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El Desierto Del Amor
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Su insoportable sufrimiento comenzó desde el día siguiente a la cita fracasada debido a esa extensa carta llena de excusas:

Algo de culpa tiene usted, mi querido y gran amigo, decía María en esta carta leída y releída durante esos dos meses: usted ha sido quien me inspiró esa idea de renunciar a ese terrible lujo del cual me avergüenzo. No teniendo ya mi coche, no alcanzaría a volver tan temprano para recibirlo a nuestra hora de costumbre. Llego más tarde al cementerio; me gusta también permanecer más en éclass="underline" usted no se imaginaría nunca cómo está de tranquila la Cartuja al terminar el día, llena de pájaros que cantan sobre las tumbas. Me parece que mi pequeño me aprueba y que está contento de mí. ¡Qué recompensa encuentro en ese tranvía de obreros en el cual regreso! No crea usted que exagero, no; me siento muy feliz de encontrarme allí, en medio de esos pobres de los cuales no soy digna. No sabría decirle hasta qué punto me gustan esos regresos en tranvía. Aunque "se" pusiera ahora de rodillas para que aceptara volver a subir en el coche que "se" me ha dado, no consentiría en hacerlo. Mi querido doctor, en resumen, ¿qué importa no volver a verse? Su ejemplo, sus enseñanzas me bastan; estamos unidos más allá de la presencia. Como lo escribió tan bien Maurice Maeterlinck: "Vendrá un tiempo, y no está lejos, en que las almas se conocerán sin ese intermediario que son los cuerpos." Escríbame: ¡sus cartas me bastan, querido director de conciencia!

M. C.

¿Debo seguir tomando mis papelillos? ¿Y ponerme mis inyecciones? Sólo me quedan tres ampollas. ¿Debo comprar otra caja?

Aunque ella no lo hubiera herido tan cruelmente, esta carta habría disgustado al doctor, pues ella revelaba complacencia, falsa humildad satisfecha. Conocedor de los más tristes secretos de los hombres, el doctor profesaba, respecto a ellos, una mansedumbre sin límites. Un solo vicio, sin embargo, lo exasperaba: esa habilidad de los seres caídos para embellecer su caída. Es la última flaqueza del hombre: cuando su mugre los deslumbra como si fuera un diamante. No se trataba de que Maria Cross estuviese acostumbrada a esa mentira. Aún más: al comienzo ella había seducido al doctor por esa pasión por ver claro en ella y no embellecer nada. De buenas ganas insistía en la nobleza de su madre, viuda muy joven, la cual, siendo humilde institutriz en una cabeza de distrito, habíale dado, según decía María, un ejemplo admirable: "Mamá luchó por pagar los gastos de mi educación en un liceo; ya me veía profesora normal de Sévres.

Tuvo la alegría antes de morir, de asistir a mi matrimonio, que fue inesperado. Su yerno Basque conoció muy bien a mi marido, que fue médico ayudante en su regimiento. Me adoraba, me hizo feliz. Después de su muerte, mi hijo y yo apenas teníamos de qué vivir, pero podría habérmelas arreglado: no fue la necesidad la que me perdió sino, quizá, lo que hay de más viclass="underline" el deseo de una buena posición, la certidumbre de ser desposada… Y ahora, lo que me retiene aún cerca de él es esa cobardía frente a la lucha que se debe emprender de nuevo, frente al trabajo, a la labor mal pagada…" Muchas veces, después de estas primeras confidencias, el doctor vio cómo se humillaba, cómo se condenaba sin misericordia.

¿Por qué repentinamente ese gusto detestable por alabarse? No era eso, sin embargo, lo que en la carta lo afectaba más cruelmente; le formulaba agravios pues mentíase a sí mismo y no osaba sondear esa otra herida mucho más profunda, la única en verdad insoportable: Maria deseaba no verlo más; afrontaba alegremente la separación.

¡ Ah!, esa frase de Maeterlinck que se refería a las almas que se conocerán sin el intermediario de los cuerpos, ¡ cuántas veces se la dijo a sí mismo, mientras el cliente le contaba su caso con interminables detalles, o la balbuceaba, aterrorizado, al paciente que no sabe que es un tísico! Verdad es que había sido un tonto al creer que una mujer joven gustara de su presencia. ¡ Tonto! ¡ Tonto! Pero, ¿qué pensamiento o razón puede preservarnos de ese dolor insoportable cuando el ser querido, cuya proximidad nos es necesaria físicamente en nuestra vida, se resigna, indiferente (satisfecho quizá) a nuestra eterna ausencia? No somos nada para aquella que lo es todo para nosotros.

El doctor, durante ese período, hizo un esfuerzo para vencerse: "Lo sorprendí otra vez ante el espejo", repetía la señora Courréges. "Está impresionado." El doctor sabía que su rostro desencajado de quincuagenario era el mejor espectáculo para predisponerlo a la calma, a la serenidad de la desesperación total. No pensar más en María sino como en una muerta.

Esperar uno mismo la muerte doblando la dosis de trabajo: sí, aporrearse, azotarse, alcanzar la liberación gracias al opio de un trabajo frenético. Pero él, que se escandalizaba cuando los otros mentíanse a sí mismos, se engañó de nuevo: "Necesita de mí. Me debo a ella como a todo enfermo…" Le escribió que juzgaba necesario no perderla de vista, que ciertamente tenía razón de tomar el tranvía; pero, ¿por qué salir todos los días? Rogaba que le indicara uno en que estuviera en casa. Ya encontraría tiempo para ir a verla a la hora acostumbrada.

Durante toda la semana esperó la respuesta. Cada mañana le bastaba con dar un vistazo sobre el montón de prospectos y de diarios: "No ha escrito aún." Calculaba: "Eché mi carta al correo el sábado; los domingos se distribuye sólo una vez; no le ha llegado sino el lunes. Si sólo ha esperado dos o tres días antes de responderme… sería suficiente para que la respuesta no llegara hoy. A partir de mañana me preocuparé."

Una tarde, por fin, en que volvía extenuado, encontró la carta:

…La visita al cementerio es para mí una obligación sagrada. Haga el tiempo que haga, estoy decidida a hacer ese peregrinaje. En el crepúsculo me siento más cerca de nuestro angelito. Me parece que sabe Ia hora de mi venida, que me espera. Es absurdo: lo sé; pero el corazón tiene sus razones, como dice Pascal. Me siento feliz, serena, cuando, por fin, subo al tranvía de las seis. ¿Sabe usted que es un tranvía de obreros? Pero eso no me produce miedo; me siento muy cerca del pueblo; y habiéndome separado de él en apariencia, ¿acaso no me acerco a él de esta manera? Miro esos hombres; me parecen tan solitarios como yo.

¿Cómo explicárselo? Tan desarraigados, tan anónimos. Mi casa es más lujosa que la de ellos. Sin embargo, es una casa en la cual nada me pertenece, como nada les pertenece a ellos… Ni siquiera nuestros cuerpos… ¿Por qué no pasa por mi casa más bien tarde, antes de regresar a la suya? Sé que a usted no le gusta encontrarse con el señor Larousselle; pero yo le advertiré que necesito verlo a solas; bastará con que, después de nuestra consulta, cambien algunas palabras amables… Se olvidó responderme acerca de mis papelillos y mis inyecciones.

En un comienzo, el doctor rompió esta carta y tiró los restos. Luego, de rodillas, los recogió enderezándose penosamente. ¿Acaso no sabía ella que él no soportaba la proximidad de Larousselle? No existía nada en ese hombre que no le pareciera odioso; ¡ah!, sin duda era de la misma especie de Basque: ese hocico bajo los bigotes teñidos, esos carrillos, esas espaldas anchas proclamaban una autocomplacencia a toda prueba. Esos gruesos muslos bajo el cover coat eran la satisfacción personificada. Ya que Larousselle engañaba a Maria Cross con lo más deleznable, se decía en Burdeos "que tenía a Maria Cross de adorno". El doctor era casi el único en saber que Maria seguía siendo la pasión de ese gran bórdeles, su secreta derrota por la cual reventaba la rabia. ¡ De todos modos la había comprado: ese imbécil era el único que la poseía! Habiendo enviudado tal vez la hubiera desposado si no existiera ese hijo, único heredero de la casa Larousselle; un ejército de niñeras, preceptores, sacerdotes lo preparaban para sus grandiosos destinos. Era imposible exponerlo al contacto de una mujer de esa especie, ni legarle un nombre disminuido por un matrimonio desigual. "¿Qué quiere que le diga, padre?", repetía Basque, muy afecto a las grandezas de su ciudad. "Estos sentimientos son muy notables. Larousselle es de buena familia. En todo es de una elegancia despampanante; es un señor: ese es mi punto de vista."

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