El Desierto Del Amor
- Автор: Мориак Франсуа Шарль
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «El Desierto Del Amor». Краткое содержание книги:
Por fin ese domingo se levantó el sol. El doctor tenía por costumbre ese día no hacer sino las visitas indispensables sin pasar por la consulta que tenía en la ciudad, asaltada siempre por los clientes y en la cual sólo atendía consultas tres veces a la semana. Le causaba horror este cuarto en el primer piso de una casa enteramente ocupada por oficinas, y donde le era imposible, según él decía, leer o escribir una sola línea. Tal como en Lourdes hasta los más ínfimos exvotos ocupaban su lugar, el doctor había reunido entre esas cuatro paredes todo aquello con que lo había colmado su clientela agradecida. Después de haber odiado esos bronces artísticos, esas cerámicas austríacas, esos amorcillos de mármol reconstituido, esas porcelanas, esos barómetros-calendarios, había llegado a un punto en que sentía cierto gusto por ese horrible museo y en que se regocijaba cuando recibía "una obra de arte" de una singular fealdad: ¡ sobre todo, nada de antiguo! decíanse unos a otros los clientes deseosos de dar gusto al doctor Courréges.
Ese domingo en el que se había persuadido de que su entrevista con Maria Cross cambiaría su destino, consintió, sin embargo, en recibir hacia las tres de la tarde, en su consulta a un hombre de negocios neurasténico que no podía disponer de una sola hora libre durante la semana. El doctor se había resignado: de ese modo podría salir apenas hubiera terminado el almuerzo y ocuparía los últimos momentos disponibles antes del minuto tan ardientemente esperado y temido. No pidió su coche, ni trató de subir a los tranvías repletos: racimos humanos colgaban de los estribos, pues había un partido de rugby y era también la primera corrida del año: los nombres de Algabeno y Fuentes destellaban en los amarillos y rojos. A pesar de que la corrida no empezaba hasta las cuatro de la tarde, ya la muchedumbre deslizábase hacia las arenas en las apagadas calles de un domingo de tiendas cerradas. Los jóvenes llevaban sombreros de pequeñas y estrechas alas con cintas de colores o sombreros de fieltro gris claro que creían de procedencia española, y reían envueltos en nubes de tabaco ordinario. Los cafés desparramaban sobre la acera el fresco aliento del ajenjo. El doctor no recordaba haber vagado en esa forma entre la turba sin otra preocupación que matar las horas que lo separaban de cierta hora. ¡Qué extraño parecía esta ociosidad en un hombre sobrecargado de trabajo! No sabía ser ocioso; trató de pensar en el experimento que acababa de comenzar pero sólo pudo imaginar a Maria Cross tendida y leyendo.
De súbito desapareció el sol y la muchedumbre inquieta miró en el cielo una nube cargada. Alguien afirmó haber sentido caer una gota; pero el sol volvió a calentar a chorros. No, la tempestad no estallaría hasta que el último toro muriera.
Tal vez, pensaba el doctor, las cosas no pasarían exactamente tal como él las había imaginado; pero de lo que estaba seguro – matemáticamente seguro – era de que no dejaría a Maria Cross sin que ella supiera su secreto; ¡ por fin el asunto sería planteado! Las dos y media… faltaba todavía una hora que matar antes de la consulta. Palpó en el fondo de su bolsillo la llave del laboratorio. No, apenas llegara tendría que volver a salir. La multitud se emocionó como si fuera presa de un viento súbito. Gritaban "¡Aquí están!" En viejas victorias cuyos cocheros eran a la vez sórdidos y gloriosos, aparecieron los matadores destellantes y sus cuadrillas. Extrañábase el doctor de no encontrar nada innoble en esos duros rostros demacrados: ¡ extraña clerecía roja y oro, violeta y plateada! De nuevo una nube mató la luz y ellos levantaron sus rostros enjutos hacia el azul empañado. El doctor hendió la turba y prosiguió ahora por estrechas calles desiertas. Un frescor de sótano reinaba en su consulta, donde mujeres en terracota y alabastro sonreían sobre columnas de malaquita.
El tic-tac de un reloj de pared estilo antiguo era más lento que el reloj de falsa porcelana Delft colocado en el centro de la larga mesa donde una mujer modern style, con el trasero puesto sobre un bloque de cristal, sujetaba unos papeles. Las figuras parecían cantar en coro el título de una revista que el doctor había leído en todas las esquinas de la ciudad: ¡Eso es lo único bueno!: hasta ese toro en imitación bronce con el hocico sobre su vaca. De una ojeada el doctor admiró su colección y pronunció a media voz: "La época más baja de la especie humana." Empujó una persiana, sacudió el polvo. Recorría el cuarto, frotábase las manos y decíase: "No necesitaré de preámbulos; las primeras palabras serán una alusión a la tristeza que sentí cuando pensaba que ella no deseaba verme más. Se extrañará: le diré que ya no puedo vivir sin ella y entonces, tal vez, tal vez…"
Oyó sonar el timbre; fue a abrir él mismo; introdujo a su cliente.
¡Ah! No sería ese cliente el que interrumpiera su ensueño; no había más que dejarlo hablar: el neurasténico parecía exigir sólo del médico la paciencia para escucharle. Sin duda se había formado de ellos una idea mística, ya que no retrocedía ante ninguna confidencia mostrando sus más secretas llagas. El doctor había vuelto en pensamiento al lado de Maria Cross: "Soy un hombre, Maria, un pobre hombre de carne y hueso como los demás. No se puede vivir sin felicidad: lo he descubierto muy tarde, ¿pero será demasiado tarde para que usted consienta en seguirme?" Como el cliente terminara de hablar, el doctor, con ese aire digno y triste que todos admiraban, dijo: "Tiene que tener, en primer lugar, fe en su voluntad. Si usted no se siente libre, no puedo hacer nada por usted. Todo nuestro arte fracasa frente a una idea falsa. Si usted cree ser la presa impotente de sus herencias, ¿qué espera de mí? Antes de ir más lejos, exijo que haga un acto de fe en sí mismo en su poder de domar esas fieras que no son usted."
Mientras el otro le interrumpía vivamente, el doctor levantóse y acercándose a la ventana, fingió mirar, entre los postigos entrecerrados, la calle vacía. Experimentaba horror por estas palabras falsas que sobrevivían en él y que correspondían a una fe muerta. Tal como recibimos la luz de un astro extinguido siglos atrás, alrededor de él las almas oían el eco de una fe perdida. Volvió hacia la mesa y se dio cuenta de que el pequeño reloj de falsa porcelana Delft marcaba las cuatro; despidió a su cliente.
“Tengo tiempo” decíase el doctor corriendo casi por la acera. Al llegar a la plaza de la Comedie, vio el tranvía asaltado por una multitud que salía de los teatros. No había un solo coche. Tuvo que ponerse en la fila y no cesaba de consultar su reloj: acostumbrado como estaba a su coche, había medido mal el tiempo. Trataba de tranquilizarse: poniéndose en el peor de los casos, se atrasaría media hora; eso era normal en un médico. Siempre Maria lo había esperado… Sí, pero en su carta ella había escrito: hasta las cinco y media… ¡las cinco, ya! "¡Eh! No empuje tanto, ¡oiga!", gritábale una señora gruesa y furibunda cuyo penacho de pluma hacíale cosquillas en la nariz. En el tranvía repleto, hirviendo, lamentó no haberse puesto su chaqueta y traspirando tuvo miedo de llegar sucio, maloliente.
No habían dado las seis, cuando bajó frente a la iglesia de Talence. Al comienzo apresuró el paso; luego, loco de inquietud, se puso a correr a pesar del dolor que sentía en el corazón. Una nube tempestuosa ensombrecía el cielo. El último toro de la corrida debía de estar sangrando ya bajo ese cielo tenebroso. Entre las rejas de los pequeños jardines, ramas polvorientas de lilas esperaban la lluvia como brazos tendidos. El doctor corría, bajo las gotas tibias y espaciadas, hacia la mujer que imaginaba en el diván, leyendo, sin desprender en seguida sus ojos del libro abierto… Pero al aproximarse a la puerta vio que salía. Se detuvieron. Iba sofocada: había corrido, al igual que él.