La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
público a los oficiales de la compañía que extravió las reses. ¡Este fracaso será un estigma en su carrera! Para castigar a los yagunzos por el golpe de buena suerte que les ha regalado ciento cincuenta reses, el tiroteo de hoy es el doble de intenso. Como el problema de la alimentación asume caracteres críticos, el General Osear y su Estado Mayor envían a los lanceros gauchos —que nunca han desmentido su fama de grandes vaqueros — y al Batallón 27 de Infantería, a conseguir comestibles «de donde sea y como sea», pues el hambre causa ya daño físico y moral en las filas. Los lanceros retornan al anochecer con veinte reses, sin que el General les pregunte la procedencia; son inmediatamente carneadas y distribuidas entre la Favela y la «línea negra». El General y sus adjuntos dan disposiciones para mejorar la comunicación entre los dos campamentos y el frente. Se establecen rutas de seguridad, se las jalona de puestos de vigilancia y se sigue reforzando la barricada. Con su energía de costumbre, el General prepara, también, la partida de los heridos. Se fabrican angarillas, muletas, se reparan las ambulancias y se hace una lista de los que partirán.
Duerme esa noche en su barraca de la Favela. A la mañana siguiente, cuando está desayunando su café con galletas de maicena, se da cuenta que llueve. Boquiabierto, observa el prodigio. Es una lluvia diluvial, acompañada de un viento silbante que lleva y trae las trombas de agua turbia. Cuando sale a empaparse, regocijado, ve que todo el campamento chapotea bajo la lluvia, en el barro, en un estado de fervor. Es la primera lluvia en muchos meses, una verdadera bendición después de estas semanas de calor endemoniado y de sed. Todos los cuerpos almacenan el precioso líquido en los recipientes de que disponen. Con sus prismáticos trata de ver lo que ocurre en Canudos, pero hay una neblina espesa y no distingue siquiera las torres. La lluvia no dura mucho, unos minutos después, está allí, de nuevo, el viento cargado de polvo. Ha pensado muchas veces que cuando esto termine, su memoria conservará de manera indeleble esos ventarrones continuos, deprimentes, que presionan las sienes. Mientras se quita las botas para que su ordenanza les saque el barro, compara la tristeza de este paisaje sin verde, sin siquiera una mata floreada, con la exuberancia vegetal que lo rodeaba en el Piauí.
—Quién me iba a decir que echaría de menos mi jardín —le confiesa al Teniente Pinto Souza, que prepara la Orden del Día—. Nunca entendí la pasión de mi esposa por las flores. Las podaba y regaba todo el día. Me parecía una enfermedad encariñarse con un jardín. Ahora, frente a esta desolación, lo comprendo.
Todo el resto de la mañana, mientras despachaba con distintos subordinados, piensa de manera recurrente en la polvareda que ciega y sofoca. Ni dentro de las barracas se escapa al suplicio. «Cuando uno no come polvo con asado, come asado con polvo. Y siempre aderezado de moscas», piensa.
Un tiroteo lo saca de esas filosofías, al atardecer. Una partida de yagunzos se lanza de pronto —emergiendo de la tierra como si hubieran cavado un túnel bajo la «línea negra» — contra un crucero de la barricada, con la intención de cortarla. El ataque toma de sorpresa a los soldados, que abandonan la posición, pero, una hora después, los yagunzos son desalojados con grandes pérdidas. El General Osear y los oficiales llegan a la conclusión de que el ataque tenía por objeto proteger a las trincheras de la Fazenda Velha. Todos los oficiales sugieren por eso ocuparlas, a como dé lugar: eso precipitará la rendición del cubil. El General Osear traslada tres ametralladoras de la Favela a la «línea negra».
Ese día, los lanceros gauchos vuelven al campamento con treinta reses. La tropa goza de un banquete, que mejora el humor de todo el mundo. El General Osear inspecciona los dos Hospitales de Sangre, donde se realizan los últimos preparativos para la partida de los enfermos y heridos. Para evitar escenas desgarradoras anticipadas, ha decidido dar a conocer sólo en el momento de la partida los nombres de los que emprenderán viaje. Esa tarde, los artilleros le muestran, alborozados, cuatro cajas repletas de obuses para los Krupp 7,5 que una patrulla ha encontrado en el camino de las Umburanas. Los proyectiles están en perfecto estado y el General Osear autoriza lo que el Teniente Macedo Soares, responsable de los cañones de la Favela, llama «un fuego de artificio». Sentado junto a ellos y tapándose los oídos con algodones, como los servidores de las piezas, el General asiste al disparo de sesenta obuses, dirigidos todos contra el corazón
de la resistencia de los traidores. Entre la polvareda que las explosiones levantan, observa con ansiedad las altas moles que sabe atestadas de fanáticos. Pese a estar desconchadas y con huecos, resisten. ¿Cómo sigue en pie el campanario de la Iglesia de San Antonio, que parece un colador y que está más ladeado que la famosa Torre de Pisa? Durante todo el bombardeo, espera ávidamente ver desmoronarse esa torrecilla en ruinas. Dios debería concederle esa dádiva, para inyectar un poco de entusiasmo a su espíritu. Pero la torre no cae.
A la mañana siguiente, está de pie al alba para despedir a los heridos. Van en la expedición sesenta oficiales y cuatrocientos ochenta soldados, todos los que los médicos creen en condiciones de llegar a Monte Santo. Entre ellos, se halla el jefe de la Segunda Columna, General Savaget, cuya herida en el vientre lo tiene inutilizado desde que llegó a la Favela. El General Osear se alegra de verlo partir, pues, aunque sus relaciones son cordiales, siente incomodidad frente a ese General sin cuya ayuda, está seguro, la Primera Columna hubiera sido exterminada. Que los bandidos fueran capaces de llevarlo a esa especie de matadero, con tanta habilidad táctica, es algo que, pese a la falta de otras pruebas, todavía hace pensar al General Osear que los yagunzos pueden estar asesorados por oficiales monárquicos y hasta por ingleses. Aunque esta posibilidad ha dejado de mencionarse en los consejos de oficiales.
La despedida de los heridos que parten y de los que se quedan no es desgarradora, con llantos y protestas, como temía, sino de grave solemnidad. Unos y otros se abrazan en silencio, cambian mensajes, y los que lloran procuran disimularlo. Había dispuesto que los que parten recibieran raciones para cuatro días, pero la falta de recursos lo obliga a reducir la ración a sólo un día. Parte con los heridos el Batallón de lanceros gauchos, que les procurará sustento en el recorrido. Además, los escolta el Batallón 33 de Infantería. Cuando los ve alejarse, en el día que despunta, lentos, miserables, famélicos, con los uniformes en ruinas, muchos de ellos descalzos, se dice que cuando lleguen a Monte Santo —los que no sucumban en el camino — estarán en un estado aún peor: tal vez la superioridad entienda entonces lo crítico de la situación y mande los refuerzos. La partida de la expedición deja un clima de melancolía y tristeza en los campamentos de la Favela y la «línea negra». La moral de la tropa ha decaído por la falta de alimento. Los hombres comen las cobras y perros que capturan y hasta tuestan hormigas y se las tragan, para aplacar el hambre.