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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Era la una y cinco. Sharon le había indicado que la recogida del dinero tendría lugar después de la una. Se preguntó si tardarían mucho en hacerlo. ¿Lo estarían haciendo ahora, a los cinco minutos? ¿O bien dentro de media hora? Procuró no hacer conjeturas acerca de lo que pudiera estar ocurriendo.

Tenía que pensar en el futuro. En lo que ocurriría al cabo de algunas horas. O mañana.

Hoy, viernes, o mañana, sábado, Sharon volvería a estar a su lado sana y salva. La espera sería insoportable; Nellie y él al lado del teléfono toda la tarde, toda la noche, tal vez durante parte de la mañana, esperando que sonara el teléfono para escuchar la voz de Sharon.

Escuchó un chirrido metálico y pudo ver a través del parabrisas que se estaba abriendo la verja de hierro forjado. El pie de Zigman se apartó del freno y pisó el acelerador.

El Cadillac abandonó el Camino Levico y enfiló el camino asfaltado que, a través de las palmeras y olmos, conducía hasta la impresionante mansión del altozano.

Al llegar frente a la casa, acercó el Cadillac a una zona del aparcamiento protegida por la sombra de los árboles y se dirigió a toda prisa hacia la entrada.

Se abrió la puerta y el umbral quedó parcialmente ocupado por la rechoncha figura de Nellie Wright, vestida con un bonito traje pantalón, mirándole con expresión apenada y sin quitarse de la boca el cigarrillo que estaba fumando.

A sus pies, la pequeña Yorkshire de Sharon ladraba nerviosamente.

Sin responder inmediatamente a la inquisitiva y preocupada mirada de Nellie, Zigman la besó en la mejilla, acarició a la Yorkie y penetró en el espacioso salón con aire acondicionado.

Cuando Nellie hubo cerrado la puerta, Zigman se quitó la chaqueta deportiva y la colgó del brazo de un sillón.

– ¿Es que hace tanto calor como yo creo o es que me ocurre algo? -preguntó. -Le diré a Pearl que te traiga una bebida fría.

– Pepsi de régimen -le gritó él a su espalda.

Empezó a pasear por la estancia, procurando no mirar las muchas fotografías y los dos retratos de Sharon, sintiéndose vacío e impotente, y preguntándose qué otra cosa tiene que hacer una persona tras haber hecho todo lo que se le ha ordenado.

Nellie regresó con un gran vaso lleno a rebosar de líquido y cubitos de hielo. Se lo entregó a Zigman y después encendió otro cigarrillo utilizando la colilla del anterior.

El tomó un sorbo, posó el vaso con aire ausente y empezó a pasear de nuevo.

Nellie se sentó en una banqueta.

– Estás más nervioso que una mona -le dijo.

– ¿Y tú no?

– Más que tú. -Entrelazó los dedos de ambas manos y esperó a que él le dijera algo más. Al final, no pudo contenerse por más tiempo-. Bueno, ¿es que no vas a contármelo?

Zigman se sobresaltó como si acabara de descubrir que no estaba solo en la habitación.

– ¿Qué quieres que te cuente? -preguntó acercándose a ella.

– Tenías que ir a Topanga Canyon para dejar el dinero. ¿Lo has dejado?

– Lo he dejado.

– ¿Cuándo?

El se miró el reloj.

– Hace cuarenta minutos. Con tiempo más que suficiente.

– ¿Te ha visto alguien?

– No creo. Siendo un día de fiesta y con este calor, nadie sube a la montaña. La gente se va a la playa. -Buscó el vaso, lo encontró y tomó un sorbo-. Allí arriba, en la carretera, parecía un horno. No soplaba la menor brisa del mar. Se estaba mejor en la montaña.

– ¿Estás seguro de que has encontrado el sitio?

– Completamente seguro -contestó Zigman tranquilizándola-. Las instrucciones estaban muy claras. Me parece que no había nadie. Aquellas dos maletas pesaban como si contuvieran piedras.

– Pepitas de oro querrás decir. Por valor de un millón de dólares.

– Mientras me alejaba de la carretera no hacía más que preocuparme por tonterías. ¿Y si me viera algún oficial del "sheriff" o algún guardabosques o un vigilante de incendios? Le extrañaría ver a un desconocido por aquellos andurriales con dos maletas marrones completamente nuevas.

Me dirigiría preguntas, tal vez me ordenaría que abriera las maletas y entonces encontraría todos aquellos billetes. Tendría que dar muchas explicaciones. Se descubriría toda la historia. Y la pobre Sharon estaría perdida.

No hacía más que pensar en eso. Y otra cosa que me ponía muy nervioso era pensar que el secuestrador pudiera estar oculto allí cerca, siguiendo mis movimientos con unos prismáticos. Te digo que he pasado mucho miedo, Nellie.

– Si yo que no he estado allí estoy que no veo de miedo, me imagino lo que habrás sufrido tú -dijo Nellie comprensiva.

– Tonterías -dijo Zigman-. Tú y yo no estamos sufriendo. La que me preocupa es Sharon. Pienso en lo que estará pasando.

– No hablemos siquiera de ello. Has hecho lo que tenías que hacer. No podemos hacer otra cosa más que esperar su llamada. No sé cuándo la recibiremos.

– Lo que me preocupa es si la recibiremos. Has revisado todos los teléfonos, ¿no es cierto? ¿Funcionan bien?

– Todos funcionan como es debido, Félix.

– Si llama alguna otra persona, quítatela en seguida de encima. No podemos tener la línea ocupada.

– No habrá llamadas. Estamos a fin de semana, Todo está cerrado. Tal vez llame alguno de estos periodistas que me han estado dando la lata estos días.

– ¿Y qué les dices? ¿Les dices que no tenemos ninguna noticia?

– Eso les he dicho últimamente. Había decidido que la próxima vez que me llamaran les diría que ya habíamos recibido noticias, que nos había enviado una postal desde México, donde está pasando unas vacaciones. Para que dejaran de fastidiarme.

– Muy bien. No se ha publicado nada desde aquel jaleo que armó Sky Hubbard. Creo que lo hemos mantenido bastante en secreto. -Zigman se dirigió hacia donde tenía la chaqueta y sacó un puro. Lo desenvolvió y dijo como hablando consigo mismo-: Hemos mantenido la tapa cerrada.

Eso es una ventaja. Pero, no sé estoy preocupado.

Nellie asintió.

– Y con razón. Está prisionera. Dios sabe dónde. Pero cuando tengan el dinero en su poder, estoy segura de que la soltarán. Ellos o él o quienesquiera que sean estos criminales. Zigman mascó pensativo el puro sin encender.

– Creo que lo que más me preocupa es el tono de las notas. Tengo la impresión de que está desesperada.

– Probablemente ha escrito lo que le han ordenado. Procuraron que el tono fuera de desesperación para asegurarse de que efectuarías la entrega.

– Pero el estilo era el suyo. Tal vez exagere, Nellie, pero… -Hizo una mueca y sacudió la cabeza-. Tengo miedo de que ocurra algo.

– Puesto que has seguido las instrucciones con toda exactitud, no es posible que ocurra nada. -Nellie vaciló-. Las seguiste al pie de la letra, ¿verdad?

– Claro que sí. Ya te lo he dicho. Eran muy sencillas. Te las he leído esta mañana por teléfono.

– Creo que estaba demasiado nerviosa y apenas me acuerdo.

– Bueno, pues, léelo tú misma. -Zigman se acercó a la chaqueta colgada del brazo del sillón, rebuscó en el interior del bolsillo de la misma y sacó la segunda nota de rescate-. Toma -le dijo a Nellie entregándosela-. He seguido todas las instrucciones.

Nellie desdobló la carta y examinó la pulcra caligrafía.

– Está escrita por Sharon, eso seguro. Muy regular. No le temblaba la mano. No vacilaba. Debía estar muy tranquila. -Nellie frunció el ceño y murmuró-. Deja que la lea.

Empezó a leer lentamente para sí misma.

Al señor Félix Zigman Personal y Confidencial Miércoles, 2 de julio.

Querido Félix, éstas son las instrucciones finales que deberás seguir exactamente si quieres volverme a ver.

El día de la entrega será el viernes, 4 de julio.

Toma la autopista de la Costa del Pacífico en dirección norte, gira al paseo Topanga Canyon, sigue por Topanga hasta que llegues a la calle Fernwood Pacific donde girarás a la izquierda y avanzarás unos diez minutos hasta que veas la entrada del Templo del Fuego de la Luna, entonces sigues avanzando unos tres kilómetros hasta que veas una gran roca de piedra arenisca llamada Fortress Rock, a la izquierda de la carretera.

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