Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Yo me alegro de que no estés muerto —dijo la princesa Myrcella.
—En eso estamos de acuerdo, pequeña. —Tyrion se volvió hacia Sansa—. Lamento la tragedia que se ha cernido sobre vuestra familia, mi señora. Sin duda los dioses son crueles.
A Sansa no se le ocurrió qué responderle. ¿Cómo podía lamentar su tragedia? ¿Acaso se burlaba de ella? Y los crueles no habían sido los dioses, sino Joffrey.
—También lamento tu pérdida, Joffrey —siguió el enano.
—¿Qué pérdida?
—La de tu regio padre. Haz memoria, un hombre alto con barba negra. El que era el rey antes que tú.
—Ah, eso. Sí, fue una pena. Lo mató un jabalí.
—¿Eso fue lo que te dijeron, Alteza?
Joffrey frunció el ceño. Sansa tuvo la sensación de que debía intervenir. ¿Qué le decía siempre la septa Mordane? «La cortesía es la armadura de las damas», eso. Se puso su armadura.
—Yo lamento que mi señora madre os tomara prisionero, mi señor.
—Hay mucha gente que lo lamenta —replicó Tyrion—, y más lo lamentarán antes de que esto acabe. Pero os lo agradezco. Joffrey, ¿dónde está tu madre?
—Reunida con el Consejo —respondió el rey—. Tu hermano Jaime no hace más que perder batallas. —Lanzó una mirada furiosa a Sansa, como si fuera por su culpa—. Los Stark lo han cogido prisionero y hemos perdido Aguasdulces, y ahora el estúpido del hermano de ésta se ha proclamado rey.
—Parece que últimamente cualquiera se proclama rey. —El enano le dedicó una sonrisa retorcida.
—Sí. —Joffrey no supo qué pensar, parecía desconfiado y desanimado—. Bueno. Me alegra que no hayas muerto, tío. ¿Me has traído algún regalo por mi día del nombre?
—Sí. Mi cerebro.
—Habría preferido la cabeza de Robb Stark —dijo Joff, mirando a Sansa de reojo—. Tommen, Myrcella, nos vamos.
Sandor Clegane se demoró un instante.
—Yo que tú mediría mis palabras, hombrecillo —le advirtió, antes de seguir a su señor a zancadas.
Sansa se encontró a solas con el enano y sus monstruos. No sabía qué más decir.
—Tenéis una herida en el brazo —señaló al final.
—Uno de vuestros norteños me acertó con su maza durante la batalla en el Forca Verde. Logré escapar cayendo hábilmente de mi caballo. —Su sonrisa se endulzó un poco al examinar su expresión—. ¿Es la pena por la pérdida de vuestro señor padre lo que os pone tan triste?
—Mi padre era un traidor —respondió Sansa al momento—. Mi hermano y mi señora madre también son traidores. —Era un reflejo que había aprendido muy deprisa—. Yo soy leal a mi amado Joffrey.
—No me cabe duda. Tan leal como un ciervo rodeado de lobos.
—Leones —susurró ella sin pensar. Miró a su alrededor, nerviosa, pero no había nadie cerca que pudiera haberla oído. Lannister le tomó la mano y se la apretó.
—Yo no soy más que un león pequeño, niña; os juro que mis garras no os harán daño. —Hizo una reverencia—. Disculpadme, por favor. Tengo que discutir un asunto de la máxima urgencia con la reina y con su Consejo.
Sansa lo vio alejarse, meciendo el cuerpo con cada paso, un espectáculo grotesco.
«Me habla con más dulzura que Joffrey —pensó—, pero la reina también era amable antes. Es un Lannister, hermano de la reina y tío de Joff. No es un amigo.» Antes amaba al príncipe Joffrey con todo su corazón, admiraba a su madre, la reina, y confiaba en ella. Le habían pagado tanto amor y confianza con la cabeza de su padre. Sansa no volvería a cometer el mismo error.
TYRION
Con el gélido atuendo blanco de la Guardia Real, Ser Mandon Moore parecía un cadáver amortajado.
—Su Alteza ha dado órdenes muy concretas, el Consejo está reunido y nadie debe molestar.
—Yo supondré una molestia muy pequeña, ser. —Tyrion se sacó el pergamino de la manga—. Traigo una carta de mi padre, Lord Tywin Lannister, la Mano del Rey. Aquí está su sello.
—Nadie debe molestar a Su Alteza —repitió Ser Mandon muy despacio, como si Tyrion fuera idiota y no lo hubiera oído la primera vez.
En cierta ocasión, Jaime le había dicho que Moore era el miembro más peligroso de la Guardia Real, exceptuándolo a él, claro, porque su rostro nunca dejaba entrever lo que haría a continuación. En aquel momento a Tyrion le hubiera ido muy bien tener alguna pista. Bronn y Timett podrían matar al caballero si había que llegar a las espadas, pero asesinar a uno de los protectores de Joffrey no era un buen comienzo. Aunque, si permitía que aquel hombre lo despreciara, ¿qué sería de su autoridad? Se obligó a sonreír.
—Aún no os he presentado a mis compañeros, Ser Mandon. Éste es Timett, hijo de Timett, un mano roja de los Hombres Quemados. Y éste es Bronn. ¿Os acordáis de Ser Vardis Egen, el capitán de la guardia de Lord Arryn?
—Sí, lo conozco. —Los ojos de Ser Mandon eran de un color gris claro, extrañamente inexpresivos y carentes de vida.
—Lo conocíais —corrigió Bronn con una sonrisa tensa.
Ser Mandon no se dignó a dar señal de que lo había oído.
—En fin —siguió Tyrion con tono alegre—, necesito ver a mi hermana y entregarle esta carta, ser. ¿Tenéis la amabilidad de abrirnos la puerta?
El caballero blanco no respondió. Tyrion estaba ya a punto de abrirse paso por la fuerza cuando Ser Mandon se apartó a un lado con un movimiento brusco.
—Podéis pasar. Ellos, no.
«Un pequeño triunfo —pensó—. Pero es dulce.» Había aprobado el primer examen. Tyrion Lannister casi se sentía alto al cruzar la puerta. Cinco miembros del Consejo Privado del rey interrumpieron de repente su discusión.
—Eres tú —dijo su hermana Cersei, en un tono a medio camino entre la incredulidad y el asco.
—Ya sé de quién ha aprendido modales Joffrey. —Tyrion se detuvo un instante para admirar la pareja de esfinges valyrias que flanqueaban la puerta, adoptando una pose de tranquila seguridad. Cersei era capaz de oler la debilidad igual que un perro olía el miedo.
—¿Qué haces aquí? —Los hermosos ojos verdes de su hermana lo examinaban sin el menor rastro de afecto.
—Te traigo una carta de nuestro señor padre.
Se acercó con aire despreocupado hasta la mesa y puso entre ellos el rollo prieto de pergamino. El eunuco Varys cogió la carta con sus manos, delicadamente empolvadas, y le dio la vuelta.
—Lord Tywin es muy amable. Y la cera de su sello tiene un precioso tono dorado. —Varys examinó el sello con atención—. Tiene todo el aspecto de ser auténtico.
—Claro que es auténtico.
Cersei se lo arrebató de las manos. Rompió el sello y desenrolló el pergamino. Tyrion observó su rostro mientras leía. Su hermana se había instalado en el sillón del rey, dado que Joffrey no se molestaba en asistir a las reuniones del Consejo, igual que hiciera Robert. Por tanto, él se subió a la silla de la Mano. Le pareció de lo más apropiado.
—Qué tontería —dijo por fin la reina—. Mi señor padre envía a mi hermano para que ocupe su lugar en el Consejo. Nos ruega que aceptemos a Tyrion como Mano del Rey, hasta que llegue el momento en que él pueda reunirse con nosotros.
El Gran Maestre Pycelle se acarició la larga barba blanca y asintió con gesto sopesado.
—En ese caso, se impone una bienvenida en toda regla.
—Desde luego. —Janos Slynt, con su papada y su calvicie, parecía una rana, una rana presumida y muy por encima del lugar que le correspondía—. En estos momentos os necesitamos, mi señor. Las rebeliones estallan por doquier, ese presagio sombrío surca el cielo, hay disturbios en las calles de la ciudad…
—¿Y quién tiene la culpa de eso, Lord Janos? —restalló la voz de Cersei—. Vuestros capas doradas deberían mantener el orden. Y en lo que a ti respecta, Tyrion, nos serías más útil en el campo de batalla.