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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Quizá la finalidad de la cúpula era otra. Perrin memorizó unas cuantas formaciones rocosas peculiares a lo largo del perímetro de la cúpula y después siguió a Saltador hasta un saliente rocoso de poca altura. El lobo se bajó de un salto y desapareció en el aire de repente; Perrin fue tras él.

Captó el olor del destino de Saltador en el aire, a mitad de camino entre el saliente y el suelo, y se dirigió hacia allí, en pleno salto. Apareció a unos dos pies por encima de una rutilante extensión azul. Sorprendido, cayó al agua con un fuerte chapoteo.

Soltó el martillo y nadó con brazadas frenéticas. Saltador estaba encima del agua y lo miraba con una desaprobadora expresión lobuna.

Mal. Todavía necesitas aprender, criticó el lobo.

Perrin tosió y escupió agua.

El mar se tornó tempestuoso, pero Saltador seguía sentado tranquilamente en las encrespadas olas. De nuevo miró hacia el norte, pero después volvió los ojos hacia Perrin.

El agua te angustia, Joven Toro.

—Sólo me sorprendí —se justificó, nadando con fuerza.

¿Por qué?

¡Porque no me esperaba esto!

¿Y por qué esperar algo? Cuando sigues a otro, es posible que acabes en cualquier sitio.

—Lo sé.

Perrin escupió una bocanada de agua. Apretó los dientes y después se imaginó de pie en el agua, como Saltador. Gracias a la Luz, se alzó sobre el mar y se quedó erguido sobre la superficie. Era una sensación extraña notar bajo él las ondulaciones del agua.

Así no vencerás a Verdugo, proyectó el lobo.

Entonces, seguiré aprendiendo.

Queda poco tiempo.

—Aprenderé más deprisa.

¿Puedes?

—No queda otra opción.

Podrías elegir no luchar contra él.

Perrin movió la cabeza en un gesto enérgico de negación.

—¿Huimos de nuestra presa? Si lo hacemos, será la presa la que nos dé caza a nosotros. Me enfrentaré a él y tengo que estar preparado.

Hay un modo. El lobo olía a preocupación.

—Haré lo que sea preciso.

Sígueme.

Saltador desapareció y Perrin captó un olor inesperado: basura y barro, madera ardiendo y carbón. Gente.

Cambio. Perrin se encontró en el tejado de un edificio en Caemlyn. Sólo había estado una vez en esa ciudad y fue una visita breve. Ver la hermosa Ciudad Interior frente a él —edificios antiguos, cúpulas y torres en lo alto de la colina como pinos majestuosos en la cumbre de una montaña coronada— lo hizo pararse. Se encontraba cerca de la muralla antigua, detrás de la cual se extendía la Ciudad Nueva.

Saltador estaba sentado a su lado y contemplaba la hermosa ciudad. Gran parte de ésta, según se decía, era obra de los Ogier, y Perrin no lo ponía en duda ante la maravillosa belleza de sus construcciones. Se decía que Tar Valon era más grandiosa que Caemlyn. Creer posible tal cosa no resultaba fácil.

—¿Por qué hemos venido a esta ciudad? —preguntó.

Los hombres sueñan aquí, contestó el lobo.

En el mundo real, lo hacían. Aquí, el lugar estaba desierto. Había luz suficiente para ser de día a pesar de las nubes tormentosas que cubrían el cielo, y Perrin tuvo la sensación de que las calles deberían estar abarrotadas de gente. Mujeres yendo y viniendo al mercado. Nobles a caballo. Carretas cargadas de barriles de cerveza y sacos de grano. Niños correteando, rateros buscando un posible objetivo, trabajadores reemplazando adoquines del pavimento, afanosos vendedores ambulantes ofreciendo empanadas de carne a todos ellos.

En cambio, había vislumbres. Sombras. Un pañuelo caído en la calle. Puertas que estaban abiertas en cierto momento y al siguiente, cerradas. Una herradura asomando en el barro de un callejón. Era como si se hubieran llevado de repente a todos, secuestrados por Fados o por algún monstruo salido del relato tenebroso de un bardo.

Abajo apareció una mujer durante unos segundos. Llevaba un precioso vestido verde y dorado. Contempló la calle con ojos vidriosos y entonces desapareció. La gente aparecía de vez en cuando en el Sueño del Lobo. Perrin suponía que debía pasarles cuando estaban dormidos, como parte de sus sueños naturales.

Este sitio no es un lugar sólo de lobos. Es un sitio de todos, dijo Saltador.

—¿De todos? —preguntó Perrin, que se sentó en las tejas.

Todas las almas conocen este sitio. Vienen aquí cuando lo buscan.

—Cuando sueñan.

Sí. El lobo se tendió a su lado. Los sueños-espanto de los hombres son fuertes. Muy fuertes. A veces, esos sueños terribles vienen aquí.

La proyección era un lobo enorme, grande como un edificio, que derribaba a golpes a lobos mucho más pequeños que intentaban morderlo. En Saltador se percibía un efluvio de terror y muerte, como… En una pesadilla.

Perrin asintió despacio con la cabeza.

Muchos lobos han quedado atrapados en los tormentos de esos sueños-terror. Aparecen con más frecuencia en donde los humanos caminan, aunque los sueños viven sin aquellos que los crearon.

El lobo miró a Perrin.

Cazar en los sueños-terror te enseñará a tener fortaleza. Pero podrías morir. Es muy peligroso.

—Ya no tengo tiempo para elegir estar a salvo —contestó Perrin—. Hagámoslo.

Saltador no le preguntó si estaba seguro. Saltó a la calle y Perrin lo siguió, cayendo con suavidad en el pavimento. El lobo empezó a correr a largas zancadas calle abajo, así que él se puso al trote.

—¿Cómo los encontramos?

Olfatea miedo. Terror, proyectó Saltador.

Perrin cerró los ojos e hizo una profunda inhalación. Cuando las puertas se abrían un instante y se cerraban, en el Sueño del Lobo podía oler cosas un momento y después no quedaba rastro. Patatas de invierno rancias. Estiércol de un caballo que había pasado. Un pastel horneándose.

Cuando abría los ojos, no veía ninguna de esas cosas. En realidad no estaban allí, pero casi. Podrían haber estado.

Allí, dijo el lobo, que desapareció. Perrin fue tras él y apareció a su lado en la boca de un angosto callejón. Dentro estaba demasiado negro para que la oscuridad fuera natural.

Entra, instruyó Saltador. No permanecerás mucho tiempo la primera vez. Iré a buscarte. Recuerda que no es. Recuerda que es falso.

Preocupado, pero decidido, Perrin entró en el callejón. Las paredes a ambos lados eran negras, como si estuvieran pintadas. Sólo que… Eran demasiado oscuras para que fuera pintura. ¿Era un puñado de hierba lo que había pisado? En lo alto, el cielo había dejado de bullir y le pareció que se veían estrellas atisbando el mundo. Una luna pálida, demasiado grande, apareció en el cielo medio oculta tras las nubes. Irradiaba un brillo frío, como hielo.

Ya no estaba en la ciudad. Dio media vuelta, alarmado, y se encontraba en un bosque. Los árboles tenían troncos gruesos y pertenecían a especies que no le resultaban conocidas. Las ramas estaban peladas, con la corteza de un color gris desvaído; parecían huesos bajo la fantasmagórica luz que llegaba de arriba.

¡Tenía que volver a la ciudad! Salir de ese horrible lugar. Se dio la vuelta.

Algo surgió de repente en la noche, y Perrin se volvió hacia allí.

—¿Quién va? —gritó.

Una mujer irrumpió de la oscuridad corriendo a trompicones. Llevaba una vestidura amplia de color blanco, poco más que una camisola, y el largo cabello, de color negro, ondeaba tras ella. Lo vio y se paró en seco; después dio media vuelta e hizo intención de correr en otra dirección.

Perrin la atajó, la asió de la mano y tiró de ella hacia atrás. La mujer forcejeó, y aplastó y hundió el blando suelo margoso con los pies al intentar escabullirse. Jadeaba. Inhalar, exhalar. Inhalar, exhalar. Olía a desesperación.

—¡He de saber por dónde se sale! —gritó Perrin—. Hemos de regresar a la ciudad.

La mujer le sostuvo la mirada.

—Él viene —susurró.

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