Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Torres de medianoche - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
1 ... 151 152 153 154 155 156 157 158 159 ... 300
Перейти на страницу:

Consiguió soltar la mano de la de él, echó a correr y desapareció en la noche, mientras la oscuridad la envolvía como un sudario. Perrin dio un Paso con la mano extendida.

Oyó algo a su espalda. Se volvió despacio y se encontró con algo enorme. Una sombra que se alzaba imponente, amenazadora, y absorbía la luz de la luna. Esa cosa parecía privarlo de la respiración, absorberle la propia vida y la voluntad.

La cosa se hizo más alta. Más que los árboles, un monstruo gigantesco con brazos gruesos como barriles, la cara y el cuerpo desdibujados en las sombras. Abrió unos ojos de un color rojo intenso, como dos enormes carbones encendidos que cobraran vida.

«¡Tengo que luchar contra eso!», pensó Perrin, y el martillo apareció en su mano. Dio un paso adelante, pero luego lo pensó mejor. ¡Luz! Esa cosa era inmensa. No podía luchar contra ese horror, no en un espacio abierto, como en el que se encontraba. Necesitaba encontrar un escondrijo.

Dio media vuelta y echó a correr a través del bosque hostil. La cosa lo siguió. Perrin oía cómo chascaba ramas y sentía temblar la tierra con las pisadas. Un poco más adelante vio a la mujer; la fina vestidura blanca la había frenado al engancharse en una rama, pero ella la soltó de un tirón y siguió corriendo.

El monstruo se acercaba, amenazador. ¡Lo alcanzaría, lo consumiría, lo destruiría! Le gritó a la mujer y extendió los brazos hacia ella. La mujer miró hacia atrás por encima del hombro y tropezó.

Perrin masculló una maldición. Llegó junto a ella a trompicones para ayudarla a levantarse. ¡Pero esa cosa estaba muy cerca!

Entonces, habría que luchar. El corazón le golpeaba en el pecho y latía tan deprisa como un pájaro carpintero picoteando un pino. Con las manos sudorosas, se volvió asiendo el martillo para afrontar a la horrible cosa que había detrás. Se interpuso entre ese monstruo y la mujer.

La cosa se irguió y se hizo más grande mientras aquellos ojos rojos relucían llameantes. ¡Luz! El no podía luchar contra eso, ¿verdad? Necesitaba alguna clase de ventaja.

—¿Qué es eso? —le preguntó a la mujer, desesperado—. ¿Por qué nos persigue?

—Es él —musitó la mujer—. El Dragón Renacido.

Perrin se quedó paralizado. El Dragón Renacido. Pero… Pero el Dragón Renacido era Rand.

«Es una pesadilla —se recordó a sí mismo—. Nada de esto es real. ¡No debo dejarme atrapar en ella!»

El suelo tembló, como si gimiera. Notaba el calor de los ojos del monstruo. Un ruido atropellado sonó a su espalda cuando la mujer se levantó y echó a correr, dejándolo solo.

Perrin se puso de pie; las piernas le temblaban y el instinto le gritaba que huyera. Pero no. Y tampoco debía luchar contra eso. No debía aceptar que aquello era real.

Un lobo aulló y entonces apareció en el claro de un brinco. Fue como si Saltador hiciera retroceder a la oscuridad. El monstruo se agachó hacia él y alargó la gigantesca mano para aplastarlo.

Esto era un callejón.

En Caemlyn.

No era real.

¡No lo era!

La oscuridad que los rodeaba se desvaneció. La inmensa criatura de sombras se deformó en el aire como un trozo de tela que se estirara. La luna desapareció. Un trozo de tierra —la pisoteada y sucia de un callejón apareció bajo los pies de ambos.

Entonces, con un chasquido, el sueño se evaporó. Perrin se encontró de nuevo en la sucia callejuela, con Saltador a su lado y sin el menor indicio del bosque ni de la horrenda criatura que alguien había imaginado como el Dragón Renacido.

Perrin exhaló muy despacio. Le goteaba sudor de la frente y alzó la mano para limpiárselo, aunque de inmediato deseó en cambio que se disipara.

Saltador desapareció y Perrin lo siguió para encontrarse de nuevo en el mismo tejado de antes. Se sentó. El mero hecho de recordar esa sombra le producía un escalofrío.

—Parecía tan real… —dijo—. Una parte de mí sabía que era una pesadilla, pero no podía resistir el impulso de luchar o de huir. Cuando hacía cualquiera de las dos cosas, la criatura se volvía más fuerte, ¿verdad?

Sí. No debes creer lo que ves.

Perrin asintió con un cabeceo.

—Había una mujer allí —explicó—. ¿Tampoco era real? ¿Era parte del sueño?

Sí.

—A lo mejor era la que lo soñó, la que tuvo la pesadilla original y se quedó atrapada en ella aquí, en el Sueño del Lobo.

Los humanos que sueñan no permanecen mucho tiempo en este lugar, transmitió Saltador. Para él, ahí acababa ese tema de conversación. Eres fuerte, Joven Toro. Lo hiciste bien. Olía a estar orgulloso.

—Fue una ayuda cuando la mujer llamó a esa cosa el Dragón Renacido. Eso me demostró que no era real. Me ayudó a creer que no lo era.

Lo hiciste bien, cachorro tonto, repitió el lobo. A lo mejor puedes aprender.

—Sólo si sigo practicando. Tenemos que hacer eso otra vez. ¿Puedes encontrar otro?

Si. Siempre hay pesadillas cuando tu especie anda cerca. Siempre, fue la respuesta de Saltador.

El lobo, sin embargo, miró hacia el norte otra vez. Perrin había pensado que lo que lo había distraído antes eran los sueños, pero no parecía que se debiera a eso.

¿Qué pasa ahí arriba? —preguntó—. ¿Por qué no dejas de mirar ya? proyectó el lobo.

¿El qué?

La Última Cacería. Empieza. O no.

Perrin arrugó la frente y se puso de pie.

—¿Quieres decir ahora mismo?

La decisión se tomará. Pronto.

—¿Qué decisión?

Las proyecciones de Saltador eran confusas, y él no acertaba a descifrarlas. Luz y oscuridad, un vacío y fuego, frialdad y un calor terrible, espantoso. Todo ello mezclado con lobos aullando, llamando, prestando fuerza.

Ven. Saltador se levantó y miró hacia el norte.

Desapareció y él lo siguió. Cambio. Perrin apareció en la falda del Monte del Dragón, junto a una afloración rocosa.

—Luz —musitó Perrin, que miraba hacia arriba sobrecogido.

La tormenta que se había estado preparando durante meses había alcanzado el punto crítico. Un agitado cúmulo de tempestuosos nubarrones dominaba el cielo y cubría la cima de la montaña. Giraba despacio en el aire cual un enorme vórtice de negrura y descargaba relámpagos que saltaban a las nubes que había por encima. En otras partes del Sueño del Lobo las nubes eran tormentosas, aunque lejanas. Aquí la sensación era de inmediatez.

Aquello era… el punto de convergencia de algo. Perrin lo sentía. A menudo, el Sueño del Lobo reflejaba cosas del mundo real de forma extraña o inesperada.

Saltador se hallaba plantado en el afloramiento. Perrin percibía lobos por toda la falda del Monte del Dragón; y en un número que era mayor incluso del que había en la zona no hacía mucho.

Esperan. La Última Cacería llega, proyectó Saltador.

Cuando Perrin expandió la mente, descubrió que se acercaban otras manadas que aún estaban lejos, pero que se dirigían hacia la montaña. Perrin alzó la vista para contemplar el monstruoso pico. La tumba del Dragón, Lews Therin. Era un monumento a su locura, un monumento tanto a su fracaso como a su éxito. A su orgullo y a su propia inmolación.

—Los lobos. ¿Se reúnen para la Última Cacería? —preguntó Perrin.

Sí. Si tiene lugar.

Perrin se volvió hacia el lobo para mirarlo.

—Acabas de decir que ocurriría: La Última Cacería llega.

Ha de hacerse una elección, Joven Toro. Un camino conduce hacia el Monte del Dragón. El otro camino no conduce a la Última Cacería.

—Ya, pero ¿a qué conduce, entonces?

A nada.

Perrin abrió la boca para insistir, pero entonces toda la fuerza de la proyección de Saltador le llegó de golpe. Nada para el lobo significaba una guarida vacía porque los tramperos se habían llevado a todos los cachorros. Una noche sin estrellas. La luna apagándose. El olor a sangre añeja, enranciada, seca, deshecha en escamillas dispersas al viento.

Perrin cerró la boca. El cielo siguió bullendo con esa negra tormenta. La olfateaba en el aire, en el olor a árboles rotos y a tierra triturada, a campos anegados y a chispas de rayos. Como le ocurría muy a menudo, sobre todo últimamente, esos efluvios parecían contrastar con el mundo que lo rodeaba. Uno de sus sentidos le advertía que se hallaba en el mismo centro de una catástrofe, mientras que para los demás todo iba bien.

1 ... 151 152 153 154 155 156 157 158 159 ... 300
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)