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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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– Eh, Shell -gritó Walt-. Vaya sorpresa.

Shell levantó la barbilla, que tenía forma de nudillo, casi iluminando la sombra que la gorra le hacía sobre los ojos.

– Pensaba que teníamos que comer en lugares que tuviesen publicidad en La Voz.

– Supongo que diré que no pasa nada por apoyar a nuestros futuros anunciantes. Si estás sola, seguro que eres bienvenida a sentarte con nosotros, ¿no?

Cuando Patricia, y seguramente también Dudley, se guardaron sus reservas para sí, Walt dijo:

– Esta es Shell Garridge, Dudley. Es humorista y escribe una columna para nosotros.

Dudley le dedicó una media sonrisa.

– Si yo llamase así a alguien en una historia, nadie me creería.

– Solo Shell, el resto me lo inventé yo. Es de broma.

Vio que no terminaba de sonreír y dijo:

– Así que eres el que se deleita matando a mujeres.

Patricia no estaba segura de hasta qué punto el nerviosismo de su cara era producto de las luces de la cámara de Tom.

– Oye, tienes la lengua tan afilada como una cuchilla -dijo Walt-. No seas así con el ganador de nuestro concurso.

– Yo no voté por él.

La mirada de Dudley no se había ablandado.

– Si no te gustara pensar sobre esas cosas, no las escribirías -dijo.

– Creo que aún se nos deja disfrutar de nuestras creaciones -señaló Vincent-. ¿No te gusta a ti inventar tus chistes?

– Yo no los invento; los observo. ¿Y tú, Dud?

Los labios de Dudley dijeron algo que Patricia no esperaba:

– Mi padre solía llamarme así.

– Adivina en qué pensaba.

Finalmente, Shell apartó la mirada de él y le dijo a la camarera de los Beatles:

– Tomaré las enchiladas Elvis y un jigger [2] Jagger. No dejéis que interrumpa a los genios que están trabajando en su obra maestra.

– ¿Dónde vamos a matar a la gente? -preguntó Vincent.

– Podría despertarse y estar atada con algo en la boca en el borde de un tejado de… No sé, ¿cuál es el edificio más alto? Y después, se cae.

– Ya se habría despertado mucho antes de llegar hasta allí -dijo Shell tomando su jigger Jagger de un trago-. Si tiene el mínimo de sensatez que toda mujer posee.

– Se parece un poco a los argumentos de las series antiguas, ¿no? -dijo Walt-. Aunque si no la rescatan, ya no tanto.

– De acuerdo, están en un lugar concreto y él podría pisarle la cara sin que ella pudiera hacer ningún ruido. Y si no está muerta, entonces está inmovilizada.

– Os encanta que las cosas se pongan difíciles, ¿no, chicos? -dijo Shell-. ¿Por qué esto, Dud? ¿Te gusta atar y amordazar a las mujeres?

Mientras Dudley terminaba de retorcerse en su silla, Vincent dijo:

– Shell, a ti nadie podría cerrarte la boca. ¿Tienes alguna otra idea, Dudley?

– Podría colarse donde ella vive mientras se está secando el pelo. Ya sabéis el calor que desprenden esos secadores. Podría atarla y…

– Dudley, ¿te estamos forzando demasiado? -preguntó Walt-. Tengo que decir que no me estás convenciendo de que esa sea la forma de pensar de un verdadero asesino.

– ¡Vaya cara! -dijo Shell-. Tom, deberías sacarle una foto.

Después de que Tom fotografiara la cara de pocos amigos que había sacado de Dudley, Vincent dijo:

– ¿Necesitas ver las cosas desde otro punto de vista que no sea el del personaje?

– No hay nadie más en esa historia -objetó Shell-. Si ese es el punto de vista de una mujer sobre algo, me acabo de hacer un lío.

– Intenta hablarnos sobre él -le urgió Walt a Dudley-. ¿Cuáles son sus antecedentes? ¿Cuál es su historia?

Patricia se preguntaba si era alguna clase de dolor lo que le hacía estar tan agachado.

– Tengo que pensarlo -murmuró.

– ¿Qué hay que pensar? -dijo Shell-. Todos son iguales, unos matones. Hay tantos hoy en día que deben de estar reproduciéndose.

– ¿Cómo podría funcionar esto? -preguntó Walt-. Decidle a Dudley cómo veis a su personaje y así quizá le ayudemos a imaginarse cómo es.

– Nada parecido a lo que se os ocurra.

– Eh, eso suena a reto. Escuchemos lo que Shell tenga que decir.

– Ya os he dicho que será lo que son todos. Torturaba animales cuando era pequeño; le asustan las mujeres; no tiene novia; probablemente criado por una madre soltera… No es que las esté menospreciando, pero seguramente le ha estado diciendo toda su vida que era mejor que todos los demás, le ha tratado como si cada vez que se tiraba un pedo alguien tuviese que venir, embotellarlo y venderlo. Sin embargo, en el fondo él sabe que no es nada y la odia por no habérselo hecho saber. Esa sería otra razón en contra de las mujeres mucho mayor de las que la mayoría de los hombres tienen. Así que siempre que se siente peor de lo normal, porque no creo que tenga mucho con lo que jugar y de todas formas no creo que lo hiciese de forma saludable, se arrastra detrás de las mujeres que van solas para poder fingir que vale la pena conocerlas. La mayoría de las veces no puede atrapar a ninguna, porque las mujeres no son tan idiotas como él; pero de vez en cuando una de ellas cae en desgracia y piensa que es tan patético que no puede hacerle ningún daño. ¿Hay alguna posibilidad de tomar otra copa sin tener que acostarme con nadie?

Mientras Walt señalaba el vaso vacío que ella blandía, Vincent se aventuró a romper el silencio:

– No me importaría que no consiguiera atrapar a nadie. Podríamos verlo desde ese punto de vista.

– Él no es nada de lo que estáis diciendo -dijo Dudley echando la silla hacia atrás.

– Parece que te vas a casa -observó Shell.

– Voy al servicio.

Patricia pensó que podía ser el momento de sugerirle a Shell que dejara de hostigarlo, pero la camarera pechugona de los Beatles llevaba ya la cena a su mesa. En cuanto Dudley apareció por la puerta de los roadies [3] que estaba al lado de la de las groupies, Shell gritó:

– ¿Qué has estado haciendo ahí dentro? Espero que solo estés intentando imitar el paso de John Wayne.

– Ahora mismo no tengo oportunidad -dijo Dudley intentando sonreír mientras se sentaba con mucho cuidado en la silla.

– Todo el mundo las tiene; espero que hayas querido decir que tu personaje es quien no tiene ninguna y que todo es por culpa nuestra.

– Él tiene muchísimas y las aprovecha. Le encanta lo que hace.

Shell desestimó su vehemencia con más risa que humor.

– No nos has contado por qué no tienes oportunidad.

– Me atacaron en el trabajo.

– ¿Por qué? ¿Por tener una cabeza tan grande?

– Una chica quería que le encontrara un trabajo sexual.

– No nos digas que casi consigues pillar algo.

– He dicho que me atacaron -protestó Dudley moviéndose con cuidado en su silla-. Solo porque no nos dejan ofrecer ningún trabajo de bailarina de club y cosas de ese estilo.

Shell masticaba un bocado de su enchilada mientras sonreía.

– ¿Qué fue lo que hizo? ¿Retorcer tu teclado hasta que se lo diste?

Dudley metió el cuchillo en el pisto como si buscara algún elemento que pudiera apelar por él.

– Se lo contó a su madre y se presentó allí también.

– Nunca te han atacado dos mujeres a la vez, ¿cuánto pagarías por eso si pudieras? -Las preguntas de Shell cada vez eran más irónicas-. ¿Qué les dijiste para que te doblaran la banana?

– Decían que yo la había llamado prostituta.

– Y tú no lo habías pensado.

– Quizá sí lo pensé, pero…

– ¿Qué te da derecho a pensar así de las mujeres? No hay duda de que cuentas historietas desagradables. Según tú, las mujeres deberían ir tapadas hasta arriba o son putas merecedoras de que los hombres ideen formas de amenazarlas y hacerles tener miedo, ¿no es así? Una mujer también puede ver a través de los ojos de un hombre. Bien hecho por la chica y su madre; espero que hayan conseguido que te des cuenta de que no somos cosas sobre las que puedas fantasear, aunque eso te guste.

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[2] N. de la T.: Medida de cuarenta y dos mililitros, para bebidas alcohólicas.

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[3] N. de la T.: Persona encargada de transportar y montar el equipo de un grupo musical en gira.

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