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Una Extrana Herencia

Электронная книга - «Una Extrana Herencia». Краткое содержание книги:

El empresario Ryan Bennett había accedido a hacerse pasar por su primo en una cita a ciegas. Desde el momento en que vio a Julie Nelson hasta el momento en el que debería haberle dicho adiós, Ryan estuvo cautivado por aquella mujer y no pudo evitar invitarla a compartir su cama. Después del apasionado encuentro, Ryan confesó su verdadera identidad y trató de convencerla de que lo que había entre ellos era real a pesar del engaño inicial, pero Julie no estaba dispuesta a hacerlo. Ahora lo consideraba un enemigo…
Pronto daría a luz al hijo del enemigo…
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– Podríamos intentarlo.

¿Pero cuál era su problema? ¿Por qué seguía insistiendo? ¿Ypor qué ella se sentía furiosa y, a la vez, increíblemente triste?

– No quiero intentarlo. No contigo.

– De acuerdo. Así que no soy yo -dijo él-. Te opones al matrimonio en general.

– No es verdad. Quiero casarme. Algún día. Pero no ahora, y no contigo. Eres un hombre que da por hecho que todas las mujeres van detrás de tu dinero. No podría soportar eso.

– ¿Dices que te opondrías a un contrato prematrimonial? Proteger mis posesiones es algo razonable.

– Tienes que irte -dijo ella, apretando los dientes-. En serio, tengo que trabajar. Sé que no entiendes cómo puedo rechazar una oferta tan halagadora. Teniendo en cuenta tu visión de las mujeres, debe de haber miles de ellas dispuestas a aceptar, sobre todo después de una declaración tan romántica.

– Gastas demasiada energía -dijo él con un tono desquiciante-. Hace que me pregunte qué es lo que escondes. Casarse no es algo tan inesperado, Julie. ¿Por qué estás enfadada realmente?

Julie se puso en pie, y dijo:

– Ha sido fabuloso. Deberíamos hacerlo otra vez. Tal vez dar una fiesta y darnos regalos.

Ryan se levantó y se acercó a su lado de la mesa, le tomó la mano y la empujó hacia una esquina de la sala. Una en la que estaban fuera de la vista de cualquiera que pasara.

– No voy a dejar este asunto -dijo él, mirándola a los ojos-. Digas lo que digas, hagas lo que hagas, pienso estar ahí. Es mi hijo y mi vida también. No pienses que puedes esconderte de mí para siempre.

Entonces la besó. Allí mismo, en la oficina, frente a la mesa de conferencias vacía.

Presionó los labios contra los suyos con un movimiento erótico y posesivo. El calor fue tan instantáneo como intenso. Julie deseaba agarrarlo y no soltarlo jamás. Luchó contra su deseo para no seguir con el beso, pero, antes de que pudiera ganar o perder la batalla, él se apartó.

– Prepara los papeles del acuerdo y envíalos a mi oficina -dijo-. Te los reenviaré con un cheque.

– No estoy interesada en trabajar contigo.

– Tal vez no, pero deseas la cuenta, así que sufrirás. Y, Julie…

– ¿Sí?

– Por mucho que intentes negarlo, sé la verdad. Te gusto.

– Me encantan los bollos -dijo Marina mientras vaciaba la bolsa-. Me encanta su olor, me encanta untarlos con crema de queso, llevármelos al jardín y comerme uno mientras bebo café y leo el periódico del domingo.

Julie miró a Willow.

– Muy bien. De pronto tengo hambre. ¿Y tú?

– Me muero de hambre. Mamá no volverá hasta dentro de media hora. Podríamos picar algo.

– Hay mucho de dónde elegir.

En uno de esos inesperados giros del destino, Julie había terminado su trabajo el viernes y no había tenido que volver a la oficina el sábado por la mañana. Sin nada que hacer, había decidido pasear por el mercadillo. Había comprado fruta y verdura, junto con una docena de bollos que había compartido con sus hermanas.

Marina sacó los tres bollos que pensaba llevarse a casa y los puso en una bolsa aparte.

– ¿Cómo te sientes? -preguntó.

– Bien.

– No es que necesite saberlo -continuó su hermana como si Julie no hubiera hablado-. Estoy acostumbrada a que no me cuentes las cosas.

– Te invité a venir con Willow y conmigo la semana pasada, pero tenías esa clase de Microbiología.

– Química Inorgánica, pero gracias por interesarte.

– Marina, vamos. Te lo dije en cuanto llegaste a casa.

– Sí, lo hiciste. Así que todavía te quiero.

– Genial. Otra relación condicional. ¿Qué pasó con eso del amor incondicional para siempre?

– Lo echamos al cubo del reciclaje -dijo Willow-. Es demasiado tarde para recuperarlo. Ya lo han recogido -echó los arándanos, que habían costado una fortuna, en un cuenco- ¿Queréis?

– Gracias -dijo Julie, agarrando un puñado mientras se sentaba en un taburete junto a la encimera.

– ¿Qué sucede? -preguntó Marina- Pareces… no sé. No pareces tú.

– Estoy bien. Más o menos.

– Eso no suena bien -dijo Willow- ¿Estás enferma? ¿Demasiadas nauseas?

– No. Eso está bien. Es sólo que… -Julie no había decidido si mencionar la propuesta de Ryan o no, pero de pronto no podía callárselo-. Vino a verme ayer.

– ¿Ryan? -preguntó Marina.

Julie asintió.

– Concertó una cita. Me está ofreciendo ocuparme de las relaciones de su empresa con China, y no me gusta. Uno de los socios de mi bufete se reunió con él y ahora sólo ve símbolos del dólar.

– Eso suena bien -dijo Willow-. ¿Cuál es el problema?

– No confío en él. ¿Y si está con otro de sus juegos retorcidos? ¿Y si lo ha organizado todo y luego desaparece? Yo quedaría como una estúpida delante de todos. No sería bueno para mi carrera.

Marina y Willow se miraron y luego la miraron a ella.

– Eh, no te tomes esto a mal -dijo Willow-. ¿Pero por qué iba a hacer eso? ¿Qué tiene que ganar?

– No sé. Sólo fastidiarme. No olvides que era el hombre empeñado en darme una lección, incluso sin conocerme ni saber nada sobre mí.

– Eso estuvo mal -dijo Marina-. Pero esto es totalmente diferente. Julie, no creo que quiera hacerle daño a tu carrera. Vais a tener un hijo juntos. ¿Por qué querría hacerle daño a la madre de su hijo?

– Para obtener el control. Eso es lo único que le importa.

Julie sabía que no sonaba racional, pero no lograba controlar sus emociones.

– Es sólo que… -tragó saliva y trató de contener las lagrimas-. De acuerdo, soy débil. Ya está, ésa es la verdad. Sé que no debo esperar de un hombre que sea decente. Sé que no debo esperar que nadie sea sincero y cariñoso. Sé que no debería dejar sitio a los sueños románticos, y lo intento. De verdad que lo intento. Pero entonces, cuando menos lo espero, reaparecen y tengo esperanza, pero entonces la esperanza desaparece y quiero abofetearme por ser tan estúpida.

– Te quiero como hermana -dijo Willow- ¿Pero de qué diablos estás hablando?

– Me pidió que me casara con él.

– Muy bien -dijo Marina, sentándose en el taburete junto ajulie- Empieza por el principio y habla despacio.

– Tienes toda nuestra atención -dijo Willow, dejando a un lado los arándanos-. Te lo prometo.

– No hay mucho que contar -dijo Julie con un suspiro-. Vino ayer a la oficina.

Les explicó lo que Ryan le había contado sobre sus empresas.

– Pero, de pronto, estábamos hablando de cosas personales, de cómo Todd y él habían crecido juntos y de cómo las mujeres deseaban sólo su dinero.

– Podría ocurrir -dijo Marina.

– Pobres niños ricos -murmuró Willow sarcástocamente.

– Eso es lo que le dije. En cualquier caso, estábamos hablando de eso y de pronto me dijo que debíamos casarnos. Que era lo mejor para el bebé. Yo no me lo tomé bien.

– ¿Por qué? -preguntó Willow.

– Porque… me provocó. Uno no se declara de esc modo. Está mal. Apenas nos conocemos. No confio en él y, a juzgar por cómo me trató, él tampoco confía en mí. No es precisamente la base para un matrimonio sólido. Me enfadé.

– Lo entiendo -dijo Willow-. Violó esos sueños secretos que se supone que no has de tener. No fue romántico ni perfecto, y no te quiere.

– Me niego a tener un lado débil -dijo Julie-. Soy dura.

– Eres humana -dijo Willow.

– Pero sí fue romántico -dijo Marina.

– Ya empezamos -dijo Julie.

– Es cierto -insistió su hermana pequeña-. Te casas porque tienes que hacerlo, pero luego te enamoras perdidamente. Es fabuloso.

– Está loca -murmuró Julie.

– Al menos estaba dispuesto a hacer lo correcto -dijo Willow-. Sé que se equivocó en la cita, mintiéndote así. Pero no lo culpo totalmente. Realmente es culpa de Todd Aston. Es él quien no tuvo agallas para presentarse y hablar contigo.

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