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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—Están asaltando la barricada por San Cipriano y San Crispín —lo oyó acezar—. Anda al Templo del Buen Jesús, estarás más protegida. Adiós, adiós, que la Señora nos salve. Salió corriendo y el periodista miope vio que la beata atrapaba al carnerito que, asustado, se había puesto a balar. Alejandrinha Correa preguntó al León de Natuba si vendría con ella y la armoniosa voz repuso que se quedaría en el Santuario. ¿Y él? ¿Y él? ¿Se quedaría con el monstruo? ¿Correría tras la mujer? Pero ésta se había ido ya y otra vez reinaba la penumbra en el cuartito de estacas. El calor era sofocante. El tiroteo arreciaba. Imaginó a los soldados, perforando la barrera de piedras y arena, pisoteando cadáveres, acercándose como una torrentera a donde él estaba. —No quiero morir —articuló, sintiendo que no alcanzaba siquiera a llorar. —Si el señor quiere, hacemos pacto —dijo el León de Natuba, sin alterarse—. Lo hemos hecho con la Madre María Quadrado. Pero ella no tendrá tiempo de volver. ¿Quiere que hagamos pacto?

El periodista miope temblaba tanto que no pudo abrir la boca. Debajo del intenso tiroteo oía, como una música remansada, fugitiva, las campanas y el coro simétrico de Avemarías.

—Para no morir a fierro —le explicaba el León de Natuba—. El fierro, metido en la garganta, cortando al hombre como se corta al animal para desangrarlo, es una gran ofensa a la dignidad. Lacera el alma. ¿Quiere el señor que hagamos pacto? Esperó un instante y como no hubo respuesta, precisó:

—Cuando los sintamos en la puerta del Santuario y sea seguro que van a entrar, nos mataremos. Cada uno apretará al otro la boca y la nariz hasta que revienten los pulmones. O podemos estrangularnos, con las manos o los cordones de las sandalias. ¿Hacemos pacto?

La fusilería apagó la voz del León de Natuba. La cabeza del periodista miope era un vórtice y todas las ideas que chisporroteaban en él, contradictorias, amenazantes, lúgubres, espoleaban su angustia. Estuvieron en silencio, oyendo los tiros, las carreras, el gran caos. La luz decaía con rapidez y ya no veía los rasgos del escriba sino, apenas, su bulto agazapado. No haría ese pacto, sería incapaz de cumplirlo, apenas oyera a los soldados se pondría a gritar soy un prisionero de los yagunzos, socorro, ayuda, vitorearía a la República, al Mariscal Floriano, se lanzaría sobre el cuadrumano, lo dominaría y ofrecería a los soldados en prueba de que no era yagunzo.

—No entiendo, no entiendo, qué seres son ustedes — se oyó decir, cogiéndose la cabeza—. Qué hacen aquí, por qué no han huido antes de que los cercaran, qué locura esperar en una ratonera que vengan a matarlos.

—No hay dónde huir —dijo el León de Natuba—. Ya huimos antes. Para eso vinimos aquí. Éste era el sitio. Ya no hay dónde, ya vinieron también a Belo Monte.

El tiroteo se tragó su voz. Estaba casi oscuro y el periodista miope pensó que para él sería noche más pronto que para los demás. Preferible morir que pasar otra noche como la anterior. Tuvo una urgencia enorme, dolorosa, biológica, de estar cerca de sus dos compañeros. Insensatamente decidió buscarlos, y, mientras tropezaba hacia la salida, gritó:

—Voy buscar a mis amigos, quiero morir con mis amigos.

Al empujar la puertecita, recibió fresco en la cara e intuyó, enrarecidas en la polvareda, a las figuras tumbadas en el parapeto de los que defendían el Santuario. —¿Puedo salir? ¿Puedo salir? —imploró—. Quiero encontrar a mis amigos. —Puedes —dijo alguien—. Ahora no hay tiros.

Dio unos pasos, apoyándose en la barricada y casi inmediatamente tropezó en algo blando. Al incorporarse se encontró abrazado a una forma femenina, delgada, que se estrechó a él. Por el olor, por la felicidad que lo colmó, antes que oírla supo quién era. Su terror se volvió jubiló mientras abrazaba a esa mujer que lo abrazaba con la misma desesperación. Unos labios se juntaron a los suyos, no se apartaron, respondieron a sus besos. «Te amo —balbuceó—, te amo, te amo. Ya no me importa morir.» Y preguntó por el Enano mientras le repetía que la amaba.

—Te hemos buscado todo el día —dijo el Enano, abrazado a su piernas—. Todo el día. Qué felicidad que estés vivo.

—A mí tampoco me importa morir —dijeron, bajo sus labios, los de Jurema.

—Ésta es la casa del Fogueteiro —exclama de pronto el General Artur Osear. Los oficiales que están dándole parte de los muertos y heridos en el asalto que él ha mandado interrumpir, lo miran desconcertados. El General señala unos cohetones a medio hacer, de cañas y tarugos sujetos con pitas, regados por la vivienda —: El que les prepara esas quemazones.

De las ochos manzanas —si se puede llamar «manzanas» a los amontonamientos indescifrables de escombros — que ha conquistado la tropa en casi doce horas de lucha, esa cabaña de una sola pieza, dividida por un tabique de estacas, es la única más o menos en pie. Por eso ha sido elegida para Cuartel General. Los ordenanzas y oficiales que lo rodean no comprenden que el Jefe del cuerpo expedicionario hable en estos momentos, cuando está haciéndose el balance de la dura jornada, de cohetes. No saben que los fuegos de artificio son una secreta debilidad del General Osear, un poderoso resabio de infancia, y que en el Piauí aprovechaba cualquier celebración patriótica para ordenar quema de castillos en el patio del cuartel. En el mes y medio que lleva ya aquí, ha observado con envidia, desde lo alto de la Favela, ciertas noches de procesión, las cascadas de luces en el cielo de Canudos. El hombre que prepara tales castillos es un maestro, se podría ganar muy bien la vida en cualquier ciudad del Brasil. ¿Habrá muerto el Fogueteiro en el combate de hoy día? Al mismo tiempo que se lo pregunta, está atento a las cifras que enumeran los coroneles, mayores, capitanes que entran y salen o permanecen en la minúscula habitación invadida ya por las sombras. Encienden un mechero. Unos soldados apilan costales de arena ante la pared que mira al enemigo. El General termina el cálculo.

—Es peor de lo que suponía, señores —dice al abanico de siluetas. Tiene el pecho oprimido, puede sentir la expectativa de los oficiales—. ¡Mil veintisiete bajas! ¡La tercera parte de las fuerzas! Veintitrés oficiales muertos, entre ellos los Coroneles Carlos Telles y Serra Martins. ¿Se dan cuenta?

Nadie responde, pero el General sabe que todos se dan perfecta cuenta de que un número semejante de bajas equivale a una derrota. Ve la frustración, la cólera, el asombro de sus subordinados; los ojos de algunos brillan.

—Continuar el asalto hubiera significado el aniquilamiento. ¿Lo comprenden ahora? Porque cuando, alarmado por la resistencia de los yagunzos y la intuición de que las bajas de los patriotas eran ya muy altas —y el impacto que fue para él la muerte de Telles y Serra Martins — el General Óscar ordenó que las tropas se limitaran a defender las posiciones conquistadas, hubo en muchos de estos oficiales indignación, y hasta

temió que algunos desobedecieran la orden. Su propio adjunto, el Teniente Pinto Souza, del Tercero de Infantería, protestó: «¡Pero si la victoria está al alcance de la mano, Excelencia!». No lo estaba. Un tercio fuera de combate. Es un porcentaje altísimo, catastrófico, pese a las ocho manzanas capturadas y al estrago causado a los fanáticos. Olvida al Fogueteiro y se pone a trabajar con su Estado Mayor. Despide a los jefes, adjuntos o delegados de los cuerpos de asalto, repitiéndoles la orden de conservar, sin dar un paso atrás, las posiciones tomadas, y de apuntalar la barricada, opuesta a la que los contuvo, que se empezó a erigir hace unas horas, cuando se vio que la ciudad no caería. Decide que la Séptima Brigada, que ha quedado protegiendo a los heridos de la Favela, venga a reforzar la «línea negra», el nuevo frente de operaciones, ya incrustado en el corazón de la ciudad sediciosa. En el cono de luz del mechero, se inclina sobre el mapa trazado por el Capitán Teotónio Coriolano, cartógrafo de su Estado Mayor, guiándose por los partes y por sus propias observaciones, sobre la situación. Una quinta parte de Canudos ha sido tomada, un triángulo que se inicia en la trinchera de la Fazenda Velha, siempre en manos de los yagunzos, hasta el cementerio, capturado, y en donde las fuerzas patrióticas se hallan a menos de ochenta pasos de la Iglesia de San Antonio. —El frente no cubre más de mil quinientos metros —dice el Capitán Guimaráes, sin ocultar su decepción—. Estamos lejos de haberlos cercado. Ni la cuarta parte de la circunferencia. Puedan salir, entrar, recibir pertrechos.

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