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La historia secreta

Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:

Escritor y editor británico nacido en Merseyside, Liverpool, el 4 de enero de 1946. Es considerado uno de los mayores exponentes del género de terror del siglo XX. Sus primeras historias, aunque situadas en lugares hipotéticos de Gran Bretaña (a instancias de su editor) y no en Estados Unidos, eran claramente lovecraftianas, tendencia que fue abandonando en posteriores relatos y novelas. Dentro del terror ha publicado tanto novelas y cuentos “realistas” como otros en los que aparecen elementos fantásticos en la trama, todo ello con un estilo muy particular y cuidado que le ha hecho merecedor de buenas críticas. Campbell también ha destacado como editor de antologías de terror, y colabora con la BBC en programas de crítica de cine. La obra de Campbell, tanto corta como en formato largo, ha sido galardonada en múltiples ocasiones, siendo uno de los autores del género con más premios en su haber.
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– Podías haber ido a escucharlos si hubieses querido -dijo Kathy-. No me habría importado.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Patricia, aguardando un poco.

– Monty Smith -contestó Kathy enseguida.

– Solía leerme muchísimo. Aquello tuvo que ser lo que me animó a escribir.

– ¿Solo su padre?

– Esta, también.

– Así no es como se llama a una madre -protestó Tom-. «Esta».

– No, yo la llamo Kathy cuando me dirijo a ella.

– Ella también le ha ayudado, creo -intervino Patricia.

– No dejaba de decir que debía seguir escribiendo. Un profesor del colegio también lo hacía.

– Quizá podría hablar con él.

– No.

– Al final dejó de apoyar a Dudley -dijo Kathy-. Una de sus historias le impresionó muchísimo porque era demasiado real. A mí también me impresionó, pero, eso no es malo ¿verdad? No es malo para un muchacho de quince años. Entonces nos demostró lo imaginativo que era y solo tuvo que leer los artículos de investigación sobre un asesinato.

– No me apetece hablar de ello.

– Entonces no debería haberla sacado a relucir.

– Tom, deja que yo haga la entrevista -dijo Patricia, y se dirigió a Dudley después-. ¿Recuerda cuándo empezó a sentirse atraído por el crimen?

Sintió como si todo el mundo esperara reprobar su respuesta.

– Mucha gente lo está -protestó-. Es algo normal.

– Quizá, pero si usted escribe sin ningún interés por publicar, debe encontrar algo de satisfacción en ello.

No tenía réplica para aquello, pero entonces se dio cuenta de que podía arreglarlo.

– Sé cuándo empecé a sentirme interesado -le dijo a Kathy-. Cuando me dejaste ver los vídeos de Eamonn.

Su madre sonrió.

– Se suponía que no eran aptos para verlos a tu edad, pero yo sabía que conocías la diferencia entre la ficción y la vida real. Los padres de su amigo tenían un videoclub.

– Eamonn también veía esas películas y acabó trabajando para el Gobierno como nosotros. Eamonn Moore, trabajaba en Hacienda. Sus padres llevaban el Moore y Moore Vídeo.

– Entonces, ¿fue ahí de donde obtuvo su inspiración? -preguntó Patricia.

– Empezaste con asesinatos reales, ¿no? -dijo Kathy.

Dudley trató de sonreír.

– ¿Sí?

– Siento tener que volver a sacar el tema, pero la historia que no le gustó al señor Fender trataba sobre un asesino real y las cosas que hizo. El señor Fender dijo que era demasiado real para ser una historia.

– ¿Aún la conserva? -preguntó Patricia.

– ¿Por qué iba a hacerlo? Solo era un trabajo escolar.

– Podrías habérmela dado a mí -dijo Kathy con nostalgia-. La historia que quería que enviaras no fue la única que destruiste.

– ¿De qué trataba? -preguntó Patricia a ambos.

– Sobre mi adolescencia. Era horrible.

– Nunca he estado segura de si aquel chico eras tú -dijo Kathy-. ¿De verdad te sentías tan solo? ¿De verdad las chicas no sabían todo lo que valías? Aquella chica que se rió de ti cuando intentaste besarla no existió, ¿verdad?

– Era una historia como todas las demás.

Aquello no hizo desistir la curiosidad, así que preguntó:

– ¿Cuándo van a hacer las fotos?

– Podemos hacerlas ahora si desea descansar de tanta pregunta.

El fotógrafo abrió la cremallera de su bolsa y miró a Kathy.

– ¿Me presta un cuchillo? El más grande que tenga -dijo.

Le pasó a Dudley el cuchillo que ella le había dado.

– Diríjase hacia mí con esto. Intente parecer peligroso.

Dudley intentaba resistirse a la tentación cuando Kathy dijo:

– ¿Esto es necesario? Es un escritor, no un asesino.

– ¿Qué tal si probamos en el lugar donde escribe? -dijo Patricia a la vez que Dudley soltaba el cuchillo encima de la mesa.

– Déjenme que suba y lo ordene un poco -dijo Kathy-. No tardaré.

– Ya has convertido mi habitación en un desastre. No quiero que entres más.

El fotógrafo entrecerró los ojos y Patricia dijo:

– Quizá yo tenga la solución.

– Eso espero -dijo la madre de Dudley con más palabras de las que él habría utilizado.

Patricia sacó un teléfono móvil de su bolso y marcó un número con el pulgar.

– ¿Walt? Soy Patricia… Estamos lejos, pero tengo dudas sobre la foto. He pensado que podríamos esperar hasta que conozca a Vincent, si a Tom no le importa.

– A Tom no tendrá que importarle -dijo el fotógrafo cerrando la cremallera de su bolsa.

– Está aquí. Se lo paso.

Dudley estaba ansioso por ver cómo reprendía a Tom por su comentario, pero Patricia le pasó el móvil. Estaba cálido por el contacto con su mejilla y olía un poco a jabón. Se lo apartó de la cara para decir:

– ¿Hola?

Y con más esfuerzo:

– Dudley Smith.

– ¿Cómo está nuestra estrella? -preguntó una inesperada voz norteamericana-. Tenemos muchas ganas de conocerle, uno de nosotros en especial.

– ¿Usted?

– Nadie más que yo, pero por ahora se trata de un joven productor de cine llamado Vincent Davis. Ha hecho un puñado de cortos en Liverpool y le vamos a dar nuestro primer encargo. Está entusiasmado por trabajar en ello y es por eso por lo que necesitamos que ambos os conozcáis pronto.

– ¿Por qué yo? ¿Nosotros?

– Porque la película va sobre su historia. Quiere que le dé más ideas.

En cuestión de instantes, el cerebro de Dudley se quedó vacío de ideas y de incluso palabras para responder. Se quedó mirando la pantalla, que parecía estar hecha de fragmentos de cerillas prendidas, como si aquello le ayudara a pensar. Entonces la voz del móvil dijo:

– Estamos planeando que el mundo conozca su nombre y el de Vincent en el tiempo del que disponemos. Este fin de semana está fuera, pero lo localizaré. Le veo pronto. Póngame con Patricia.

– ¿Lo habéis arreglado, entonces? -preguntó-. Bien.

Dejó caer el teléfono en el bolso.

– ¿Continuamos?

– No deseo responder a más preguntas -murmuró Dudley-. Yo tengo una. ¿Se han planteado que yo no quiera que mi historia llegue al cine?

– Creo que nos ha concedido ese derecho, si recuerda lo que firmó.

Dudley habría gritado que no lo hizo, pero Patricia cambió de tema.

– Muchas gracias por atendernos, Kathy. Ha sido un placer conocerles a ambos.

Dudley vio cómo su madre les acompañaba fuera y después utilizó el cuchillo para echar los manuscritos a un lado.

– Ten cuidado -dijo Kathy cuando se reunió con él-. No vayas a herir a nadie con eso.

Sintió cómo se clavó la cuchilla en el margen de una de las historias y se imaginó que era carne. El contrato con la revista estaba casi debajo del montón. «Todos los derechos subsidiarios, incluyendo la reimpresión, traducción, dibujos, mercadotecnia, electrónica, película animada, televisión y dramatización…, siguió leyendo, serán negociados por la editorial y su(s) agente(s) en nombre del autor. Todos los procedimientos serán negociados igualmente entre la editorial y el autor después de la deducción de los honorarios del agente». Pinchó el cuchillo sobre aquella frase, casi clavando la hoja a la mesa.

– Me hiciste firmar y no me diste tiempo para leer lo que decía.

– Podías haberte tomado tu tiempo, Dudley. Después de todo, ya eres adulto.

Se atrevió a sentarse a su lado y tiró del contrato hacia ella con el dedo.

– Supongo que no puedes esperar demasiado ya que solo estás empezando -dijo-. Una vez que seas reconocido, tendrán que proporcionarte los términos que te mereces.

No se trataba de la división de sus ganancias, pero eso también hizo que su ira aumentara.

– Suelta el cuchillo -dijo su madre-. Me estás poniendo nerviosa.

¿Puso la mano detrás para convencerlo? Apuñalarla podría ser una buena lección para que su mano aprendiera a obedecerlo a él y a nadie más. Se imaginó cómo sería clavarlo hasta los tendones y retorcer la hoja, pero él no sentiría ningún dolor. Soltó el cuchillo que giró como una brújula y acabó señalándole a él mientras recogía el contrato y los manuscritos. Estaba en el recibidor cuando Kathy dijo:

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