hastings, ¿por qué no vas tú?
Simon lanzó una mirada a lady Bridgerton que, en ese momento tenía a Macclesfield agarrado por el brazo, y decidió que prefería que lo tacharan de cobarde.
– No nos han presentado, así que creo que sería de lo más inapropiado -dijo.
– Yo no estoy tan seguro -dijo Anthony-. Eres un duque.
– ¿Y?
– ¿Y? -repitió Anthony-. Mamá perdonaría cualquier comportamiento inapropiado si eso significara que un duque le dedicara su tiempo a Daphne.
– Escúchame atentamente -dijo Simon, muy serio-. No soy ningún cordero al que sacrificar en el altar de tu madre.
– Has pasado mucho tiempo en África, ¿no? -interrumpió Colin.
Simon lo ignoró.
– Además, tu hermana dijo…
Los tres Bridgerton se giraron inmediatamente hacia él. En ese mismo instante, Simon supo que había metido la pata. Y bien metida.
– ¿Conoces a Daphne? -preguntó Anthony, en un tono demasiado educado para la intranquilidad de Simon.
Antes de que pudiera responder, Benedict se inclinó hacia él y dijo:
– ¿Por qué no nos lo habías dicho?
– Sí -dijo Colin, con la expresión seria por primera vez en toda la noche-. ¿Por qué?
Simon los miró y entendió perfectamente por qué Daphne seguía soltera. Ese beligerante trío espantaría a todos los pretendientes menos al más decidido, o el más estúpido.
Y eso explicaría lo de Nigel Berbrooke.
– Bueno -dijo Simon-. Me la encontré en la entrada del salón. Era bastante obvio -dijo, mirándolos lentamente-, que era un miembro de vuestra familia, así que me presenté.
Anthony se giró hacia Benedict.
– Debió ser cuando huía de Berbrooke.
Benedict se giró hacia Colin.
– Por cierto, ¿qué ha pasado con Berbrooke? ¿Lo sabes?
Colin se encogió de hombros.
– No tengo la menor idea. Posiblemente, se ha marchado a casa a curarse el corazón roto.
«O la cabeza rota», pensó Simon.
– Bueno, eso lo explica todo -dijo, Anthony, dejando el semblante de hermano mayor para volver a ser el amigo de alma.
– Excepto -dijo Benedict, algo receloso-, por qué no nos lo había dicho.
– Porque no he tenido la oportunidad- respondió Simon, levantando los brazos en señal de rendición- Por si no te has dado cuenta, Anthony, tienes muchos hermanos y necesita mucho tiempo para te los presenten a todos.
– Sólo estamos dos -puntualizó Colin.
– Me voy a casa -dijo Simon-. Estáis locos los tres.
Benedict, que parecía el hermano más protector, sonrió de repente.
– No tienes hermanas, ¿verdad?
– No, gracias a Dios.
– Cuando tengas una hija, lo entenderás
Simon estaba seguro de que nunca tendría una hija, pero no dijo nada.
– Una hermana sirve de prueba -dijo Anthony.
– Y aunque Daff es mejor que la mayoría de chicas de su edad -dijo Benedict-, no tiene tantos pretendientes como las demás.
Simon no entendía por qué.
– No sé bien por qué -dijo Anthony-. Es muy agradable.
Simon pensó que no era el mejor momento para confesar que le había faltado poco para acorralada contra la pared, apretar la cadera a las suyas y besarla apasionadamente. Para ser sincero, si no hubiera descubierto quién era, seguramente lo habría hecho.
– Daff es la mejor-dijo Benedict
Colin asintió.
– La mejor. Es fantástica.
Se produjo una extraña pausa y, entonces Simon dijo:
– Bueno, fantástica o no, no voy a ir a salvarla porque me dejó muy claro que vuestra madre le ha prohibido que la vieran en mi compañía en público.