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Электронная книга - «Divorcio roto». Краткое содержание книги:

Un ex marido no debía intentar seducir a su ex mujer…
El millonario Daniel Elliott seguía haciendo que su ex mujer, Amanda, siguiera sintiendo la atracción que había desatado sus pasiones y los había obligado a casarse en el pasado, cuando ella se había quedado embarazada. Habían acabado por separarse después de las constantes intervenciones de la poderosa familia de Daniel, pero entre ellos seguía habiendo mucho deseo… tanto, que después de un encuentro casual acabaron en la cama. ¿Podrían mantener tan frágil unión en contra de los deseos de la rica dinastía Elliott?
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– Esta vez tienes que tirártelo encima del escritorio, desde luego -Julie se inclinó para oler las rosas.

– Daniel no es de esa clase de hombres -Amanda sonrió ante la irreverencia de Julie.

– Es un hecho probado que enviar rosas rojas a una oficina significa que un tipo quiere hacerlo encima del escritorio -comentó Julie.

– ¿De dónde sacas esos datos?

– ¿No leíste la revista Cosmo del mes pasado?

– Me temo que no -Amanda hizo sitio para las rosas sobre el archivador.

– Te pasaré mi copia.

– ¿Y si un tipo envía rosas amarillas a una oficina, qué significa?

– Amarillo significa que quiere hacerlo encima del escritorio -Julie sonrió-. Pensándolo bien, respirar significa que quiere hacerlo sobre el escritorio.

– Daniel no -Amanda no podía imaginar ninguna circunstancia en la que Daniel hiciera el amor en un escritorio. Para él sería un sacrilegio.

– Tiéntalo -aconsejó Julie, moviendo las cejas-. Te sorprenderá.

– A Daniel no le van las sorpresas.

– ¿Esperabas las rosas?

– No -Amanda hizo una pausa-. Tengo que admitir que han sido toda una sorpresa.

– Lo que yo decía.

– Es mi ex -Amanda no pensaba tirarse a Daniel en el escritorio ni en ningún otro sitio. Ya era bastante malo haberlo besado.

– Pero está de miedo.

Eso era innegable. Y seguía besando de maravilla. Y, si no se equivocaba, había respondido a su beso. Eso implicaba que estaba interesado. Y si era así ambos tenían un problema.

– ¿Amanda?

– ¿Hum? -Amanda parpadeó.

– A ti también te parece que está de miedo -dijo Julie con una sonrisa triunfal.

– Creo que llego tarde a una reunión.

Ver a Karen no era exactamente una reunión, pero Amanda se alegró de haber ido. Karen estaba sentada en el porche, rodeada de álbumes y fotografías.

– Ya estás aquí -Karen sacó un folleto del revoltijo-. No sabía si elegir una pedicura o una sesión de reflexología.

– ¿Qué estás haciendo?

– He reservado en Eduardo para el veinticinco, pero deberíamos pedir las sesiones con antelación. ¿Quieres una limpieza de cutis?

– Seguro -contestó Amanda, sentándose. Ya que había aceptado el fin de semana de belleza, empezaba a gustarle la idea.

– Por favor -Karen dejó el folleto y se recostó en la silla-. Háblame del mundo.

– ¿Del mundo entero?

– De tu mundo.

– Gané un caso esta mañana.

– Enhorabuena.

– Aún no es oficial. El juez dictará sentencia el jueves, pero amenacé a Construcción Westlake con una demanda conjunta. Se rendirán.

– ¿Ese es el caso de desfalco de Mary Nosequé?

– Sí. Una mujer muy dulce. Madre soltera, tres hijos. A nadie le hará ningún bien que pase seis meses en la cárcel.

– Pero robó el dinero, ¿no?

– Se hizo un adelanto del dinero que le debían en pagas de vacaciones.

– ¿Quieres ser mi abogada? -Karen sonrió.

– No necesitas una abogada.

– Puede que sí. Estoy aburrida. Estoy pensando en dedicarme a robar bancos.

– ¿Has estado hablando con Daniel?

– No -los ojos de Karen chispearon-. ¿Tú sí?

Amanda se arrepintió de inmediato de su impulsiva broma. Pero dar marcha atrás sólo daría alas a Karen para insistir.

– Me envió flores -admitió Amanda-. También mencionó lo de robar bancos. ¿Hay algo sobre las finanzas de los Elliott que yo no sepa?

– ¿Qué tipo de flores?

– Rosas.

– ¿Rojas?

– Sí.

– Madre mía.

– No es lo que piensas -protestó Amanda, aunque no tenía ni idea de qué pensar ella misma.

– ¿Cómo puede no ser lo que pienso? -preguntó Karen-. ¿Una docena?

– Dos.

– Dos docenas de rosas rojas.

– Eran para felicitarme.

– ¿Felicitarte por qué? -abrió los ojos de par en par-. ¿Qué habéis hecho vosotros dos?

– No es nada de eso. Vino a verme al juzgado. Gané el caso. Me envió flores.

– ¿Daniel te vio en el juzgado? -Karen enderezó uno de los álbumes que tenía ante ella-. ¿Por qué?

– Ni idea. La verdad, está poniéndome nerviosa otra vez. Después del asunto de Taylor Hopkins, dijo que me dejaría en paz.

– ¿Qué asunto de Taylor Hopkins?

– Daniel invitó a Taylor a cenar, y Taylor me dio una charla sobre el culto al todopoderoso dólar.

– Sin duda, Taylor es el tipo adecuado para hacerlo -dijo Karen-. ¿Has visto su nueva casa?

– No.

Karen se inclinó hacia delante y pasó un par de hojas de uno de los álbumes.

– Aquí la tienes. Está en la playa. Tiene unas pistas de tenis fantásticas.

– Bonita -dijo Amanda, acercándose. Nunca le habían llamado la atención las grandes mansiones. Miró las fotos de la familia Elliott al completo-. Ésa es una gran foto de Scarlett y Summer.

– Es del año pasado. Nos reunimos todos y Bridget se volvió loca con la cámara.

– ¿Quién es ésa que está con Gannon?

– Su cita de ese día. Ni siquiera recuerdo su nombre. Fue cuando estaba peleado con Erika.

Al oír el nombre de Erika, Amanda recordó que Gannon y ella acababan de casarse.

– ¿Tienes fotos de la boda?

– Desde luego -Karen cambió de álbum y le mostró una foto formal de la novia y el novio.

– Un vestido espectacular -comentó Amanda.

– Es una mujer maravillosa -dijo Karen. En la página siguiente había una foto familiar. Amanda vio a Daniel. Magnífico con esmoquin. Después vio a la mujer que había junto a él.

– Ay -exclamó Karen-. Sharon se presentó sin avisar. Nadie supo qué hacer al respecto.

Amanda miró a la ex de su ex. Era pequeña y delgada, con pelo rubio platino casi esculpido sobre la cabeza. Parecía más joven que sus cuarenta años. Llevaba un maquillaje perfecto y un vestido bordado con hilos plateados. El adorno de flores que llevaba en la cabeza la convertía en competidora de la novia.

– No me parezco nada a ella, ¿verdad? -preguntó Amanda, sintiéndose inadecuada.

– Nada de nada -dijo Karen-. Gracias a Dios.

– Pero es lo que Daniel quiere.

– Sabes que se ha divorciado de ella.

– Sí, pero también se casó con ella.

– Te quería a ti.

– Fue porque estaba embarazada -Amanda movió la cabeza y Karen le apretó el brazo.

– Eres buena, compasiva, inteligente…

– Y ella es delgada y bella, con gusto para la ropa de diseño y capaz de charlar en varios idiomas.

– Es cruel y cortante.

– Pero está impresionante con traje de noche.

– Tú también.

– No me has visto con traje de noche desde hace más de una década -Amanda sonrió-Ni siquiera yo me he visto con uno.

– Puede que sea hora de que lo hagas.

– Llevo sujetadores con aro -confesó Amanda.

– Bueno, al menos yo ya no los necesitaré -rió Karen.

Amanda se quedó helada de horror. Pero Karen movió la cabeza y sonrió.

– Gracias. Ése ha sido mi primer chiste sobre pechos. No te atrevas a pedirme disculpas. A ti no te importa la perfección. Has sacado el tema sin pensarlo, porque ya te has olvidado de mi operación.

Era verdad. Cuando Amanda pensaba en Karen no pensaba en su doble mastectomía; sólo pensaba en su querida y buena amiga.

– Por eso te quiero tanto -Karen volvió a apretarle el brazo-. Las imperfecciones físicas no significan nada para ti.

– Es obvio que para Daniel sí -Amanda miró de nuevo la foto de Sharon. Por eso se había quejado de la ropa y el peinado que llevaba.

– No creo que eso sea verdad.

– Las dos estamos de acuerdo en que Sharon no tiene nada bueno, excepto su apariencia.

– Cierto -admitió Karen.

– Entonces eso fue lo que atrajo a Daniel -Amanda echó un vistazo a sus sencillos pantalones azules y a su blusa blanca.

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