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Fan Club

Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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– Sí, creo que sí. Me tiembla tanto la mano que mi caligrafía resulta ilegible.

– Ya casi hemos terminado. Ya hemos escrito lo más importante. Ahora sólo tenemos que recordarle que tu seguridad depende de que no se lo comunique a la policía.

– Y de que no procure ganar tiempo -le dijo ella.

– Muy bien -dijo Malone consultando el borrador-. Pasemos a la siguiente frase.

"Por favor, no informes de ello ni a la policía ni a la prensa".

– Lo pondré más claro para que sea mejor. No sé, algo así como que aparte los impedimentos y no gaste tiempo estudiando las noticias porque así adelantaremos.

– Muy bien, pónselo todo lo claro que puedas. Yo lo revisaré para comprobar que quede muy claro.

Sharon empezó a escribir pero después se detuvo.

– Quisiera decirle que me pondrán en libertad el viernes y que permanezca en mi casa de Bel Air esperando mi llamada.

Malone vaciló recordando que Brunner tendría que abandonar la ciudad, con su mujer y cuñada, antes de la puesta en libertad de Sharon.

– Bueno, será mejor que no se lo digas con mucha seguridad. Es posible que por distintos motivos no podamos soltarte hasta el día siguiente, es decir, el sábado.

– Pero, ¿sería el sábado día 5? -preguntó ella muy inquieta.

– Lo más tarde -repuso Malone.

– Pues, ¿por qué no le digo que me pondrán en libertad el sábado lo más tarde? Entonces Félix no se pondrá nervioso y no temerá que le hayáis traicionado.

– Creo que sería mejor.

Ella empezó a escribir, maldijo por lo bajo y dejó el bolígrafo nerviosa.

– Es horrible -dijo-, quisiera llorar. Tengo los nervios de punta. Casi no puedo dominar la mano. Fíjate. -Le mostró la hoja de papel-. Si ni yo misma me reconozco la caligrafía, ¿cómo podrá Félix reconocérmela? Tal vez crea que no la he escrito yo. Apenas resulta legible.

El leyó la nota vacilando.

– No sé, “es” un poco difícil.

– Déjame copiarla de nuevo. Debo hacerlo. Para que pueda entender las instrucciones y esté seguro de que la he escrito yo y estoy con vida.

Malone se miró el reloj.

– Se nos está haciendo tarde.

– No tardaré demasiado. Necesito diez minutos o un cuarto de hora para calmarme un poco y recuperarme. Entonces la volveré a escribir con mucho cuidado. Dentro de treinta o cuarenta minutos habré terminado.

– Muy bien, Sharon, hazlo. Tranquilízate un poco y termínalo.

Hay más papel y un sobre. -Se levantó-. Regresaré dentro de tres cuartos de hora. ¿Te parece bien?

– Ya habré terminado. Quiero que se envíe cuanto antes.

Le devolvió el beso a Malone y esperó a que éste saliera del dormitorio. Oyó que sus pisadas se alejaban por el pasillo.

Finalmente se volvió de nuevo hacia la mesa, tomó otra hoja de papel y empuñó e bolígrafo. Tras reflexionar unos instantes, acercó el bolígrafo al papel. Con cuidado y mano firme, empezó a escribir.

Era el 4 de julio más caluroso que Félix Zigman podía recordar.

Secándose la frente con un pañuelo de seda e inclinándose hacia adelante para despegar la camisa de la tapicería de cuero de su Cadillac, Zigman se reprendió a sí mismo por haber olvidado mandar revisar el acondicionador de aire (tantas cosas había olvidado en el transcurso de la pesadilla que llevaba viviendo estos días) y esperó impacientemente que Nellie Wright pulsara el botón para que se abriera la verja del Camino Levico de Bel Air.

Inclinado sobre el volante, esperando lo que se le antojó una eternidad, comprendió lo agotado que se sentía.

Se preguntó qué temperatura debía hacer. Por la forma en que estaba sudando, diríase que estaban a más de 40 grados, pero entonces ello no se debiera al calor y la humedad. Probablemente no estaban a más de 35 grados y el calor que estaba experimentando se debía a la presión a que había estado sometido aquella mañana, a causa de los acontecimientos que se habían sucedido y, especialmente, a la actividad que había estado desarrollando en el transcurso de las últimas dos horas.

Aquella mañana, estando todo cerrado y habiéndose marchado todo el mundo a pasar el fin de semana fuera, había esperado en el vestíbulo del edificio de sus oficinas la llegada de la carta urgente, temeroso de que ésta no llegara, pensando angustiado en lo que tendría que hacer cuando la recibiera.

La carta urgente había llegado a las diez y diez de la mañana. Zigman había subido en el ascensor hasta el quinto piso, se había encerrado en sus oficinas vacías y había leído atentamente la segunda nota de rescate escrita por Sharon.

La había leído tres veces antes de llamar a Nellie y leérsela apresuradamente por teléfono.

– Gracias a Dios -dijo ésta-.

Saldré con tiempo. Cuando abandone la autopista de la Costa del Pacífico no conozco el camino. Pero me parece que las instrucciones están muy claras.

Las instrucciones habían resultado clarísimas. Al principio, al enfilar Topanga Canyon, se había preocupado por la posible presencia de turistas, visitantes y motoristas.

Pero, al llegar a la calle Fernwood Pacific y ascender con su vehículo por el empinado camino montañoso, el tráfico se había reducido.

Tras detenerse frente a una verja de tres barrotes, hasta que un joven con gafas y pantalones de tela gruesa que entraba le indicó que aquello era el Templo del Fuego de la Luna, reanudó camino y muy pronto se encontró totalmente solo.

No había nadie ni nada, la desolación era absoluta y había experimentado la sensación de ser el único ser humano que quedaba sobre la faz de la tierra y se había sentido absurdamente amenazado.

Tras lo cual se concentró y siguió al pie de la letra las instrucciones contenidas en la nota de rescate.

A su izquierda se levantaba la siniestra y mellada roca de piedra arenisca. Se había acercado con el Cadillac hacia un polvoriento camino algo más allá de la Fortress Rock, aparcó, regresó con las dos maletas a la roca, la rodeó y encontró por el lado sur el camino que se curvaba alrededor de la misma.

Cargado con las pesadas maletas y jadeando sin cesar, había recorrido la distancia exigida.

En el lugar en que el camino se curvaba detrás de la roca había colocado una maleta marrón y, después, la otra, en una estrecha concavidad de piedra oculta detrás de un reborde de la roca que se elevaba hasta la cima.

Mientras retrocedía, se preguntó si en aquel lugar habría una persona o más de una vigilándole y enfocándole con unos prismáticos.

Pensó en aquellos momentos que el apresador o apresadores de Sharon habían escogido muy bien el lugar.

Las dos maletas no podían verse desde la carretera asfaltada. Tras haber cumplido con su deber, se apresuró a alejarse cuanto antes de aquel espantoso escenario.

A pesar del cansancio y aturdimiento que experimentaba como consecuencia de la presión y el bochorno del día, regresó a su Cadillac en menos de un minuto.

Félix Zigman no se sintió a salvo hasta encontrarse en el interior de su elegante vehículo, con los cristales de las ventanillas parcialmente subidos, el motor en marcha y los chirriantes neumáticos alejándole velozmente de aquel mercado de ladrones situado en aquel lugar tan primitivo y desierto.

La experiencia le había inducido a recordar aquello que había estado intentando olvidar, es decir, la situación de Sharon en aquellos momentos; si él se había asustado tanto, qué debía sentir ella.

Bajando las colinas en dirección a la localidad de Topanga, rezó en silencio por ella, por la única persona que amaba. Ahora, siguiendo las instrucciones de la nota, se encontraba finalmente en Bel Air apuntando con su automóvil la ornamentada verja de la mansión de estilo colonial español, sin apartar la mirada del reloj del tablero de instrumentos.

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